La mujer permanece inmóvil en el centro del dormitorio, como una estatua que sólo aguardara la orden del artista para cobrar vida. Con qué fulgor refulgen las perlas del collar, bañadas por la luz cenital que proyecta desde el techo la lámpara. Sólo unas tristes bombillas, nada de poderosos focos abrasadores. Tampoco se vislumbra cámara alguna. Ni siquiera un enjambre de técnicos expectantes, atentos a las indicaciones del director de turno. No hay nadie para gritar las mágicas palabras: "¡cámara, luces, acción!". Se encuentra nuevamente sola, sola allí en medio de la habitación.
Pero, ¡un momento! Como si en su interior hubiera escuchado la orden maravillosa empieza a avanzar hacia el tocador. Lentamente, paso a paso. Quizás aún imagine que a su vera una cámara invisible está filmando sus delicados pasos, a medida que pisa con cuidado sobre las marcas de tiza trazadas en el suelo. Mas nadie más ocupa la habitación. Está sola. Nuevamente sola.
Se sienta ante el tocador y echa una mirada a su rostro, aún joven. Con mano trémula alcanza el desmaquillador. El espejo le devuelve el reflejo del fulgor de sus grandes ojos: dada su naturaleza los espejos no traicionan, sólo muestran lo que ven, y su gran belleza no escapa a su perspicacia.
A la mente de la mujer aflora un recuerdo procedente de varios años atrás: otro espejo, otra habitación, otro país, otro continente. Aunque de eso ya hace casi veinte años.
Sin embargo ahora vuelve a estar sola, nuevamente sola. Ya no queda rastro alguno de la jovencita tímida que, alborozada, se prueba el exquisito vestido que Mauritz Stiller le había comprado expresamente. Su pudor agradece el gesto caballeroso del hombre: en tanto se desnuda, él, gentil, le da la espalda. Lejos se encontraba de imaginar que un espejo (otra vez los espejos), estratégicamente situado, recrea el reflejo de su alba figura para deleite del director de cine.
Hoy, allí, no hay más que un espejo, un espejo y ella, ella junto a sus recuerdos. Ningún testigo rompe la morosidad que imprime a cada uno de sus movimientos: el bueno de Mauritz hace ya muchos años que hizo su último mutis a través de la cuarta pared para no regresar jamás.
Ahora quien se sienta ante el tocador vuelve a ser ella misma, y al tiempo alguien diferente, muy diferente. Cosas así son las que lee en las líneas escritas en la mirada que refulge sobre la superficie azogada.
Greta Garbo retorna a ser quien siempre fue: una mujer que vivía en Estocolmo bajo el nombre de Greta Gustafsson, una jovencita aficionada a actuar en representaciones teatrales.

Lo ha decidido. Nada ni nadie la hará cambiar de opinión. Ella, que ha sido reina y cortesana de lujo, personaje trágico de Tolstoi y comisaria política destacada en París, que ha vivido en habitaciones de hotel recreadas en celuloide, donde paradójicamente también mostraba por exigencias del guión su íntimo deseo de permanecer sola, vuelve a ser ella una vez más.
Atrás quedarán los lujos, las cámaras, las cenas, los focos, las fiestas, las recepciones, las tomas repetidas incesantemente, los guiones,... Atrás, muy atrás quedarán sus otras vidas.
Pasarán los años y envejecerá mas, al contrario que el Dorian Gray de Wilde, su imagen permanecerá por siempre inmarcesible. Greta Garbo, la Divina, proseguirá habitando en las miradas de cuantos asistan a sus evoluciones en la gran pantalla, vivirá en las pupilas de cuantos curiosos dispongan de la oportunidad de examinar sus fotografías, permanecerá por siempre en la mente de sus incontables admiradores. Mientras tanto ella continuará viviendo su propia vida, ajena a los sueños que vayan entretejiendo a ritmo frenético los productores de los estudios.
Entonces sonríe. No, no sonríe. Ríe. Su risa clara y límpida llena la estancia. Se trata de una carcajada triunfal, un desahogo por medio del cual por fin logra desembarazarse de la tensión que le ha ocasionado el tomar su grave decisión.
Entre tanto el espejo, en un último guiño, o quizás, quién podría esclarecer el misterio, a modo de travieso homenaje, le devuelve la imagen de otra mujer, una mujer que ha roto a reír mientras permanece sentada a una mesa en un restaurante de París.
Nota adicional: contaba el director de fotografía Milton Krasner una anécdota acerca del rodaje de la película "Doble Vida" ("A Double Life", George Cukor, 1947). Necesitaban recrear un rayo de luz que caía sobre el escenario, mientras los actores protagonistas, Ronald Colman y Signe Hasso, representaban "Otelo" de Shakespeare. El profesional no sabía cómo lograr ese efecto y se devanaba los sesos en busca de una solución que se obstinaba en no mostrarse. En esas estaba cuando se le ocurrió una idea: un pintor dibujó con tiza el rayo de luz sobre una pizarra negra, seguidamente filmaron el reflejo sobre un espejo para mostrar aquel rayo cayendo sobre la pareja actoral. De esa manera obtuvieron el efecto buscado.
Cuando Sacha, el señor Pond y un servidor contemplamos el dibujo original contenido en este artículo recordamos esta anécdota. Al observarlo con detenimiento sentimos toda la poderosa fuerza inherente a la mirada de la Divina, "reflejada" en el espejo de su imaginario tocador. El cúmulo de emociones que nos embargaron se la debemos al arte y al buen hacer de M***, quien gentilmente aceptó nuestra petición de recrear por medio del carboncillo y la tiza aquella su profunda mirada. A fuer de sincero que el resultado ha superado por completo todas nuestras expectativas.