Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
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jueves, 20 de septiembre de 2012

PINTAMOS NUESTRA PERSIANA


Hace ya unos días el señor Pond, Sacha y uno mismo regresamos de una corta estancia en Madrid. Al menos una vez al año nos gusta poner a secar nuestros huesos, ya un poco cansados de la humedad (ambiente) y de la sequedad (de intereses) reinantes acá arriba. Ni qué decir que el viaje resultó provechoso.

Como ya somos veteranos en lo que a compartir viajes se refiere no bien habíamos dejado nuestras valijas en el hotel ya cada uno se había dispersado por la urbe, de acuerdo con los planes que hubiera trazado de antemano.

Según me cuentan a Sacha le vieron varias veces desayunando en el Café Comercial, aunque este extremo, dado lo poco hablador que es, no podría confirmarlo.

En cuanto al señor Pond me consta que hizo una breve visita a "La Buena Vida", en Vergara, para después establecerse definitivamente en el "Café Via Margutta" en "Ocho y Medio", a la búsqueda de cierto libro sobre Preston Sturges.




A la vista de que aquí cada cual seguía sus propios derroteros me propuse recuperar mi abandonada costumbre de caminar, las más de las veces sin rumbo fijo, al tiempo que comprobaba la resistencia del calzado sometido a un esfuerzo por lo demás bastante desacostumbrado.

Como parte de mis periplos kilométricos de vez en vez me detenía a hacer alguna que otra fotografía (nada del otro mundo, no se vayan a pensar), tratando de atrapar aquello que me llamaba la atención; tomaba alguna que otra cañita (por aquello de no deshidratarme) y bebía abundante agua (para paliar los efectos no ya solo de la deshidratación sino de las cañitas).

Tras varios días de vagabundeo por separado los tres nos reunimos para el viaje de regreso, momento en el que el señor Pond y uno mismo nos dedicamos a intercambiar impresiones. Ya mencioné que Sacha, nuestro barista, no es muy hablador sino más bien un hombre de hechos. Y de hecho, valga la redundancia, desde nuestro regreso prepara unos granizados de café con leche aderezados con Bailey´s...


Entre las fotos que le mostré al señor Pond hubo dos que le llamaron poderosamente la atención.


Calle Conde Romanones
Por suerte cuando me lo encontré aún no había abierto


Calle Núñez de Arce
Sábado, a las ocho de la mañana. Primero atrajo mi atención la maleta abandonada, hasta ese momento solo me había cruzado con botellas y vasos de plástico, y después la decoración de la persiana; sería ya de regreso cuando observaría con mayor detalle el nombre del establecimiento

 
Como les decía, durante nuestro regreso el señor Pond examinó con sumo cuidado estas dos fotografías (cinco horas de viaje dan para mucho, incluso para ponerse al día en el visionado de "blockbusters" por cortesía de la compañía de transportes).
Al arribar a destino me miró durante unos segundos, con esa mirada en la que sus ojos adoptan el aspecto de un estanque (ya les he hablado anteriormente de ella) y pronunció estas tres palabras: "tengo una idea".


Desde entonces nuestra persiana ya no es exactamente de color rojo...



miércoles, 2 de mayo de 2012

DOCUMENTA QUE ALGO QUEDA: "ENRON, LOS TIPOS QUE ESTAFARON A AMÉRICA"


Fra Luca Pacioli (1445-1457) en una "antigua" moneda italiana de 500 liras



Unos días atrás el señor Pond y yo charlábamos, sendas tazas de café mediante, acerca de una común amistad. Trátase este amigo de un contable, empleando este sustantivo con la mayor de las consideraciones, quien, como muchos compañeros de profesión, había dado por concluido uno de los meses más ajetreados de su año (ejercicio) laboral, el cierre contable, con la ingestión de un malta sin hielo ni cartón ni agua. La presencia de semejante circunstancia, la del cierre que no la de trasegar un malta escocés, había provocado en él una transformación notoria, hecho que explicaba el que fuera objeto de nuestra conversación.

Nuestro amigo, discreto y amante de los silencios, como de costumbre no contaba mucho, más bien contaba nada (aunque cuando lo hace suele decir, en aquellas ocasiones en las que los informáticos ponen los ojos en blanco a la vista de la documentación contable: "qué se puede esperar de quienes consideran que el cero posee existencia real"). No obstante su cara al borde del descuadre sí que lo decía todo.

Recordábamos así cómo poseía una costumbre un tanto atávica, la de portarr siempre consigo, a modo de personal amuleto, una moneda de 500 liras con la efigie grabada de Fra Luca Paccioli, el redactor del primer tratado sobre la contabilidad (y "quien enseñó matemáticas a Leonardo Da Vinci", como gusta de recalcar nuestro; con lo cual de una tacada agregaba también al grupo de los que le miraban con una sonrisita de conmiseración a los "intermediarios entre Dios y los hombres", frase esta última pronunciada por un Ingeniero de Minas y a la sazón (?) profesor universitario, al menos cuando la pronunció).

Mientras más sonreíamos con el relato de sus costumbres el señor Pond se quedó callado. Solo fueron unos instantes, mas a mí, que tan bien le conozco (o al menos eso creo), no se me había escapado el reflejo de las aguas propias de un profundo estanque que de súbito sustituyó en sus pupilas a lo que hasta entonces había sido chispeante camaradería.

Quizás, al fin y al cabo, mi pretensión de conocerle bien no fuera una vana presunción.

Como escribe Stephen Hawking en los agradecimientos de "Historia del Tiempo", alguien le comentó que por cada ecuación que incluyera en en el texto las ventas se reducirían a la mitad. Supongo que el "temor" a la progresión geométrica le empujó a incluir solo una. Bien, cuando los ojos del señor Pond volvieron a adquirir su imagen habitual las dos palabras que pronunció me hicieron pensar en Hawking [*] y en la advertencia que le habían lanzado. Sin embargo, como ya los idus de marzo han pasado, y como me encuentro cómodamente sentado no ya en una escalinata, sino en un sillón, afrontaré las consecuencias y escribiré aquí las dos palabras que el máximo responsable del D.B.I. (Departamento de Búsquedas Infructuosas) pronunció, muy pero que muy lentamente: "contabilidad creativa".

Si alguien ha llegado hasta aquí, si ese alguien espera que la cuesta se ha terminado, si, repito, ese alguien mantiene la creencia de que al fin el sonido del mar llegará a sus oídos, mucho me temo que aún deberá aguardar un rato. Solo unos pocos pasos más.
Unos pocos.

En el libro "Contabilidad creativa", escrito a cuatro manos con John Blake, el profesor Oriol Amat incluye un texto que no dice mucho acerca de nuestro común amigo, y que, sin embargo, mucho me temo que sí proporciona munición a aquellos gremios a los que suele referirse con cierta ironía:


"Cuentan de un mercader que, deseando saber cuánto eran dos mas dos, preguntó a un contable para que le ayudara a conocer la respuesta. El contable se le acercó y, después de comprobar que nadie les oía, le murmuró al oído: `¿Usted cuánto quiere que sea?".


Sin embargo, y como sé que a él, dado su caracter bienhumorado e irónico, le gusta más el estilo del profesor José María Gay Saludas, les incluiré (empleo el plural por educación, llegados aquí quizás lo de no emplear el singular resulte innecesario) un enlace a uno de sus múltiples artículos dedicados a este tema.


En fin, ya concluida la procelosa y elíptica introducción demos paso al cuerpo principal de esta entrada.



Por cierto, aparece en un cameo Arnold Schwarzenagger haciendo de sí mismo.





"Enron, los tipos que estafaron a América" ("Enron the smartest guys in the room", Alex Gibney, 2005)



Advertencia: ningún informático ni ingeniero han sufrido maltratos físicos y/o mentales durante la redacción de esta entrada. Ítem más, tanto el señor Pond como uno mismo guardamos un gran aprecio hacia nuestro amigo; Sacha, nuestro barista, lejos de denegar opinión al respecto la refrenda y emite sobre él un informe sin salvedades.



[*]  Hemos incluido por dos veces su nombre por consejo de nuestra "community manager", sea cuál sea la oscura razón que la mueve a ello.


martes, 26 de mayo de 2009

EL CHISTE DE "TO BE OR NOT TO BE": UN MISTERIO A LA MEDIDA DEL SEÑOR POND



¿ El coronel "Campo de Concentración" Ehrhardt a punto de soltar el chiste...?
¡¡¡Schuuuuuuuultz!!!



Hace escasos días nos encontrábamos el señor Pond y un servidor, sentados a una mesa, ante sendos cafés con leche, cuando el primero empezó a hablar acerca del artículo dedicado a Felix Bressart. Al poco rato ya ambos estábamos muy ocupados, recitando de memoria algunos de los memorables diálogos que perlan la película. Y entonces, entonces surgió el famoso chiste…


“A un brandy le han puesto el nombre de Napoleón, a un arenque el de Bismarck y a un queso el de Hitler” [=“they named a brandy after Napoleon, they made a herring out of Bismarck, and the Fuhrer is going to end up as a piece of cheese!"].


No pasó ni un minuto desde que el señor Pond hubiera pronunciado esta frase cuando surgió la inevitable pregunta: ¿y cuál es la naturaleza exacta del chiste? Sin embargo ninguno de los dos poseíamos una respuesta válida. No era la primera vez que surgía esta duda. Ya durante el transcurso de otras conversaciones mantenidas con amigos y colegas nos habíamos planteado la misma duda.
Se pueden decir muchas cosas acerca del señor Pond, las más verdaderas, y una de ellas es que no suele conformarse con un encogimiento de hombros. Sin siquiera terminarse el café salió raudo del cafetín en dirección a su casa, donde guarda un archivo que haría las delicias de Guillermo de Baskerville.
Empezaron a transcurrir los minutos, las horas, y el bueno del investigador seguía sin aparecer, por lo que a la vista de que su ausencia parecía ser casi definitiva tomé la decisión de dar buena cuenta de lo que quedaba de su café (Sacha se ofende profundamente cuando algún cliente no se bebe todo el contenido de las tazas que sirve).
Al fin apareció, sudoroso, el rostro desencajado, una gran interrogante cubriéndole el rostro. Aferrado en la crispada mano portaba algunos folios garabateados, a pesar de que no desdeña las nuevas tecnologías sigue apreciando el tacto del papel y el rasgueo del bolígrafo sobre las cuartillas. Sin pronunciar palabra me las entregó:

  • Ciertas clases de queso no huelen precisamente bien (lo cual no quita para que su sabor sea delicioso).
  • Se trataría de un juego de palabras propio de los angloparlantes: “piece of cheese” [=trozo de queso] parece sonar muy próximo a “chess piece” [=pieza o figura del ajedrez].

En pocas palabras, que seguíamos como antes, o aún peor, si cabe…


sábado, 9 de mayo de 2009

SÁBADO MUSICAL: LEE MORGAN




"In a number of respects, Lee Morgan could be considered a quintessential -or even the quintessential- hard bopper."

David H. Rosenthal.



No he podido resistirme a la tentación de incluir esta entrada a modo de sentido homenaje para uno de mis músicos de jazz favoritos: Lee Morgan.

Nacido en Philadelphia un 10 de julio, corría el año 1938, encontraría la muerte al cabo de algo más de tres décadas, el 19 de febrero de 1972, sobre el escenario de un club de Nueva York. Tal final no alcanzó en ningún momento tintes poéticos pues la causa directa de su fallecimiento fue una bala del calibre treinta y dos que le atravesó el corazón en plena actuación. Quien así dio término a su existencia, mediante una forma no poco visceral, no fue ningún asistente descontento sino una amante despechada, logrando por medio de un método tan contundente que un halo de sordidez recubriera los instantes finales de este grandioso artista. C´est la vie (la azul, no la rosa), valga la frase hecha o lugar común. Porque no hay que olvidar que a pesar de que según las palabras del malogrado Oscar Wilde, “el arte imita a la vida”, aquí cabría más bien decir lo contrario, y esto a pesar de que no habrá nadie que encuentre muchos paralelismos entre esta forma de morir y la ideada por Charles Chaplin para el payaso Calvero en "Candilejas" ("Limelight", 1952).

Mientras tanto, rodeado por los sones de Lee Morgan, procedentes del equipo de alta fidelidad, aquí, en mi despacho situado en "El Loro Azul", elevo mi taza de desayuno, colmada de café con leche, a modo de justo homenaje. La hora me ha impedido ejecutar mi gesto con un “dry martini”: mi organismo no se encuentra capacitado para saborear aceitunas a una hora tan temprana.

Va por ti, Lee, sea donde sea el lugar en el que te encuentres, ejercitando una vez más tu arte para un cautivado auditorio.

Salud y "copas de yate".



Lee Morgan - "The Gigolo"

Lee Morgan - "The Sidewinder"








... Parece que el señor Templeton es también un admirador de Lee Morgan.


martes, 7 de abril de 2009

...LES PRESENTO AL SEÑOR POND


Creo llegado el momento de hablarles acerca del señor Pond. Cuantos visitan este café cinéfilo habrán tenido cuantiosas oportunidades de leer algunas de sus aportaciones. No hará falta explicar, por tanto, que se trata del responsable máximo del Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.), el mismo que en este adhocrático establecimiento se ocupa, su nombre proporciona una pista segura acerca de su cometido, de indagar, auscultar y, en suma, de buscar cuanta documentación sea precisa para apuntalar los artículos que de cuando en cuando van apareciendo.


Cierta tarde, y de eso ya hace unos cuantos meses, se personó por el Loro Azul un desconocido que bien pronto dejó de ser tal para formar parte de la plantilla de los habituales. Aparte de quien esto escribe, y permítanme que me mencione en primer lugar, tenemos también a Sacha, ese loco ruso, el único que parece conocer a la perfección cuáles son los estados de ánimo de la cafetera, así como las manías que sus circuitos de agua caliente parecen provocar un día sí y otro también.


Nunca me han dado buena espina quienes portan bastones y huelen a perfume de gardenias. En su presencia siento de inmediato un temor irracional a que se encuentren prestos a desenfundar un revólver de pequeño calibre cuanto menos te lo esperas; el veintidós es un bonito número mas en determinados contextos pierde fatalmente mucho de su encanto.

Como fuera que aquel desconocido no desprendía aroma floral alguno, y además no se distinguía el más mínimo rastro de muletas o bastones decidí darle un voto de confianza. En pago a mi actitud benevolente me respondió con un gesto silencioso mientras me tendía una cartulina confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje. Si hubiera puesto encima de la mesa, me encontraba tomando uno de los cafés especiales de Sacha (“el café debe ser caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor”, la frase no es suya sino de Talleyrand), un oscar en un homenaje velado a Gregg Toland (v. “RKO 281”) no me hubiera mostrado menos sorprendido. Sin embargo mientras paseaba los ojos por el texto impreso una vocecita interior me dijo que aquel hombre hablaba mucho más de lo que callaba.


Como resultara que su predecesor en su futuro puesto, el de documentalista-jefe, me había abandonado poco antes opté por contratarle, decisión a la que ayudó sus pretensión de ejercer como tal a título gratuito. No hará falta que les explique que luego de unos minutos, durante los que aguardó pacientemente a que yo terminara de leer el texto, sí que pronunció algunas frases.


Por supuesto yo acepté sus condiciones sin entrar en molestas negociaciones y regateos. Llevado por un talante diplomático para nada pretendí ofenderle contrariando sus deseos.


La causa fundamental de la marcha del anterior responsable había sido la presencia de unas discrepancias económicas que se mostraron como insalvables y que se basaban en la naturaleza y cuantía de los emolumentos percibidos. Yo consideraba que se encontraba más que bien pagado mientras que él discrepaba acerca de este parecer. Mantenía tozudo que una palmadita en la espalda de tanto en tanto no constituía suficiente contraprestación para sus desvelos. No negaré que su pretensión de alimentarse a diario así como la de costearse tanto vestimenta como otros gastos personales a costa de mis ya de por sí menguados capitales me hacían inclinarme a pensar que, debido a una mala interpretación de nuestra relación contractual, había acabado por tomarme por un filántropo.


Fue en esta forma como el viento fresco, y junto a él el propio señor Pond, arribaron a este establecimiento.



En sucesivas charlas mantenidas en sucesivas jornadas, mil y una tazas de café de por medio, fui poco a poco descubriendo los hitos de su carrera que él, parco en elogiarse a sí mismo, tuvo a bien mencionar dosificándolos con cuentagotas.

En cierta ocasión había colaborado junto a la señorita Bunny y el no menos prestigioso ingeniero Richard Summer en la modernización del departamento de documentación de un canal de noticias.



"Su Otra Esposa" ("Desk Set", Walter Lang, 1957)


Empujado por su carácter de hombre emprendedor decidió, valga la redundancia, emprender una nueva carrera y terminó recalando en uno de los departamentos de la acrisolada Crimson Permanent Assurance.




Quizás cansado de las aventuras a las que los nuevos vientos empujaron a la plantilla no tardó en abandonar también este barco.

Lo último que me confesó es que había ocupado un puesto de funcionario en el Ministerio de Información, mas esta vez las labores a desempeñar se revelaron tan sumamente burocráticas que no tardaron en chocar con su forma de ser.



"Brazil" (Terry Gilliam, 1985)


Ante la disyuntiva de seguir nuevos derroteros o convertirse en un Bartleby decidió optar por la primera opción. Así fue como acabó por atravesar el umbral de "El Loro Azul"...



Para terminar sólo me resta incluir a continuación el texto que figuraba impreso en aquella cartulina, confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje.
Hela aquí.


"A poco que se reflexionara sobre ello, Mr. Pond se asemejaba curiosamente al estanque del jardín. Durante la mayor parte del tiempo era igual de sereno, igual de límpido y claro, valga la expresión, en sus habituales reflejos de la tierra y el cielo y la hermosa luz del día. Y sin embargo yo sabía que en el estanque del jardín había algunas cosas raras. Una de cada cien veces, uno o dos días en todo el año, el estanque parecía enigmáticamente distinto; o su lisa tranquilidad era interrumpida por una sombra fugaz o un relámpago; y un pez o un sapo o alguna criatura más grotesca se mostraba al cielo. Y yo sabía también que en Mr. Pond había monstruos: monstruos mentales que emergían sólo un instante a la superficie y luego retornaban a las profundidades. Se mostraban en forma de comentarios monstruosos en medio de su charla razonable e inofensiva. Algunos pensaban que a la mitad de una conversación harto juiciosa se volvía loco de improviso. Pero asimismo no tenían más remedio que admitir que de inmediato regresaba a la cordura".


"Las Paradojas de Mr. Pond", Gilbert Keith Chesterton.

martes, 17 de marzo de 2009

CHAPLIN LLEGA A OVIEDO




"Un Rey en Nueva York" ("A King in New York", Charles Chaplin, 1957)



En el periódico que hojeaba esta misma mañana, tomando un café antes de entrar a trabajar, hubo una noticia que me llamó poderosamente la atención. Bueno, les seré sincero. Atrajo mi interés lo poco que logré entrever, merced a los efectos de la cafeína: un par de fotografías en blanco y negro de Charles Chaplin. Como me encuentro demasiado acostumbrado a "despertarme" con noticias de una clase muy diferente, ese cambio en la tónica habitual hizo que detuviera mi hojeo, imaginando que formaría parte de esos artículos variados que de cuando en ando aparecen en las páginas centrales de los periódicos.

Me alegro muy especialmente de haber estado equivocado. Lo que anunciaba ese artículo era la inauguración, esta misma tarde, hoy mismo, en el edificio histórico de la Universidad, de una exposición dedicada a Charles Chaplin. Por ironías del destino, precisamente la misma, organizada por la Obra Social de La Caixa, que se celebró el año pasado en Madrid: Chaplin en Imágenes.

Por una vez la montaña viene a uno...

Ahora sólo falta que no encuentre un ratito, de aquí al 30 de mayo, para ir a visitarla una vez más...

domingo, 15 de marzo de 2009

CULMINEMOS LA SEMANA CON TÍTULOS DE CRÉDITO



Durante mis vagabundeos por la red de redes, saltando de página en página cual un Tarzán virtual, a menudo me encuentro con webs muy interesantes. Algunas las linkeo en mi sidebar, otras las guardo en favoritos y otras, muchas, casi la mayoría, las guardo en un documento de texto, a modo de archivo de enlaces.

Hoy quiero linkear en este post una de ellas. Podrán encontrarla también en la sidebar, en la sección denominada Puzzle. Por una vez, y sin que sirva de precedente, su hallazgo no se debe al extraordinario olfato del señor Pond, el responsable del D.B.I.

La página se llama The Art of The Title Sequence, en ella su(s) desarrollador(es) se ocupa(n) de agrupar títulos de crédito de todas las épocas; incluidos los de Saul Bass, por supuesto.

Ahora bien, mis preferidos, con los que me tronché y carcajeé de puro gusto, cuando visioné la película por primera vez en compañía de unos amigos, hasta el punto sin retorno en el que sientes cómo la barriga pierde su nombre para pasar a ser sustituido por el de saco de la risa, aquellos en concreto, son los siguientes:





"Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores" ("Monty Phyton and the Holy Grail", Terry Gilliam y Terry Jones, 1975)



domingo, 8 de febrero de 2009

¿TARTA? ...VAS (F)HARTATE


En el principio una tarta de crema surcó los aires, sin música de Strauss, aún era la época de las "silent movies", en tiempo real, nada de dieciocho fotogramas por segundo,... Sea la desternillante risa...
Y la risa y las carcajadas cobraron forma.


En cierta ocasión, allá por el año 1913, tal y como contaba el director de cine mudo Mack Sennett, Mabel Norman permanecía sentada en el set, aguardando para hacer su entrada en escena en tanto que su compañero Ben Turpin se ocupaba de rodar su parte. Al mismo tiempo, subidos a un andamio situado a algunos metros por encima de la actriz, unos carpinteros se encontraban inmersos en la labor de reponer fuerzas, comiendo algunas viandas que portaban consigo.
Quiso la ocurrente casualidad que en estas a uno de los operarios se le precipitara al vacío la tarta de crema de la que se disponía a dar buena cuenta, con tan buena suerte para él que Mabel se percató del descuido y con suma destreza la recogió al vuelo en plena caída.

Durante unos instantes la mujer la sostuvo en sus manos, como sopesándola, para devolvérsela acto seguido al carpintero de la forma que consideró más práctica: lanzándosela hacia las alturas. Nada de especial hubiera revestido a ese gesto si no fuera porque en su ejecución no le asistió la fortuna. Contra todo lo que hubiera previsto su puntería no resultó ser todo lo precisa que cabría esperar así que la caprichosa tarta, lejos de trazar lo que pasaría por ser una limpia trayectoria vertical, de vuelta a las manos del técnico, que desde luego era el efecto que pretendía imprimirle cuando se la arrojó, se desvió un tanto caprichosamente para terminar por trazar una parábola que en primer lugar la hizo irrumpir en la zona de rodaje para culminar, acto seguido, su sorprendente paseo aéreo estampándose de lleno sobre la cara del no menos sorprendido Ben Turpin.
Como fuera que la cámara no se había perdido detalle del esponjoso impacto del postre contra la cara de Turpin ni tampoco de la subsiguiente reacción, una mezcla hasta cierto punto lógica de desconcierto, estupor y no escasa turbación ante un ataque tan inesperado, parpadeo incluido, quedaron impresionados en el celuloide los gestos que se dibujaron sobre el rostro del involuntario receptor, bajo los chorretones de merengue que le corrían por ella para acabar cayendo sobre pecho y suelo.

No hará falta agregar que en cuanto en el laboratorio revelaron la película tan oportuna como casualmente filmada también se reveló el indiscutible efecto cómico que la situación llevaba aparejada.

De una forma tan simple cómo la expuesta fue como se descubrió una de las más peculiares formas para provocar la risa incontenible de los espectadores.



"
In the Sweet Pie and Pie" (Jules White, 1941)


Una de las batallas de tartas que más me gustan es la que Blake Edwards incluyó en su particular homenaje, confeso, a las películas de el Gordo y el Flaco, Stan Laurel y Oliver Hardy, una recreación de las características más sobresalientes del “slapstick”: "La Carrera del Siglo" ("The Great Race", 1965).
La razón por la que he escogido esta escena es doble. Además de la comicidad implícita no deja de ser un tierno homenaje a “El Prisionero de Zenda”, una de las películas preferidas del director (opinión que humildemente comparto).
Sin olvidar, por supuesto, otra grandísima escena: la memorable pelea en el "saloon" ("¡dejadme sitio para luchar!").


Príncipe Hapnick: [tastes pie] Umm... brandy! Throw more brandy, throw
brandy! More brandy! Brandy!
[Gets hit again with a pie]
Príncipe Hapnick: Umm... rum! I never mix my pies!


Ante la posibilidad del todo punto lógica de que tras haber visionado la escena previa hayan sentido cómo en el interior de su cabeza ha empezado a madurar la idea de organizar su propio homenaje cinematográfico a continuación les incluyo una receta culinaria, redactada con la inestimable ayuda de un buen cocinero, y, a qué negarlo, aún mejor amigo.





Ingredientes.

(Para ocho raciones, en el caso de se le dé un destino alimenticio; por pura lógica si se empleara a modo de proyectil lamentándolo mucho debo decir que sólo tendría un único uso).
  • 6 huevos (separando yemas y clara),
  • 160 gramos de mantequilla,
  • 22o gramos de azúcar,
  • 1 tableta y media de chocolate derretida,
  • 110 gramos de harina,
  • 150 gramos de mermelada de albaricoque,
  • esencia de vainilla.

Para el glaseado:

  • 150 gramos de chocolate,
  • 150 gramos de azúcar en polvo,
  • 6 cucharadas de agua.

Preparación:


Se elabora una crema utilizando la mantequilla y la mitad del azúcar. Se añade el chocolate derretido, la esencia de vainilla y la yema de huevo, sin dejar de batir en ningún momento.


Se baten las claras a punto de nieve, se añaden a la mezcla anterior muy lentamente y después se vierte la harina.


Se coloca en un molde que a modo de paso previo se habrá untado con mantequilla y espolvoreado con harina y se introduce en el horno durante una hora.


Se extrae del horno y se deja enfriar. Cuando se encuentre frío se corta en sentido transversal y se une con un poco de mermelada. La mermelada que nos reste se calienta a su vez y se extiende sobre la superficie y los bordes del pastel.


En lo que se refiere al glaseado se mezclan chocolate, azúcar y agua. Se calienta todo al baño maría, sin dejar de remover la mezcla hasta que adquiera un aspecto liso y brillante.

Para terminar se recubre toda la superficie con el chocolate, se deja enfriar y ... a emplatar.

Puede servirse acompañado de nata montada, presentada en un recipiente aparte. A este respecto si el uso que se le va a dar es el de ingenio balístico puede decorarse la superficie superior con dicha nata. Hay que recordar que el efecto cómico es directamente proporcional al espesor de dicha capa de nata.





Advertencias finales:

  1. No desestimen el alto potencial destructivo de algo tan aparentemente inofensivo, por sabroso que pueda parecerles.
  2. G. K. Dexter (de ahora en adelante el autor) declina cualquier responsabilidad relacionada directa o indirectamente con cuantas demandas civiles puedan interponerles los involuntarios receptores de sus tartas.
  3. El autor tampoco se responsabiliza de los daños, perjuicios o cualesquiera otras consecuencias que pueda llevar aparejada la puesta en práctica de lo mostrado en este "post", bien sea por omisión, dolosamente o con muy mala (pero que mucho) intención.
  4. Esto sólo es un divertimento.
  5. Las Autoridades Gastronómicas de mi país certifican fehacientemente que no se ha empleado alguna clase de aditamento prohibido por la vigente normativa sanitaria, ni tampoco ingredientes bien artificiales o bien artificiosos, tales como nitrógeno u otros similares, durante la totalidad de la redacción de la presente receta.
  6. Un último consejo: simplemente disfrútenla... ¡Bon appétit!


martes, 30 de diciembre de 2008

LOS MEJORES DESEOS...






... para el nuevo año que está a punto de comenzar.


Un saludo cinéfilo,

G. K. Dexter

Y durante el 2009 ... hablaremos de cine.




Y para culminar con un buen sabor de boca ahí van un par de perlitas.

En primer lugar una maravillosa muestra de cómo filmar una escena manteniendo a cuatro personajes dentro del mismo plano. Dirección a cargo de Orson Welles, fotografía de Gregg Toland, guión de Hermann Mankiewicz e interpretaciones de Orson Welles, George Coulouris, Everett Sloane y Joseph Cotten.
Una auténtica delicia.



"Ciudadano Kane" ("Citizen Kane", Orson Welles, 1941)



En segundo lugar, una hilarante escena de la serie "Caída y Auge de Reginald Perrin", especialmente dedicada a los agoreros impenitentes que padecen una equivocada variedad falsa del complejo de Cassandra.
Risas provenientes de otra época...





¡Feliz entrada en el 2009 para todas y todos!


domingo, 28 de diciembre de 2008

PONGA UN GENIO EN SU VIDA



"[...] nos hemos metido en un desorden colosal, cometiendo errores garrafales, en el control de una máquina delicada cuyo funcionamiento no entendemos".

Escrito por John Maynard Keynes en el año 1930.



"Aladín" ("Aladdin", Ron Clements, John Musker, 1992)

jueves, 31 de julio de 2008

PRODUCCION PROPIA PARA FINIQUITAR EL MES

El último día de julio, víspera del primero del mes de agosto. El momento para descansar, tomarse un respiro y retomar las aficiones postergadas por causa de las jornadas laborales extenuantes, los timbrazos del teléfono, los chasquidos del fax al escupir una nueva incidencia, los correos electrónicos urgentes, las obligaciones fiscales de variado tenor, los impostergables informes que deben estar listos para anteayer aunque el plazo de preaviso comience mañana,… Es decir, a disfrutar, cinéfilamente hablando.






-No veo por qué tiene que hacerse el listo, señor Marlowe. Y no me gustan sus modales.
-A mí no me enloquecen los suyos, y no he pedido esta entrevista. Me tiene sin cuidado que no le gusten mis modales, ni siquiera me gustan a mí. Me hacen llorar en las noches de invierno y me importa tanto que se meta conmigo como que se tome la sopa con tenedor. Así que no trate de confundirme.
-Nadie usa ese tono conmigo.
-¡Oh!

Vivian Sternwood (Lauren Bacall) y Phillip Marlowe (Humphrey Bogart), “El sueño eterno” (“The big sleep”, Howard Hawks, 1946).

“Un film no es más que un sueño que se cuenta, pero un sueño
que soñamos todos juntos”.

Jean Cocteau.


Cada vez que se sentía solo se hacía acompañar por seres inexistentes que sólo asumían cierta corporeidad en su imaginación. Mediante este recurso se ahorraba el esfuerzo de fatigarse a causa de una búsqueda en pos de otros a los que participar sus ilusiones y proyectos, sus problemas y errores, sus aciertos y diversiones, sus vivencias diarias en suma.
En cuantas ocasiones sentía la necesidad de tomar alguna bebida, no tardaba en transformar su hasta ese momento vacío salón en una recreación del Café Americain de una Casablanca prefabricada en blanco y negro. A su vera un pianista negro aporreaba un piano color rosa al tiempo que entonaba una canción que desde hacía largo tiempo él no había vuelto a escuchar de nuevo. Al fondo del plano huía continuamente de sus captores un hombrecito con ojos saltones, dejando tras de sí un rastro en el que se percibía claramente un olor a violetas, quizás en busca de un halcón que había robado a unos soldados alemanes que portaban unos salvoconductos harto singulares. Quizás aún mantuviera la pretensión de canjear aquella forja de sueños por el vino ofrecido por unas ancianitas que guardaban el paso a su sótano donde, por uno de esos misterios que sólo se dan en contadas situaciones, un único operario tocado con un salacot se ocupaba de concluir las obras del Canal de Panamá.
Si quería aumentar sus conocimientos acerca de la vida salvaje hacía que un leopardo se paseara a los sones de Mozart por entre los montones de libros que ocupaban buena parte del suelo, meticulosamente embalados en cajas. Una costumbre, la de encerrar así a los volúmenes, aprendida de un amigo suyo quien una vez le participó que el primer error que uno comete nada más instalarse en una casa es la de adquirir una estantería. Una grave equivocación donde las haya puesto que detrás de esa pieza, y de seguido, se colarán uno a uno los demás muebles. Tan escueto mobiliario le animaba a jugar con puzzles mientras murmuraba una sola palabra, la pieza única de otro rompecabezas, éste interior, para eterna desdicha de cuantos pudieran oírle pronunciarla, ignorantes de su exacto significado. Entonces se vestía con un salto de cama y perseguía a un perro cuyo mayor afán era romper vestidos femeninos y fracs masculinos, a este respecto el can no hacía distingos por cuestiones de sexo, amén de su pareja afición por esconder clavículas intercostales.
Si lo que ansiaba era aire puro se armaba de caña y cesto y se acercaba a la orilla de un río próximo a Strelsau, con el ánimo de encontrarse con un borrachín, para más señas heredero al trono, a quien corona y prometida le quedaban un tanto grandes. Y qué bien en cambio le sentaban a él tanto los armiños como los brazos de la princesa, aunque la esgrima no constituyera su fuerte, y mucho menos lo de esquivar puñales arrojados contra su espalda como objetivo.
¡Ah!, cada vez que abría la ventana al bullicio de la calle sus ojos no contemplaban el bloque de enfrente, y en una de sus ventanas a ese vecino cuya afición menos confesable era la de asesinar esposas, sino la figura solitaria de alguien llamado Ethan aproximándose desde la lejanía. Entonces se sentaba en la mecedora y tras varios tragos de whisky acababa por recorrer un río repleto de rápidos y sanguijuelas en compañía de la hermana de un predicador, silbando entre dientes para así llamar la atención de una flacucha deslenguada, a imagen de como ella le enseñó la primera vez que se conocieron, mientras comían mano a mano la sopa con tenedor.
La simple visión de un tarro conteniendo azúcar le retrotraía a unos tiempos en los que se cuestionaba la democracia suiza en contraposición con la más interesante y fructífera Italia renacentista. Deambulaba entonces a través de calles mojadas por la helada, entre gatos que gustaban en frotarse contra los fondillos de los pantalones, en pos de un amigo que algún tiempo después ocuparía el puesto de policía en una ciudad fronteriza. Un amigo al que unas brujas anunciaron que sería rey y que a causa de tan egregio vaticinio no tardó en sumirse en las honduras de la locura y finalmente, ya un mero cadáver, en las no menos procelosas de un río, muerto a manos de un imposible mejicano WASP.
O el pasear por un París de decorado donde hasta en el papel de las paredes se olía el aroma que desprendía Les Halles, atraído por la verde coloración de la indumentaria que vestía una chica de vida más que alegre a pesar de que su jefe la chuleaba, o quizás con más razón por ello, y que terminaría por aprender que una mujer jamás se debe poner rímel si es que va a llorar. Ni tampoco, y ya que a eso vamos, tampoco dar de beber champán a un perro que padece de piedras en el riñón, aunque tenga por nombre Coquette. Sobre todo cuando no se dispone de dinero para hospedarse en el Excelsior y de paso acudir a sus baños termales.
Se encontraba un poco perdido, como bien se infiere a partir de la lectura de cuanto antecede. Mas cuando sentía que la locura le atenazaba, tras rondar primero en las proximidades, a su lado acudía presto para mitigar los terribles síntomas cierto psiquiatra, un poco disminuido tras su brutal encuentro con un tímido izquierdista, preso por homicidio y condenado a la horca. Y eso sólo cuando no debía atender a un así llamado Archibald Leach, quien a veces se metamorfoseaba en un hombretón cuyo nombre auténtico me resulta por completo impronunciable.
En suma, sólo les confesaba estas cosas a camareros acodados en barras con la mayor variedad de tipos y tamaños. Camareros que lucían tatuajes en los brazos y que servían Calvados; que nunca acababan contando una historia porque al fin y al cabo siempre era otra que nada tenía que ver con la anterior, que le anunciaban la partida de chicas que ya desde hacía unas cuantas horas se habían ido de su vera, y que la mayoría de las veces ni se sentaban a la mesa junto sus clientes ni probaban una sola gota de alcohol, aun cuando no se contuvieran en anunciar su nacionalidad a los tres vientos agitando la bandera del país de la borrachera.
Pero lo más terrible de cuando se sentía muy solo era que todo cuanto aquí les estoy narrando adquiría una corporeidad tan sumamente tangible que hasta en ocasiones su vecina se colaba en el salón a través de la ventana, para tras la súbita irrupción cantarle acompañada con una guitarra canciones que hablaban sobre ríos hechos con rayos de luna. Tampoco le importaba si en otras visitas, llevada entonces en brazos de la melancolía, se limitaba a narrarle sus propias anécdotas. Como aquella vez que viajó durante varios años por las carreteras de Europa en compañía de su entonces marido, sin que este último cambiara en absoluto al cabo de tantas idas y venidas. O aquella otra, siendo todavía una niña, en que se pasaba las veladas espiando a los asistentes a las fiestas celebradas en la mansión en la que su padre ocupaba el puesto de chófer, ella secretamente enamorada de uno de los hijos de la adinerada familia. Siempre la escuchaba, aunque al fin y al cabo no fuera más que otro fruto de su íntimo deseo de no sentirse tan solo.
Mas llegó el preciso día en el que debió dejarlo todo atrás. El día en que el cantante contrajo una pulmonía por cantar bajo la ducha con el paraguas cerrado. El día en que el eterno aventurero, gigante de seis pies, proclamó que hasta allí había llegado y se murió comido por un cáncer estúpido contraído más estúpidamente todavía mientras encarnaba a un líder mogol poco creíble (¡vaya estupidez!). El momento en que la mujer que tomó el avión hacia Lisboa sintió cómo su brazo se hinchaba arrebatándole poco a poco la luz de gas que ya había perdido cierta noche en la ciudad de la luz. Sí, el día en que chorreando bajo un aguacero se despidió de la Venus personificada en bailarina de flamenco.
Así que cerró la puerta de su vida tras él, se caló el bombín, y con el paraguas cuidadosamente plegado se decidió a proseguir su camino en sociedad. Como único equipaje para su viaje de errabundo apátrida la sabiduría propia de un jardinero con un parterre de sueños a su cargo.


Apartando las capas de una cebolla


sábado, 12 de julio de 2008

MÍNIMOS CAMBIOS

Cuando Winston Churchill necesitaba consejo en temas económicos acudía a la ayuda de un grupo de tres asesores, unos prestigiosos economistas entre los que se encontraba el mismísimo John Maynard Keynes. Mas invariablemente cada vez que les hacía una consulta obtenía cuatro respuestas: Keynes siempre le daba dos.
Desde luego no es mi intención compararme con cualesquiera de los antes citados y sin embargo cuando me decidí a realizar unos pequeños cambios en el blog me vi en una situación algo similar. Lejos de consultar a mis colegas informáticos mi atrevimiento me empujó a pedirme consejo a mí mismo. Craso error, como bien pronto descubrí. Durante algunos minutos me vi enfrentado a las lenguajerías informáticas, trufadas de comandos que ni comprendo ni conozco, presa del mayor de los delirios. Finalmente logré en parte mi propósito, mas si debiera explicar los pasos seguidos dudo mucho que pudiera hacerlo.
A continuación incluyo una de las escenas más hilarantes de Esta casa es una ruina, una escena en la que según mi opinión Spielberg homenajea con corrección a los mecanismos del slapstick.



Esta casa es una ruina (The money pit, Steven Spielberg, 1986)


Cualquier similitud o parecido con lo expresado en los párrafos precedentes es fruto de la más pura y prístina de las casualidades.

domingo, 27 de abril de 2008

A MODO DE RECUERDO

Uno de los recuerdos que me ha legado mi infancia se haya relacionado muy de cerca con el cine. Mediante este comienzo espero que no les esté haciendo creer que mi condición de friki cinéfilo (ambas palabras empleadas en sus justos términos, mitad por mitad) procede de mis primeras edades. La verdad es que por aquellos días me limitaba simplemente a disfrutar visionando las historias que directores y actores me contaban, sin necesidad de buscar nada más.
Quizás bastará que les cuente un simple hecho para que puedan formarse una opinión acerca de cuáles eran los conocimientos que yo poseía por aquella época acerca del séptimo arte: los dos nombres de actores de Hollywood que recuerdo haber aprendido en primer lugar fueron los de John Wayne y Robert Mitchum, precisamente gracias a que mi madre me los enseñó; de hecho eran los dos únicos nombres que la buena mujer conocía.
Mas me doy cuenta de que me estoy desviando un tanto del hilo argumental que me había propuesto seguir, así que ahora mismo retomo la rama del árbol por la que había empezado a encaramarme. El árbol es tan frondoso que las más de las ocasiones siento deseos de seguir cualquier otra de las múltiples ramas que se bifurcan ante mí, sin solución de continuidad, a partir del tronco principal. Sin embargo el dejarme llevar por mis inclinaciones personales no ayudará demasiado a mi empeño de narrarles uno de mis recuerdos infantiles, de acuerdo a la que pasa por ser mi intención primera.

Imagínense la escena dentro de su mente: un salón, más bien una salita, su decoración muy acorde al gusto tardo setentero, y una televisión en blanco y negro situada en una esquina. Dispuesto ante a él, arrimado a la pared opuesta, un sofá de tres plazas, fabricado en un material que imitaba al skay de una forma tan conseguida que quizás hasta lo fuera realmente. En ellas nos sentábamos mis padres y yo para contemplar la programación televisiva que los programadores hubieran tenido a bien escoger.
Les hablo acerca de una época en la que si mal no recuerdo el jefe máximo de TVE era José María Calviño, en la que José Luis Balbín todavía se ocupaba de amenizarnos, pipa humeante en ristre (tiempos en los que el tabaco y más el de pipa poseía aún una aureola especial, sin los actuales estigmas que le acompañan), a través de su programa de debates que llevaba por título La Clave.

Mi madre y yo, cuando contemplábamos el arranque de las películas, ese momento en el que en la pantalla campeaba la imagen de la productora (bien fuera la Warner, la MGM, la Columbia u otra cualquiera), nos preparábamos para disfrutar con el espectáculo que se avecinaba. Pues bien, habrán de saber que ambos habíamos desarrollado la hipótesis de que esas imágenes iniciales no eran otra cosa más que una mera fórmula para calificar a los largometrajes, de fijarlos dentro de una categoría concreta según cual fuera la calidad que revistieran. Así, por lo general, a los dos nos solían encantar aquellos que comenzaban con la estampa de un león rugiente y, sin embargo, por el contrario, ya nos arrancaban menos entusiasmo aquellos otras en las que aparecía una mujer portando una antorcha encendida.



A ese recuerdo se le une otro, éste ya extendido hasta el tiempo actual: mi afición a degustar los títulos de crédito. Durante mucho tiempo hubo una serie de ellos que, por alguna extraña razón, ya fuera por su creatividad o por su diseño evocador siempre me llamaron especialmente la atención. Habrían de pasar muchos años antes de que descubriera que todos ellos tenían en común el que su artífice era la misma persona: Saul Bass.



Así son estas cosas de los recuerdos…

miércoles, 2 de abril de 2008

¿EL LORO AZUL?


-Lo siento monsieur, tendríamos que engrasar a la policía. Esta es tarea para el señor Ferrari.
-¿Ferrari?
-Puede serle muy útil conocer al señor Ferrari, está a punto de conseguir un monopolio en el mercado negro. Lo encontrará allí, en el Blue Parrot.
-Gracias.
Diálogo entre un vendedor callejero y un refugiado.
Casablanca (Casablanca, Michael Curtiz, 1943).


Efectivamente, El Loro Azul no es más que la traducción al español del nombre del café de monsieur Ferrari (interpretado por Sidney Greenstreet, actor al que se reconoce también por su interpretación de Kasper Gutman, el líder de la cuadrilla de facinerosos en El Halcón Maltés), un local a cuya puerta campea junto a un loro un letrero donde destaca ese nombre.


Para los interesados en curiosidades cinéfilas de todo tipo ahí va una información: Roman Polanski también denominó así a un club, The Blue Parrot, en su película parisina Frenético. Aunque la realidad resulta mucho más simple pues tal local no existía fuera de los decorados. De nada sirve buscarlo entre las mojadas calles, caja de cerillas en mano, cual un renovado Harrison Ford. Lo cierto es que el director se basó para ambientarlo en el Baines Douches.