Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
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sábado, 15 de diciembre de 2012

LIBROS, LIBROS, LIBROS



-¿Qué leéis, mi señor? 
-Palabras, palabras, palabras.

Diálogo entre Polonio y Hamlet. "Hamlet" de William Shakespeare, Acto II, Escena VII.




Laurence Olivier



Charles Laughton



Brigitte Bardot



Brigitte Bardot y Michelle Piccoli en "El desprecio" ("Le mépris", Jean-Luc Goddard, 1963) 



Juliette Binoche y Ralph Fiennes en "El paciente inglés" ("The english patient", Anthony Minghella, 1996)



Paulette Goddard y Charles Chaplin



Jennifer Jones



Katharine Hepburn, Robert Morley y Humphrey Bogart en
"La reina de África" ("The African Queen", John Huston, 1951) 



"Moby Dick" (John Huston, 1956)



Natalie Wood



Errol Flynn



"Traidor en el infierno" ("Stalag 17", Billy Wilder, 1953)



Tyrone Power



William Powell



Margaret Sullavan y James Stewart en 
"El bazar de las sorpresas" ("The shop around the corner", Ernst Lubitsch, 1940)



Marlene Dietrich y Ernest Hemingway



Jane Russell



Joan Bennett



Preston Sturges y Joel McCrea



Orson Welles



Peter Cushing y Val Kilmer en "Top Secret" (Jim Abrahams, David Zucker y Jerry Zucker; 1984)



Gene Tierney en "Que el cielo la juzgue" ("Leave her to heaven", John M. Stahl, 1945)



Vivien Leigh y Laurence Olivier



"Un lugar en el mundo" (Adolfo Aristarain, 1992)



‎"Cada cual imagina a su modo el Paraíso; yo, desde la niñez, lo he concebido como una biblioteca. No como una biblioteca infinita, porque hay algo de incómodo y enigmático en todo lo infinito, sino como una biblioteca hecha a la medida del hombre. Una biblioteca en la que siempre quedarán libros (y tal vez anaqueles) por descubrir, pero no demasiados. En suma, una biblioteca que permitirá el placer de la relectura, el sereno y fiel placer de lo clásico, y las agradables alarmas del hallazgo y de lo imprevisto".
Jorge Luis Borges, fragmento de su prólogo al "Catálogo de la Exposición de Libros Españoles", Buenos Aires, octubre de 1962.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¡ADELANTE! LEAN SIN TEMOR...


Tal y como contó Irving Noel Thornley Stoker, único hijo del matrimonio de Bram Stoker con Florence Balcombe, el origen de la novela "Drácula" no fue otro que una indigestión. Un acto en apariencia tan nimio como un mero empacho, más en concreto de cangrejos. A este respecto desconozco si eran de mar o de río, por lo que mucho me temo que cuantos deseen emularle en busca de inspiración no tendrán más remedio que probar con ambas variedades por medio del método tan científico de prueba y error. Siento el no aportar mayor información a este respecto, aunque sí les puedo ofrecer un consejo: mantengan en todo momento al alcance de su mano un frasco de Almax o de bicarbonato en su defecto.

Sea como fuere, a causa de la indigestión Bram "gozó" (y permítanme el uso de este verbo, no ya aplicado a los pesares causados por el hartazgo sobrevenido sino por el reconocimiento recibido (1) como autor de esta novela) con la visión de un ser (¿o debería decir "no ser"?), rey de los vampiros, levantándose de su tumba...




Bien, como lector asiduo de novela gótica, de terror, "ghost stories" y similares, y muy en especial de los relatos y novelas con vampiros como protagonistas (como ya quedó claro en un meme de hace algunos años) no he podido resistirme a incluir una entrada con el conde Drácula como protagonista. Máxime cuando el pasado viernes se cumplió el 165º Aniversario del nacimiento de Bram Stoker.


Y ya que una de las frases de esa novela campea en la entrada de nuestro cafetín, la usaré a modo de homenaje por los buenos momentos pasados, ya con su lectura ya con sus recreaciones cinematográficas.

"¡Bienvenido a mi hogar! Entre libremente. Pase sin temor ¡y deje en él un poco de la felicidad que trae consigo!"

"Drácula" de Bram Stoker




- Los muros de mi castillo están cuarteados. Abundan en él las sombras. Pero, ¡suba! Está usted en su casa. 
El conde Drácula (Carlos Villarías) y Juan Harker (Barry Norton) en "Drácula" (George Melford, 1931).
 Se trata de la versión en español, rodada de forma simultánea a la de Tod Browning.




Nota adicional: al acostarse y apoyar la cabeza en la almohada recuerden que la vena yugular se encuentra en el lado derecho del cuello...


_____________
(1) Transcurridos dos años de la muerte de Stoker su viuda publicaría una colección de relatos inéditos titulada "El invitado de Drácula y otras historias de terror" entre los que se encuentra el relato que le da título.

domingo, 4 de noviembre de 2012

UNA MAÑANA DE DOMINGO, CHARLIE PARKER, EVELYN WAUGH Y CHARLOT


Un domingo por la mañana. Un domingo por la mañana con lluvia. Un domingo por la mañana con lluvia nos proporciona la mejor oportunidad para guarecerse tras la cristalera de nuestro local. Pertrechado contra las inclemencias con una taza de café, largo de café y corto de leche, con un solo sobre de azúcar (como bien sabe Sacha, nada de dos sobrecitos) y un buen libro al alcance de la mano. No sé si se puede equiparar a lo que algunos llaman el Paraíso mas por sus descripciones a mí me parece que se le aproxima bastante.

Los pocos clientes que se han dejado caer por aquí, metafóricamente hablando, se encuentran enfrascados en sus propias ocupaciones, según los gustos y apetencias de cada cual. Bien mordisqueando un "croissant", un bollo suizo o cualquier otra muestra de la repostería ofrecida en los expositores de la barra; bien hojeando el periódico, o bien consultando su personal instrumento de alta tecnología: sea un "smartphone", una "tablet", un "ultrabook" o, los menos, los posos del café.

Los sones de Charlie Parker que emanan de los altavoces son pespunteados por los martillazos que Sacha propina con una energía que no conjuga demasiado con la temprana hora a una alcayata. Parece ser que ha decidido decorar un poco más las abigarradas paredes. El que no me haya consultado antes de tomar su decisión dice más acerca de su peculiar carácter que de mi condición de "supuesto" propietario que no regente de este cafetín.







Al menos posee su gracia, si me permiten la reiteración.

Al tiempo que doy buena cuenta de mi café releo el libro, siempre procurando no remover sus hojas con la cucharilla. No sería la primera vez que en un despiste acabo por endulzar la lectura con el azúcar. Un hecho que bien puede procurarme un aire excéntrico nada desdeñable aunque lamentablemente, y como consecuencia de este fortuito gesto, la lectura se haga más pegajosa.

No una ni dos sino varias más mi atención se desvía del volumen, atraído por las voces de los viandantes que pasan ante el local. Son los restos de las huestes que regresan a sus hogares tras el sábado de Halloween. Acerca de este punto no guardo la más mínima duda. Ya es buena prueba de mi afirmación la abundancia de brujas, vampiros, psicópatas amantes de la sangre falsa y el látex a partes iguales y algún que otro Joker cuyos chorretones de maquillaje prueban que por improbable que esto parezca gozaron hace horas de mejores tiempos.

Al fin un impermeable con una palabra serigrafiada en grandes letras blancas (Arial, creo) a la espalda, "Enjoy", me devuelve a la lectura. Bendita publicidad.

Por las páginas un joven Evelyn Waugh nos narra su viaje por África, en cierta ocasión en que acudió a Etiopía como corresponsal del periódico The Times para asistir a la coronación de Tafari Makonnen (Ras Tafari) como emperador bajo el nombre de Haile Selassie I. Todo un acontecimiento de ámbito mundial que se produjo el 2 de noviembre de 1930, bastando para darnos cuenta de su entidad la presencia entre los asistentes de representantes de doce países extranjeros, entre ellos S.A.R. el príncipe Enrique, duque de Gloucester (tercer hijo de Su Majestad Jorge V, por la gracia de Dios, de Gran Bretaña, Irlanda y los Dominios Británicos más allá de los mares, rey, defensor de la fe, emperador de la India; que ya son títulos, afirmo) como representante de la Casa de Windsor.

Si no bastara con la narración de la organización de los fastos [1], que en algunos momentos adquieren tintes de puro surrealismo, el autor incluye el resto de su viaje por África Central. Lo que no era más que una labor como corresponsal se convirtió en un periplo que se extendió hasta marzo de 1931. A algo como ésto sí que  se le puede denominar "extender una visita".

Lo referido con anterioridad está recogido por Waugh en su libro "Gente remota" (1931), que, tal y como les contaba, durante esta mañana lluviosa de domingo había escapado del peligro de acabar espolvoreada con azúcar.


"El sábado por la tarde el viajante de cigarrillos y yo fuimos a un cinematógrafo indio. Vimos una película antigua de Charlie Chaplin, rodada antes de que alcanzara la fama, pero plagada de todos los trucos que son ahora famosos en el mundo entero; incluso tenía un final triste: renunciaba al amor en favor del guapo sinvergüenza. También tenía una escena que era claramente la primera versión de aquel exquisito pasaje de La Fiebre del Oro en el que come una bota vieja, está sentado bajo un árbol, a punto de almorzar, cuando un vagabundo le roba la comida; Charlie se encoge de hombros, arranca un puñado de hierba, lo sazona con sal y pimienta, y se lo come con delicadeza; luego sirve agua en una lata, se aclara las puntas de los dedos como si se tratara de un lavamanos, y se las seca con un trapo, todo ello representado con una arrogancia contenida".

"Gente remota", Evelyn Waugh.





"Charlot, vagabundo" ("The tramp", Charles Chaplin, 1915)



Cerré el libro y abrí los ojos, regresando de la penumbra de un sala de cinematógrafo que solo existía en mi mente.

Mientras terminaba mi café, y al pensar en mi pronto enfrentamiento con la húmeda acera, fuera porque portaba conmigo un paraguas o fuera quizás por la escena descrita, me vinieron a la cabeza las palabras que, en otro libro de Waugh titulado "Un puñado de polvo", pronunciaba el doctor Messinger: "la situación es grave, pero no desesperada".





____________
(1) ‎"Quizá nadie acumuló más méritos para merecer su Estrella de Etiopía que el comandante Sinclair. Evitando el oropel y la dignidad del campamento de la Legación, permaneció lealmente junto a sus hombres en la ciudad, y pasó días de ansiedad arreglando citas que nunca tenían lugar; su diario, que unos pocos tuvimos de ver, era una crónica descarnada de las decepciones sucesivas que soportó con paciencia: "Cita 9:30, secretarios personales del Emperador para hacer los preparativos necesarios para el banquete de esta tarde; no han venido. 11. Fui, como habíamos acordado, a ver al Maestro de Música del Rey; no estaba allí. 12. Fui a ver a Mr. Hall para obtener la partitura del himno nacional de Etiopía; no se pudo conseguir. 2:30. Debería haber llegado el automóvil para llevar a los hombres al aeródromo; no ha llegado...", y así sucesivamente. Pero, a pesar de cada impedimento, la banda siempre aparecía a tiempo, vestida irreprochablemente, y con la música adecuada".


"Gente remota", Evelyn Waugh.


miércoles, 2 de mayo de 2012

DOCUMENTA QUE ALGO QUEDA: "ENRON, LOS TIPOS QUE ESTAFARON A AMÉRICA"


Fra Luca Pacioli (1445-1457) en una "antigua" moneda italiana de 500 liras



Unos días atrás el señor Pond y yo charlábamos, sendas tazas de café mediante, acerca de una común amistad. Trátase este amigo de un contable, empleando este sustantivo con la mayor de las consideraciones, quien, como muchos compañeros de profesión, había dado por concluido uno de los meses más ajetreados de su año (ejercicio) laboral, el cierre contable, con la ingestión de un malta sin hielo ni cartón ni agua. La presencia de semejante circunstancia, la del cierre que no la de trasegar un malta escocés, había provocado en él una transformación notoria, hecho que explicaba el que fuera objeto de nuestra conversación.

Nuestro amigo, discreto y amante de los silencios, como de costumbre no contaba mucho, más bien contaba nada (aunque cuando lo hace suele decir, en aquellas ocasiones en las que los informáticos ponen los ojos en blanco a la vista de la documentación contable: "qué se puede esperar de quienes consideran que el cero posee existencia real"). No obstante su cara al borde del descuadre sí que lo decía todo.

Recordábamos así cómo poseía una costumbre un tanto atávica, la de portarr siempre consigo, a modo de personal amuleto, una moneda de 500 liras con la efigie grabada de Fra Luca Paccioli, el redactor del primer tratado sobre la contabilidad (y "quien enseñó matemáticas a Leonardo Da Vinci", como gusta de recalcar nuestro; con lo cual de una tacada agregaba también al grupo de los que le miraban con una sonrisita de conmiseración a los "intermediarios entre Dios y los hombres", frase esta última pronunciada por un Ingeniero de Minas y a la sazón (?) profesor universitario, al menos cuando la pronunció).

Mientras más sonreíamos con el relato de sus costumbres el señor Pond se quedó callado. Solo fueron unos instantes, mas a mí, que tan bien le conozco (o al menos eso creo), no se me había escapado el reflejo de las aguas propias de un profundo estanque que de súbito sustituyó en sus pupilas a lo que hasta entonces había sido chispeante camaradería.

Quizás, al fin y al cabo, mi pretensión de conocerle bien no fuera una vana presunción.

Como escribe Stephen Hawking en los agradecimientos de "Historia del Tiempo", alguien le comentó que por cada ecuación que incluyera en en el texto las ventas se reducirían a la mitad. Supongo que el "temor" a la progresión geométrica le empujó a incluir solo una. Bien, cuando los ojos del señor Pond volvieron a adquirir su imagen habitual las dos palabras que pronunció me hicieron pensar en Hawking [*] y en la advertencia que le habían lanzado. Sin embargo, como ya los idus de marzo han pasado, y como me encuentro cómodamente sentado no ya en una escalinata, sino en un sillón, afrontaré las consecuencias y escribiré aquí las dos palabras que el máximo responsable del D.B.I. (Departamento de Búsquedas Infructuosas) pronunció, muy pero que muy lentamente: "contabilidad creativa".

Si alguien ha llegado hasta aquí, si ese alguien espera que la cuesta se ha terminado, si, repito, ese alguien mantiene la creencia de que al fin el sonido del mar llegará a sus oídos, mucho me temo que aún deberá aguardar un rato. Solo unos pocos pasos más.
Unos pocos.

En el libro "Contabilidad creativa", escrito a cuatro manos con John Blake, el profesor Oriol Amat incluye un texto que no dice mucho acerca de nuestro común amigo, y que, sin embargo, mucho me temo que sí proporciona munición a aquellos gremios a los que suele referirse con cierta ironía:


"Cuentan de un mercader que, deseando saber cuánto eran dos mas dos, preguntó a un contable para que le ayudara a conocer la respuesta. El contable se le acercó y, después de comprobar que nadie les oía, le murmuró al oído: `¿Usted cuánto quiere que sea?".


Sin embargo, y como sé que a él, dado su caracter bienhumorado e irónico, le gusta más el estilo del profesor José María Gay Saludas, les incluiré (empleo el plural por educación, llegados aquí quizás lo de no emplear el singular resulte innecesario) un enlace a uno de sus múltiples artículos dedicados a este tema.


En fin, ya concluida la procelosa y elíptica introducción demos paso al cuerpo principal de esta entrada.



Por cierto, aparece en un cameo Arnold Schwarzenagger haciendo de sí mismo.





"Enron, los tipos que estafaron a América" ("Enron the smartest guys in the room", Alex Gibney, 2005)



Advertencia: ningún informático ni ingeniero han sufrido maltratos físicos y/o mentales durante la redacción de esta entrada. Ítem más, tanto el señor Pond como uno mismo guardamos un gran aprecio hacia nuestro amigo; Sacha, nuestro barista, lejos de denegar opinión al respecto la refrenda y emite sobre él un informe sin salvedades.



[*]  Hemos incluido por dos veces su nombre por consejo de nuestra "community manager", sea cuál sea la oscura razón que la mueve a ello.


martes, 10 de abril de 2012

¡LO CONSEGUÍ, MA! ¡UNA NUEVA ENTRADA!



-¿Tú no me matarías a sangre fría, verdad?
-No, dejaría que hicieras un poco de calentamiento.
Paul Guilfoyle (Roy Parker) y James Cagney (Cody Jarrett) en "Al rojo vivo" ("White heat", Raoul Walsh, 1949)

Directo. Contundente. Cincelado al más puro y clásico estilo Warner.
Cine negro. "Film noir". Cine en blanco y negro.




¿Quién le iba a decir al "Sueco" lo que traen consigo las arpas irlandesas, aunque aparezcan bordadas en un pañuelo?
Burt Lancaster (Ole "Sueco" Andreson) y Ava Gardner (Kitty Collins
en "Forajidos" ("The killers", Robert Siodmak, 1946)



Apartó la vista de la pantalla del ordenador para asistir en primera persona a los últimos estertores de su cigarrillo, allá en el cenicero. Lo miró sin sombra de compasión, por completo ajeno. Después de todo aún quedaban un par de pitillos en la cajetilla. Si es que la encontraba, allí enterrada bajo los papeles que recubrían su mesa. Mas no era momento de pensar en ello.

Otra línea más. Una más. En su cabeza resonaban los tac-tac de una
Remington. Claro que solo lo hacían en su cabeza. Cómo iban a hacerlo si empleaba un portátil...

Un párrafo más. Solo uno más. ¡Vamos, tú puedes!

Entre tanto el martilleo proseguía, con su tac-tac continuo. No cabía preguntarse por quién resonaba. Era por él, por ese maldito bloqueo que le impedía agregar algún párrafo dotado de sentido.

Una imagen le vino a la cabeza: una negra hormiga errabunda, moviéndose entre los papeles de la mesa. Mentalmente asió el vaso del café con leche que reposaba a su lado. Solo fue un acto mental, sin premeditación ni malicia. Por medio de un gesto rápido encerró en él al insecto. Durante unos breves segundos sintió cómo se calmaba un poco. El hecho de observar los vanos intentos de la hormiga por escapar de su cristalina prisión obraban ese efecto.

Se restregó los ojos. Encendió un nuevo cigarrillo, haciendo a un lado la idea de que solo le restaba uno en el paquete. Encendió el equipo estereofónico y empezó a escribir de nuevo.


La pasada semana me hicieron un regalo. Bueno, no fue exactamente un regalo. Más bien cabría calificarlo como un inesperado obsequio. Se trata del libro "Cine negro" de la Editorial Taschen, un volumen al que cabría aplicar esa frase tan manida de "festín para los sentidos". Muy habitual, cierto, pero ni siquiera uno se ha resistido a emplearla.

¡Ea! Listo. Ya puede dejar que la hormiga prosiga su camino..., y, de paso, encender ese último cigarrillo.


-Yo haré lo mismo por ti una noche de estas.
-¿Salvarme la vida?
-No, darte un cigarrillo.
Glenn Ford (Johnny Farrell) y George Macready (Ballin Mundson) en "Gilda" (Charles Vidor, 1946)


viernes, 6 de abril de 2012

ERRORES TIPOGRÁFICOS EN LAS PELÍCULAS

"La vida de Brian" ("Monty Python´s The Life of Brian", Terry Jones, 1979)
No se parece para nada a la Trajan Mayúsculas...




En la página web Typecasting podrán encontrar varios ejemplos de películas en las que las fuentes tipográficas utilizadas no se corresponden con la época histórica mostrada.




Mi agradecimiento a J*** S*** M***, quien me prestó el libro en el que, entre otra mucha información, se incluye esta web: "Es mi tipo", Simon Gardfield, Ediciones Taurus, 2011.




sábado, 25 de septiembre de 2010

CRÓNICAS MATRITENSES 2010 (II): ACME







Al responsable con mando del Departamento de Reclamaciones y Atención a Clientes que se consideran estafados de manera reiterada y harto enojosa.


Muy señor mío.


El motivo por el que al fin me he decidido a escribirle la presente carta no es otro que la presencia de unas incidencias aparejadas al uso de los productos fabricados por su empresa. Unas incidencias que he venido padeciendo episodio tras episodio. Como cliente de antiguo que soy creo haberme ganado, a un precio bastante elevado, todo hay que decirlo, el derecho a mostrarle mi descontento, sin que por ello pueda suponerse a la luz de mis palabras, mucho más contenidas de lo que pudiera parecer a simple vista, que milito en el bando de los descontentos furibundos y maleducados, ahitos de mala baba, que no encuentran mejor manera para exteriorizar y canalizar sus frustraciones que trufar sus misivas por medio de unos vocablos cuya intensidad, colorido y sonoridad harían palidecer al más bregado contertulio televisivo de programas cardiológicos.

Aclarados ya tanto mi posición como mi talante actuales paso sin más demora a expresarle el contenido de mi queja. Mucho me temo que los productos ofertados por su empresa tienden en la mayoría de las oportunidades a funcionar de una manera completamente opuesta a lo que cabría esperar. La enumeración de los fallos sufridos en mis propios pelaje y carnes resultaría fatigosa, mas sirva la presente lista, ni mucho menos exhaustiva, como muestra.

Desde cohetes que alcanzan una velocidad excesiva para inevitablemente terminar por estallar, con dolorosísimas consecuencias para quien suscribe; pasando por muelles dotados de una excesiva elasticidad, que propulsionan al inadvertido usuario hacia las estrellas y aún más allá; catapultas que arrojan pedruscos (grandes, pero que muy grandes, gigantescos) que acaban por trazar trayectorias verticales (las más de las veces hacia arriba) para dar por concluido su vuelo sobre el cuerpo de uno, habitualmente no sin antes haber sufrido una caída libre a velocidad terminal, precipicio abajo;...

Me disculpará que no continúe mas habrá de tener presente que los gastos médicos ocasionados me impiden rememorar los daños y perjuicios ocasionados por el material suministrado por ustedes.

De lo anteriormente expuesto se desprende que el número de incidencias sufridas y padecidas prueba la ineficacia de sus controles de seguridad, en caso de que posean tales mecanismos. Razón suficiente como para justificar la indemnización a la que me he hecho acreedor, estropicio tras estropicio.

A la espera de su pronta respuesta sólo me resta comunicarle que ésta me sea transmitida a través del conducto debido, es decir, el bufete de abogados en cuyas manos he puesto mi caso. No tome esta decisión como una amenaza sino como una mera precaución, con la salvaguarda de mis intereses como único objeto.


Sin otro particular reciba un cordial saludo de su fiel (e indignado) cliente.

Willy Coyote.



Sirva la anterior carta para presentarles la última adquisicion para la biblioteca de el señor Pond.




Un completo catálogo de los productos de la Corporación ACME, hallado en una librería de Madrid, establecimiento del que me habló una buena amiga.




Mic mic




viernes, 11 de junio de 2010

UN MÁGICO DUELO ENTRE MAGOS



Inmerso en la lectura de "El insoportable Bassington" de H.R. Munro (aka Saki) he encontrado tiempo (gran hallazgo donde los haya) para combinar su lectura con "Tim Burton" de Marcos Marcos Arza. Enterado el señor Pond de este hecho plural (pues también navega a todo trapo, surcando los papelotes depositados sobre la mesita, "La República de los Piratas" de Colin Woodard) me ha hecho llegar el siguiente vídeo. No por nada el nombre de Corman salta varias veces por entre las líneas escritas por Marcos Arza.





"El Cuervo" ("The Raven", Roger Corman, 1963)





Años hacía que no veía esta escena, desde aquel ciclo dominical dedicado a Roger Corman, que los responsables de TVE nos ofrecieron a los televidentes años ha.
Siempre es un placer recordar y rememorar...

sábado, 20 de febrero de 2010

SÁBADO MUSICAL: CONCIERTO PARA PIANO Nº 5 DE BEETHOVEN



Bösendorfer







Concierto para piano número 5 en mi bemol mayor opus 73, "Emperador",
de Ludwig van Beethoven
Amir Katz, piano; Jerusalem Symphony Orchestra, dirigida por Jerucham Sherovsky





“Típica de la Filarmónica de Viena fue la respuesta de un profesor de la misma a un amigo que había preguntado qué dirigiría aquella tarde el director invitado: `No sé lo que dirige él. Nosotros tocamos la Pastoral´”.

Norman Lebrecht, "El mito del maestro"




"El desfilar con cristalinas arañas suspendidas sobre mi cabeza nunca ha constituido el paradigma de aquello que me quita el sueño. Mi carencia de fobia alguna hacia esos repelentes insectos, simpática aversión llena de satisfecha humanidad por otro lado, curiosamente no impide, no obstante, que bajo el fulgor de sus homónimos congéneres un respingo traidor me sobresalte. Ya se sabe que aquello que menos tememos es precisamente lo que con más profundidad nos afecta. Quizás por no encontrarnos advertidos por el sempiterno pálpito que de otro modo nos asaltaría a su sola presencia o gracias a su mera mención.


Por lo tanto me introduje en el amplio recibidor del teatro, cruzando entre engalanados porteros, y pasé justo por debajo de la diamantina lámpara. Fulgurante toda ella, como si muy en el fondo de su vítrea constitución albergara la consciencia suficiente como para percatarse del acto. ¡Ah!, se entremezclaban en mi modesta persona la convicción de quienes vencen sus más nimios temores, y la condición de pobre iluso personificador de cuanto objeto inmaterial cae bajo su atención. Una agitada mezcla: la de la resolución inherente a la primera y el sentimiento de inferioridad propio de la segunda.


Mas allí flotaba mi salvavidas para tanta zozobra. Mi esposa, mi amantísima cónyuge, quien prontamente me devolvió a la realidad. Un largo matrimonio; tómese el adjetivo con cierta salvedad, aquella a la que presta fundamento la percepción de la existencia que caracteriza a seres enfrentados a prolongados encierros o confinamientos, tales como náufragos y presos. Sí, nuestro largo matrimonio me había enseñado, con insistencia rayana en la barroca perversión, el significado completo de toda una serie de gestos que en nuestro cumplimentado noviazgo jamás llegué a atisbar, bien por personal miopía o por ajena astucia. La propia de mi querida mujer, se entiende. Un hecho más digno de pública aclamación si cabe en tanto que el arsenal desplegado rivalizaba en número con los métodos de la no menos santa Inquisición.


Por eso cuando aquel apretón, todo uñas, se cebó en mi indefenso antebrazo, arrugando sólo levísimamente la manga del esmoquin, con aquella eficiencia hija de la larga práctica, y es que tiempo para ello había poseído más que suficiente, no dudé ni por un segundo de cuál era mi posición y cuál la suya. Todas, ella contaba con todas en su haber.


Nos introdujimos con paso marcial, prendida agudamente de mi brazo ella, en una platea atestada de enjaezados cuellos. Era tal la profusión de brillantes reflejos que a buen seguro muchos de los asistentes precisarían acudir al oftalmólogo a la conclusión del concierto, bien a causa de la envidia o por ceguera a sólo ellos debida. Y pensar que en muchos casos aquellas múltiples vueltas de perlas, por supuesto legítimas, sólo parecerían obrar como precisos sostenes para unos cuellos hipertrofiados a base de la superposición continua y sin fin aparente de una suma de rollos y rollos de acumulaciones adiposas que pugnarían de otra forma por inclinar burlescamente las cabezas en antiestéticas poses nada elegantes. Tras diagnóstico propio de mi condición de cirujano especializado, mera deformación profesional, asumí mi deber de marido y acompañé a mi querida mujer a las butacas reservadas. En poco tiempo se iniciaría el concierto y mi melomanía me empujaba a paladear el programa con tranquilidad y parsimonia, encontrándose fuera de lugar las agudas ironías.


Y qué fastuoso programa. En unos minutos, escasos en conjunto e interminables uno a uno, Gennadi Zinoviev deleitaría a la concurrencia con su pianística interpretación del concierto para piano número cinco de Beethoven, “El Emperador”; y después, después Grieg y su concierto para igual instrumento.


Ya ansiaba oír el deslizar de las teclas en una especie de levitar que el maestro dominaba a la perfección. ¡Ah, el adagio vivificante! Menos mal que mientras sonara la melodía mis ojos permanecerían cerrados, transportado a otro mundo.


Se iniciaron las primeras notas y salvo una leve tosecilla, algo intensa, ciertamente molesta, tal vez un principio de bronquitis, a la distancia a la que me encontraba no podría jurarlo con precisión, nada alteraba la audición. Al menos mi pareja se mantenía agradablemente silenciosa.


Qué forma de fluir las notas. Emanaban del instrumento, claras e impolutas, en la compañía casi no sentida de los acordes orquestales, percibidos en los momentos adecuados. Pasaron los pasajes en que el tremolar de las albinegras teclas se asemejaba a un goteo de las notas más líquidamente bajas, un fluido inaprensible y material al mismo tiempo; atrás quedaron los violines como contrapunto; los instrumentos de viento hicieron compañía al piano, y todos ellos compusieron un ambiente único e irrepetible.


Tan relajado me sentía que estiré los dedos a lo largo de los posabrazos del asiento, recostado en mi personal obscuridad voluntaria. Lejos de mí, como en el caso de los decimonónicos catedráticos, no el discurrir sino mi buena mujer, los espectadores que se removían en las butacas adyacentes, mis pacientes con sus quejas,...; en una palabra, la totalidad de mis preocupaciones. Lejos, muy lejos...


Dio inicio el segundo movimiento. Naciente adagio llevado en volandas por los violines, desbrozando el camino con sus tareas preparatorias para el próximo piano, cuyo irrumpir, lejos de ser brusco, agradeció el esfuerzo de las cuerdas, amoldándose a tales predecesores con un campanilleo acuático, una vez detenido el motivo central, y reanudado con repetición de nuevo a modo de sacra presentación.


Mientras, yo permanecía con los dedos yaciendo en el sillón, justo hasta que comenzaron a moverse al son marcado por la melodía. Arrastrados en volandas por los enérgicos acordes, se deslizaban ante mí a semejanza de unos miembros dotados de voluntad intrínseca, ajenos por completo a los mandatos de mi cautivado cerebro. ¡Cómo gustaba de esos momentos, casi, casi los envidiaba en el fondo! Seguían desplazándose gráciles y sutiles, como si parecieran hacerlo por una superficie poco firme, carente de resistencia opositora, una superficie que a todas luces no se sustanciaba en el aire existente a mi frente. Temeroso de encontrarme importunando innecesariamente a mi vecino de butaca, llevado por la embriaguez musical, alcé los párpados sobresaltado.


Justo cuando yo atacaba la mitad del tercer movimiento. Porque delante de mí se abrían las fauces marfileñas de un relucientemente negro Bösendorfer, piano por cuyo teclado se deslizaban mis manos con precisión nunca soñada por mi fallecida tiempo ha profesora de música. Levanté los ojos y observé cómo me sonreía, no menos que el instrumento, el satisfecho director de orquesta, enfundado como yo en un elegante frac, quien batuta en mano orientaba a los músicos en su interpretación. Para él, dirigirme a mí, al maestro Zinoviev, constituía el mayor honor; para ellos, el acompañarme no carecía de menos valor.


Llevado por una confianza nunca antes entrevista siquiera, dirigí la mirada de forma discreta, llena de disimulo, hacia el colmado patio de butacas; lo justo para alcanzar a contemplar la cara de honda sorpresa de un médico al que acompañaba, era evidente que de forma desagradablemente indeseada, su encantadora esposa. Si no sonreí con mi característica ironía fue porque en un virtuoso de mi categoría no estaría bien vista semejante pose, y porque además debía empezar a pensar en mi próximo concierto: en Berlín, creo".



"Intercambios".

martes, 16 de febrero de 2010

ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (XXXIV): LA REPETICIÓN DE UNA IMAGEN AD INFINITUM

"Ciudadano Kane" ("Citizen Kane", Orson Welles, 1941)



Yo que sentí el horror de los espejos

No sólo ante el cristal impenetrable

Donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos



Sino ante el agua especular que imita

El otro azul en su profundo cielo

Que a veces raya el ilusorio vuelo

Del ave inversa o que un temblor agita



Y ante la superficie silenciosa

Del ébano sutil cuya tersura

Repite como un sueño la blancura

De un vago mármol o una vaga rosa,



Hoy, al cabo de tantos y perplejos

Años de errar bajo la varia luna,

Me pregunto qué azar de la fortuna

Hizo que yo temiera los espejos.



Espejos de metal, enmascarado

Espejo de caoba que en la bruma

De su rojo crepúsculo disfuma

Ese rostro que mira y es mirado,



Infinitos los veo, elementales

Ejecutores de un antiguo pacto,

Multiplicar el mundo como el acto

Generativo, insomnes y fatales.



Prolongan este vano mundo incierto

En su vertiginosa telaraña;

A veces en la tarde los empaña

El hálito de un hombre que no ha muerto.



Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

Paredes de la alcoba hay un espejo,

Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

Que arma en el alba un sigiloso teatro.



Todo acontece y nada se recuerda

En esos gabinetes cristalinos

Donde, como fantásticos rabinos,

Leemos los libros de derecha a izquierda.



Claudio, rey de una tarde, rey soñado,

No sintió que era un sueño hasta aquel día

En que un actor mimó su felonía

Con arte silencioso, en un tablado.



Que haya sueños es raro, que haya espejos,

Que el usual y gastado repertorio

De cada día incluya el ilusorio

Orbe profundo que urden los reflejos.



Dios (he dado en pensar) pone un empeño

En toda esa inasible arquitectura

Que edifica la luz con la tersura

Del cristal y la sombra con el sueño.



Dios ha creado las noches que se arman

De sueños y las formas del espejo

Para que el hombre sienta que es reflejo

Y vanidad. Por eso nos alarman.


"Los espejos", Jorge Luis Borges


Uno de los autores, curiosamente, que más gusta al señor Pond.

Aprovecho la ocasión para invitarles a visitar el monográfico dedicado a los espejos que elaboró (!)Hombre Perplejo en su blog.

martes, 9 de febrero de 2010

ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (XXXII): EL VASO DE LECHE-BOMBILLA

Cary Grant y Joan Fontaine "Sospecha" ("Suspicion", Alfred Hitchcock, 1941)



François Truffaut: -Cuando Cary Grant sube la escalera, está muy bien.
Alfred Hitchcock: -Hice poner una luz en el vaso de leche.
F.T.: -¿Un proyector dirigido hacia la lehe?
A.H.: - No, dentro de la leche, dentro del vaso. Porque era necesario que fuera sumamente luminoso. Cary Grant sube la escalera y era preciso que no se mirara más que a ese vaso.
F.T.: -Estaba muy bien, realmente.


"El cine según Hitchcock", François Truffaut

miércoles, 26 de agosto de 2009

LECTURAS AGOSTÍES (Y III): "BAMBI CONTRA GODZILLA"




"Bambi Meets Godzilla" (Marv Newland, 1969)



Una vez, y de eso ya han pasado unos cuantos meses, leí en el blog Friki pero poco de Sergio Arán una anécdota cinematográfica, anécdota reseñada en el libro escrito por David Mamet "Bambi contra Godzilla". El detalle quedó memorizado, sin que en apariencia le prestara mayor atención. Así se mantuvo hasta que hace un par de semanas, mientras buscaba unos libros para regalo en una de mis librerías preferidas, me sorprendió su presencia en uno de los anaqueles.
Sobrará decir que me lo compré. Lo de que lo leí de una sentada (de terraza de verano) ya resulta del todo punto redundante.


"La película perfecta es la película muda, de la misma manera que la secuencia perfecta es la secuencia muda. El diálogo es inferior a la imagen al contar una historia cinematográfica. En primer lugar, uan imagen, como ya sabemos, vale más que mil palabras; la yuxtaposición de imágenes es geométricamente más eficaz. Si un director o guionista quiere comprobar la calidad de una escena, puede eliminar el diálogo y ver si, aún así, transmite la idea al público".

David Mamet, "Bambi contra Godzilla".


Altamente recomendable para empaparse de los entresijos de las labores de producción (y guión) en la aún llamada Meca del Cine. En cuanto a mí, al llegar a la última página, visualicé con gran realismo (?) la hipotética réplica de un productor airado, en lo que no dejaría de constituir un velado homenaje al coronel Saito (Sessue Haykawa) de “El puente sobre el río Kwai” (“The bridge on the river Kwai”, David Lean, 1957):


- Don´t speak to me of rules. This is a movie... not a game of rugby.

martes, 11 de agosto de 2009

LECTURAS AGOSTÍES (II): "BEAU GESTE"



De Zinderneuf a Brandon Abbas y vuelta a Zinderneuf.




"Beau Geste" (William A. Wellman, 1939)



"Entre la admiración, universal y merecida, que despertó su hazaña, mi propio y pobre acto de preferir la muerte a ser descubierto y sufrir deshonor pasó desapercibido".

"Beau Geste", P. C. Wren.




"Beau Geste" (William A. Wellman, 1939)


lunes, 10 de agosto de 2009

LECTURAS AGOSTÍES (I): "LA DAMA DEL PERRITO"







"Ojos Negros" ("Oci ciorne" u "Ochi chyornye", Nikita Mikhalkov, 1987)

Qué recuerdos acerca de la película de Mikhalkov, basada en ese relato.


En una silla de mimbre reposa desmayadamente el cuerpo mortal de Chéjov. A la vista de su aspecto su pensamiento se encuentra muy lejos de allí, muy lejos del envoltorio que le alberga. Si aceptó venirse hasta este balneario se debió sólo a los porfiados consejos de sus amigos, preocupados por el abatimiento en el que se había visto sumido durante el transcurso de las últimas semanas.

No era para menos puesto que ya llevaba varios meses sin que ni una sola línea hubiera salido de su pluma. La "toska", el aburrimiento tan propio de los habitantes de las estepas rusas, había hecho presa de él, y lo que sentía en su interior no era algo susceptible de ser curado por medio de unos simples baños. Se trataba de algo mucho más profundo.

Hoy ha convenido en salir, no ya por la recomendación de los facultativos del centro sino motivado por la visión del sol que esplendoroso brilla en el exterior. Ahí nos lo encontramos, muy cerca de la piscina de barro en la que chapotean con suma alegría un grupo de residentes, unos genuinos creyentes en los efectos terapéuticos de la combinación del agua y el barro medicinal. A este respecto él no es más que un descreído, lo que explica que se limite a permanecer sentado en una silla de mimbre, leyendo sin mucho interés las páginas de un periódico local.

El animado ambiente es roto de súbito por la irrupción de una repentina ráfaga de viento cuya intervención hace volar un delicado sombrero femenino, con tan mala suerte que termina por precipitarse en el mismo centro de la piscina. A la vista de este hecho el escritor abate delicadamente su periódico para pasar a observar detenidamente el reposado flotar de la pamela, apenas perturbado por las ondas producidas por los nadadores, los cuales, sumidos en su diversión, permanecen ajenos a la presencia de ese objeto.

Durante un instante piensa en la mala suerte que acaba de ofrecer sus respetos a la propietaria. Sin duda no podrá recuperar su prenda a no ser que alguno de los que nadan de aquí para allá convenga en acercárselo. Mas los acontecimientos no se desarrollan como cabría esperar, mostrando una vez más la riqueza de posibilidades que más tarde o temprano nos ofrece la existencia.

El escritor siente cómo a su misma vera pasa el caballeroso porte de un hombre alto, vestido con un vistoso terno blanco y tocado con un sombrero de igual color. Anda con lentitud, no exenta de lo que no deja de ser una cierta gracia aristocrática, imagen a la que refuerza el bastón que porta con delicadeza en su mano derecha. A juzgar por sus andares se deduce que tal adminículo no es más que una muestra de coquetería personal, un complemento decorativo que presta a su figura una manifiesta gracia.

El desconocido se acerca al borde de la piscina, parece dudar un segundo, aunque sólo sea para decidir con qué pie va a avanzar y, acto seguido, se sumerge hasta la cintura dentro del parduzco líquido. A igual paso que sobre tierra firme continúa avanzando, directo hacia la pamela. No bien llega a su altura la recoge, saluda a unos conocidos por medio de un cabeceo, al tiempo que alza su propio sombrero y da media vuelta, desandando el camino. Si es que puede utilizarse esa palabra dado el medio sobre el que se desplaza. Con vigor atlético emerge de la piscina, sin prestar atención alguna a las manchas amarronadas que decoran su antes flamante traje y se acerca a una joven destocada quien, al igual que el propio Chéjov, no ha perdido detalle de las evoluciones de tan galante caballero. Una vez más vuelve a quitarse el sombrero a modo de personal saludo, esta vez íntimamente dirigido a la propietaria del adminiculo y, luego, sin mediar palabra alguna se aleja tras dar media vuelta, con el mismo andar resuelto y lento de un principio.

Chéjov le observa mientras se aleja, ajeno por completo a las miradas de admiración que su gesto ha provocado y piensa para sí. Piensa que en su cuarto del primer piso, en una maleta de las que conforman su equipaje, guarda unas cuartillas, una pluma y un tintero…


domingo, 17 de mayo de 2009

DREW STRUZMAN





"Me gusta coleccionar las obras de algunos ilustradores, especialmente de artistas que vivieron entre 1850 y 1950, como por ejemplo N. C. Wyeth, Maxfield Parrish y Norman Rockwell. Creo que son artistas de naturaleza social, en el sentido de que representan o definieron el carácter de una cultura o algún aspecto de la cultura de su tiempo.[...]
Uno de mis ilustradores favoritos es Drew Struzman. Soy un estudioso del arte, y tengo una sensibilidad razonablemente sofisticada en cuanto a las obras que veo, y reconozco el talento en cuanto lo veo".

George Lucas




Ayer mismo, en un deseo de combatir cierto spleen vital que pugnaba por dominarme, tomé la determinación de "asaltar los ECIs" (permítanme el plural para redondear el juego de palabras), mas sin necesidad de piolet, como Ramón Mercader, ni, por supuesto, mediante la ejecución de actos de violencia extrema y, aún más, sin que fuera preciso viajar al otro lado del Atlántico. Como consecuencia soy un poco más pobre (en un sentido meramente crematístico) aunque mi coleccíón de DVDs se ha enriquecido de manera notoria (esta última parte me la repito continuamente en tanto voy acariciando sus cajas, a modo de cura personal contra la disonancia cognitiva inherente al acto).


Dispuesto a llevar el procedimiento hasta las últimas consecuencias, y tal vez influenciado por el arranque de mi artículo sobre la biblioteca de "Seven", no dudé en completar el tratamiento con una visita relajada a la Librería Cervantes. Después de eso, después sólo recuerdo una luz blanca...


Rodeado por los anaqueles en los que reposaban los volúmenes de la sección de cine saltaron a mi regazo tal cantidad de libros que llegué a plantearme un par de deseos: que me tocara la lotería, primero, y, seguidamente, la necesidad de realizar alguna clase de pacto (yo que siento aversión a la vista de la sangre, en especial si la que se derrama es la mía propia) para obtener el tiempo necesario para poder abandonarme a su lectura con plena tranquilidad y en la debida disposición de ánimo. Como fuera que ambos deseos resultan ser, ¡ah!, imposibles, más el primero que el segundo, siendo el primero de los citados si no imposible sí que bastante improbable (no juego nunca a los juegos de la ONLAE...) debí poner en práctica, a modo de higiénica medida, una restricción presupuestaria. Así, el punto en el que la recta intersectó con la curva de mis deseos se materializó en un par de libros. Mas es acerca de uno de ellos del que quiero hablarles ahora mismo (ya habrá tiempo para dedicarles al otro tanto mi atención como mis palabras, y su paciencia, confío).



El libro del que quiero hablarles es "Grandes Carteles de Cine: El Arte de Drew Struzan", Norma Editorial, 2004.



Nada sabía acerca de este ilustrador, pero nada de nada, y sin embargo cuántas veces había disfrutado por medio de la contemplación de su trabajo. Una labor creativa que pueden paladear, al igual que yo mismo, si entran en su página web.


"Cuentos del Mono de Oro", serie de TV (¡ainsss, qué de recuerdos!)






Y, por supuesto, uno de los que más me gustan, quizás por las similitudes con el arte de Alphonse Mucha.




En suma, que no se trata de un gasto, yo hablaría más bien de una inversión... a largo plazo.