Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
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martes, 1 de mayo de 2012

ILUSTRACIONES DE JUSTIN REED




Hallarán más información acerca de este ilustrador estadounidense en su web y en su blog.


- Los hijos de puta siempre te disparan de noche, cuando lo único que hay es un médico de guardia novato con un cerebro somnoliento.

Carlito Brigante (Al Pacino) en "Atrapado por su pasado" ("Carlito´s way", Brian De Palma, 1993).



domingo, 15 de abril de 2012

PLEASE, FASTEN SEAT BELTS


Si Phileas Fogg asomara su cabeza por entre las páginas del volumen en rústica en el que se encuentra confinado, a buen seguro que se pondría a prueba su flema británica si viera el siguiente vídeo.


Phileas Fogg




"Around the world in 80 seconds" (2010), dirigido por Roman Pergeaux y Alex Profit



Y si el anterior no fuera suficiente para provocar un mínimo cambio postural siempre podríamos mostrarle el siguiente...


"Around the world in 2000 pictures" (2011), Alex Profit




"¿Ochenta segundos? ¡Qué disparate!"

viernes, 5 de junio de 2009

GRETA GRAY YA NO VIVE AQUÍ



La mujer permanece inmóvil en el centro del dormitorio, como una estatua que sólo aguardara la orden del artista para cobrar vida. Con qué fulgor refulgen las perlas del collar, bañadas por la luz cenital que proyecta desde el techo la lámpara. Sólo unas tristes bombillas, nada de poderosos focos abrasadores. Tampoco se vislumbra cámara alguna. Ni siquiera un enjambre de técnicos expectantes, atentos a las indicaciones del director de turno. No hay nadie para gritar las mágicas palabras: "¡cámara, luces, acción!". Se encuentra nuevamente sola, sola allí en medio de la habitación.


Pero, ¡un momento! Como si en su interior hubiera escuchado la orden maravillosa empieza a avanzar hacia el tocador. Lentamente, paso a paso. Quizás aún imagine que a su vera una cámara invisible está filmando sus delicados pasos, a medida que pisa con cuidado sobre las marcas de tiza trazadas en el suelo. Mas nadie más ocupa la habitación. Está sola. Nuevamente sola.


Se sienta ante el tocador y echa una mirada a su rostro, aún joven. Con mano trémula alcanza el desmaquillador. El espejo le devuelve el reflejo del fulgor de sus grandes ojos: dada su naturaleza los espejos no traicionan, sólo muestran lo que ven, y su gran belleza no escapa a su perspicacia.


A la mente de la mujer aflora un recuerdo procedente de varios años atrás: otro espejo, otra habitación, otro país, otro continente. Aunque de eso ya hace casi veinte años.


Sin embargo ahora vuelve a estar sola, nuevamente sola. Ya no queda rastro alguno de la jovencita tímida que, alborozada, se prueba el exquisito vestido que Mauritz Stiller le había comprado expresamente. Su pudor agradece el gesto caballeroso del hombre: en tanto se desnuda, él, gentil, le da la espalda. Lejos se encontraba de imaginar que un espejo (otra vez los espejos), estratégicamente situado, recrea el reflejo de su alba figura para deleite del director de cine.


Hoy, allí, no hay más que un espejo, un espejo y ella, ella junto a sus recuerdos. Ningún testigo rompe la morosidad que imprime a cada uno de sus movimientos: el bueno de Mauritz hace ya muchos años que hizo su último mutis a través de la cuarta pared para no regresar jamás.


Ahora quien se sienta ante el tocador vuelve a ser ella misma, y al tiempo alguien diferente, muy diferente. Cosas así son las que lee en las líneas escritas en la mirada que refulge sobre la superficie azogada.


Greta Garbo retorna a ser quien siempre fue: una mujer que vivía en Estocolmo bajo el nombre de Greta Gustafsson, una jovencita aficionada a actuar en representaciones teatrales.









Lo ha decidido. Nada ni nadie la hará cambiar de opinión. Ella, que ha sido reina y cortesana de lujo, personaje trágico de Tolstoi y comisaria política destacada en París, que ha vivido en habitaciones de hotel recreadas en celuloide, donde paradójicamente también mostraba por exigencias del guión su íntimo deseo de permanecer sola, vuelve a ser ella una vez más.


Atrás quedarán los lujos, las cámaras, las cenas, los focos, las fiestas, las recepciones, las tomas repetidas incesantemente, los guiones,... Atrás, muy atrás quedarán sus otras vidas.


Pasarán los años y envejecerá mas, al contrario que el Dorian Gray de Wilde, su imagen permanecerá por siempre inmarcesible. Greta Garbo, la Divina, proseguirá habitando en las miradas de cuantos asistan a sus evoluciones en la gran pantalla, vivirá en las pupilas de cuantos curiosos dispongan de la oportunidad de examinar sus fotografías, permanecerá por siempre en la mente de sus incontables admiradores. Mientras tanto ella continuará viviendo su propia vida, ajena a los sueños que vayan entretejiendo a ritmo frenético los productores de los estudios.


Entonces sonríe. No, no sonríe. Ríe. Su risa clara y límpida llena la estancia. Se trata de una carcajada triunfal, un desahogo por medio del cual por fin logra desembarazarse de la tensión que le ha ocasionado el tomar su grave decisión.


Entre tanto el espejo, en un último guiño, o quizás, quién podría esclarecer el misterio, a modo de travieso homenaje, le devuelve la imagen de otra mujer, una mujer que ha roto a reír mientras permanece sentada a una mesa en un restaurante de París.





Nota adicional: contaba el director de fotografía Milton Krasner una anécdota acerca del rodaje de la película "Doble Vida" ("A Double Life", George Cukor, 1947). Necesitaban recrear un rayo de luz que caía sobre el escenario, mientras los actores protagonistas, Ronald Colman y Signe Hasso, representaban "Otelo" de Shakespeare. El profesional no sabía cómo lograr ese efecto y se devanaba los sesos en busca de una solución que se obstinaba en no mostrarse. En esas estaba cuando se le ocurrió una idea: un pintor dibujó con tiza el rayo de luz sobre una pizarra negra, seguidamente filmaron el reflejo sobre un espejo para mostrar aquel rayo cayendo sobre la pareja actoral. De esa manera obtuvieron el efecto buscado.

Cuando Sacha, el señor Pond y un servidor contemplamos el dibujo original contenido en este artículo recordamos esta anécdota. Al observarlo con detenimiento sentimos toda la poderosa fuerza inherente a la mirada de la Divina, "reflejada" en el espejo de su imaginario tocador. El cúmulo de emociones que nos embargaron se la debemos al arte y al buen hacer de M***, quien gentilmente aceptó nuestra petición de recrear por medio del carboncillo y la tiza aquella su profunda mirada.
A fuer de sincero que el resultado ha superado por completo todas nuestras expectativas.

domingo, 17 de mayo de 2009

DREW STRUZMAN





"Me gusta coleccionar las obras de algunos ilustradores, especialmente de artistas que vivieron entre 1850 y 1950, como por ejemplo N. C. Wyeth, Maxfield Parrish y Norman Rockwell. Creo que son artistas de naturaleza social, en el sentido de que representan o definieron el carácter de una cultura o algún aspecto de la cultura de su tiempo.[...]
Uno de mis ilustradores favoritos es Drew Struzman. Soy un estudioso del arte, y tengo una sensibilidad razonablemente sofisticada en cuanto a las obras que veo, y reconozco el talento en cuanto lo veo".

George Lucas




Ayer mismo, en un deseo de combatir cierto spleen vital que pugnaba por dominarme, tomé la determinación de "asaltar los ECIs" (permítanme el plural para redondear el juego de palabras), mas sin necesidad de piolet, como Ramón Mercader, ni, por supuesto, mediante la ejecución de actos de violencia extrema y, aún más, sin que fuera preciso viajar al otro lado del Atlántico. Como consecuencia soy un poco más pobre (en un sentido meramente crematístico) aunque mi coleccíón de DVDs se ha enriquecido de manera notoria (esta última parte me la repito continuamente en tanto voy acariciando sus cajas, a modo de cura personal contra la disonancia cognitiva inherente al acto).


Dispuesto a llevar el procedimiento hasta las últimas consecuencias, y tal vez influenciado por el arranque de mi artículo sobre la biblioteca de "Seven", no dudé en completar el tratamiento con una visita relajada a la Librería Cervantes. Después de eso, después sólo recuerdo una luz blanca...


Rodeado por los anaqueles en los que reposaban los volúmenes de la sección de cine saltaron a mi regazo tal cantidad de libros que llegué a plantearme un par de deseos: que me tocara la lotería, primero, y, seguidamente, la necesidad de realizar alguna clase de pacto (yo que siento aversión a la vista de la sangre, en especial si la que se derrama es la mía propia) para obtener el tiempo necesario para poder abandonarme a su lectura con plena tranquilidad y en la debida disposición de ánimo. Como fuera que ambos deseos resultan ser, ¡ah!, imposibles, más el primero que el segundo, siendo el primero de los citados si no imposible sí que bastante improbable (no juego nunca a los juegos de la ONLAE...) debí poner en práctica, a modo de higiénica medida, una restricción presupuestaria. Así, el punto en el que la recta intersectó con la curva de mis deseos se materializó en un par de libros. Mas es acerca de uno de ellos del que quiero hablarles ahora mismo (ya habrá tiempo para dedicarles al otro tanto mi atención como mis palabras, y su paciencia, confío).



El libro del que quiero hablarles es "Grandes Carteles de Cine: El Arte de Drew Struzan", Norma Editorial, 2004.



Nada sabía acerca de este ilustrador, pero nada de nada, y sin embargo cuántas veces había disfrutado por medio de la contemplación de su trabajo. Una labor creativa que pueden paladear, al igual que yo mismo, si entran en su página web.


"Cuentos del Mono de Oro", serie de TV (¡ainsss, qué de recuerdos!)






Y, por supuesto, uno de los que más me gustan, quizás por las similitudes con el arte de Alphonse Mucha.




En suma, que no se trata de un gasto, yo hablaría más bien de una inversión... a largo plazo.


sábado, 16 de mayo de 2009

SÁBADO MUSICAL: WILLIAM SOMERSET EN LA BIBLIOTECA


La sensación que te recorre mientras deambulas a través de la sala de Brueghel y El Bosco del Museo del Prado, entre paraísos, mesas decoradas con los pecados capitales, infiernos y macabras marchas triunfales.


La sensación que te recorre cuando caminas por entre los atestados anaqueles de una biblioteca, sea cual sea, pues se trata de una biblioteca.


La sensación que te recorre al dejar vagar la vista por la vastedad libresca que te sumerge por doquier en una librería de lance.


La sensación que te recorre mientras asistes a un concierto de música clásica, arrellanado en la butaca aterciopelada…


La búsqueda emprendida por el detective William Somerset [Maugham] (Morgan Freeman) en "Seven" ("Seven", David Fincher, 1995) bajo los sones de Johann Sebastian Bach.



Sarah Chang
interpreta con su violín Guarneri del Gesú (1717), acompañada por el piano, el Aria en Sol de la Suite en Re Mayor de J. S. Bach