Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!

viernes, 7 de noviembre de 2008

DEREK JACOBI



"Henry V" ("Enrique V", Kenneth Branagh, 1989)

ESA CLASE DE MUSICA QUE SUENA EN TU CABEZA

Existen bandas sonoras que una vez que las escuchas por primera vez, mientras acompañan a las imágenes de una película, sientes la necesidad de obtener más información acerca de la persona que las compuso. Das inicio entonces a una búsqueda frenética, rastreando los enlaces del buscador de los ceros y, entonces, al cabo de un cierto tiempo, la sonrisa triunfal se enseñorea de tus labios: descubres nombre, filmografía y cuantos datos consideras precisos.


En mi caso una de las últimas que me atrajo fue la banda sonora de “Muerte entre las flores” (“Miller´s Crossing", Joel Coen, 1990); la que me llevaría a descubrir el nombre que se encontraba tras la música que escuchaba: el señor Carter Burwell.





Al poco que uno continúe informándose acabará por descubrir que dicho compositor se encuentra estrechamente relacionado con la pareja de hermanos, no bien ha venido colaborando con ellos en todas sus películas.




El Gran Salto” (“The Hudsucker Proxy”, Joel Coen, 2004)


Como temeroso de las alturas me atrajo poderosamente esta escena, amén de que uno puede gozar por medio de la interpretación del señor Newman. Dos placeres en uno.
Además no puede olvidarse que también se incluyeron en algunas escenas las notas del maravilloso adagio del ballet “Spartacus”, compuesto por Aram Kachaturian.


Para terminar quiero regresar de nuevo a “Muerte entre las Flores”. Lo hago incluyendo esa cancioncilla irlandesa que ambienta la escena en la que se demuestra de una forma muy gráfica cómo hasta a la hora de escapar de un atentado en el que tu vida se ve amenazada no hay nada mejor que mantener la calma en todo momento.
Calma, mucha calma.




Mario Lanza cantaDanny Boy

jueves, 6 de noviembre de 2008

domingo, 2 de noviembre de 2008

CUANDO LLEGUÉ A LAS LÍNEAS DE LA COMPAÑÍA C, EN LA CIMA DE LA COLINA,...


“He estado antes aquí”, dije; había estado, en efecto, primero con Sebastian, más de veinte años atrás, un día claro de junio, con las cunetas rebosantes de lechosas reinas de los prados y el aire cargado de todos los perfumes del verano. Era un día de especial esplendor y, a pesar de que había estado allí tantas veces y con tan distintos estados de ánimo, fue aquella primera visita la que mi corazón evocaba ahora, en la última”.


Con estas palabras principia la narración mediante la que Charles Ryder va desgranando su evocación de su relación con los Marchmain, y más en concreto con lord Sebastian Flyte, en la brillante novela escrita por Evelyn Waugh que lleva por título “Retorno a Brideshead” (“Brideshead Revisited”).
No puedo negar que me encuentro ante una de mis novelas favoritas, salida de la misma pluma que escribió "Noticia Bomba" (el libro que todo reportero de guerra debería leer antes de enfrentarse a "Territorio Comanche" de Pérez Reverte; al que un colega, no sin cierto aire a pedantería rebuscada, siempre se refiere, al de Waugh me refiero, por su título original: "Scoop") y "Los Seres Queridos" (poco apropiado o no para estas fechas).
Uno a veces se pregunta a qué estrafalarios personajes haría deambular por los muros de Brideshead la acerada pluma de Saki.



A buen seguro que cuantos contamos con la oportunidad de disfrutar con el visionado por televisión de la serie en los primeros años de la década de los ochenta recordaremos con facilidad el tema musical con el que daba inicio.



Una cuidadosísima producción de la cadena Granada que adaptaba la novela homónima con una calidad inusitada, más propia de un largometraje cinematográfico. Ya la elección del reparto probaba el sumo cuidado que se había puesto en su elaboración: junto a dos jovencísimos Jeremy Irons y Anthony Andrews figuraban dos vacas sagradas del cine y el teatro británico: sir Laurence Olivier y sir John Gielgud, interpretando a los respectivos padres de ambos protagonistas.

Lord Sebastian Flyte, Charles Ryder y Aloysius


Cuando emitieron la serie por televisión no pensé en la posibilidad de grabarla en vídeo, craso error. A lo sumo sí que conservé el comienzo de uno de los capítulos para conservar el maravilloso tema compuesto por Geoffrey Burgon, en el que las trompeta barroca adquiere todo el protagonismo.

Ahora sólo resta valorar si la reciente adaptación al cine a cargo de Julian Jarrold mantiene la altura. Al menos un "actor" repite participación: el señorial Castle Howard (Yorkshire).


"Retorno a Brideshead" ("Brideshead Revisited", Julian Jarrold, 2008)

sábado, 25 de octubre de 2008

ESPERANZA






"Cadena Perpetua" ("The Shawshank Redemption", Frank Darabont, 1994)


"No tengo ni la más remota idea de qué coño cantaban aquellas dos italianas. Y lo cierto es que no quiero saberlo, las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras y que precisamente por eso te hacia palpitar el corazón. Os aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie, viviendo en un lugar tan gris, pudiera soñar. Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros. Y por unos breves instantes hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre. Claro que...al alcaide, aquello no le gusto nada”.[1]


Como pluriempleado que soy me vi obligado a buscar la forma más adecuada para desconectar entre curro y curro, cuestión vital para mantener una adecuada higiene mental, o al menos contenerla dentro de unos parámetros lo más saludables que fuera posible. En mi caso concreto el recurso que empleo es escuchar la música almacenada en el MP-4. Los temas varían y dependen más que nada del grado de desconexión preciso, yendo desde los temas de jazz hasta la música clásica, pasando por los sonidos electrónicos, el rock y el pop.

Durante esta semana pasada, aquejado de esa sensación que le acomete a uno durante los días rojos debí recurrir a la música clásica, y más en concreto a la ópera. Como sólo me considero un pasable aficionado fueron las arias de Puccini las que contribuyeron a variar tanto colorido como estado de ánimo.
Hoy, sábado, día en el que la música visita este blog, en cambio decidí introducir una pequeña variación. De ahí que haya sido Mozart el ... músico invitado.

Lo que cantaban aquellas dos italianas a las que se refería Ellis era el dueto "Sull´aria … Che soave zeffiretto" de la ópera "Las Bodas de Fígaro", de W. A. Mozart.

No hay nada comparable a Internet para documentarse, con permiso de Borges y la Enciclopedia Británica.

Sin más les dejo con dos versiones de este dueto, a cargo respectivamente de Elisabeth Schwarzkopf y Anna Moffo; y de Gundula Janowitz y Edith Mathis. Encontrarán los datos acerca de dichas grabaciones en el apartado de más información del usuario de Youtube.



"Sull´aria … Che soave zeffiretto"


[1] Texto del comentario (voz en off) de Morgan Freeman (Ellis Boyd 'Red' Redding) obtenido en el blog TVSpot. Por cierto que a quienes como a mí mismo les encanten los anuncios publicitarios encontrarán en este blog un amplio surtido donde elegir.

jueves, 23 de octubre de 2008

APOSTILLAS AL POST ACERCA DE LOS SABLISTAS



"Scaramouche" (George Sidney, 1952)


En su libro "Blandir la Espada" Richard Cohen, el autor, dedica un capítulo completo, para ser más concreto el décimo, que lleva por título evocador “Espadachines de cine”, a detallar el tratamiento que el arte del esgrima ha recibido por parte del mundillo del séptimo arte.

A lo largo de sus páginas nos encontramos con anécdotas protagonizadas por actores como Douglas Fairbanks, Basil Rathbone, Grace Kelly, Stewart Granger o Gene Kelly; así como información acerca de la filmación de las luchas a espada en películas tales como “Los Tres Mosqueteros" ("The Three Musketeers", George Sidney, 1948), "Scaramouche" (George Sidney, 1952), las diferentes versiones de "El Prisionero de Zenda" o "Los Duelistas" ("The Duellists", Ridley Scott, 1977), esta última basada en la novela del mismo título de Joseph Conrad.


"Los Duelistas"

Además, una vez que contemplas en persona (p.e. en la sala de armas del Museo del Ejército de Madrid) la angustiosa longitud de los sables que portaban los húsares así como los esmirriados (dicho en términos muy relativos y sin ánimo de ofender) que debían ser algunos de sus portadores a juzgar por los uniformes que vestían empiezas a pensarte dos veces si en el harto improbable caso de ser retado a duelo (el Código de Cabriñana no se haya muy vigente hoy en día) no valdría más alegar un fuerte constipado o, quizás más productivo, una alergia galopante, e incurable, a la mera visión de la efusión de sangre, en especial si se trata de la propia.

La prueba de que en el fondo soy un ecléctico incorregible, en lo que a gustos literarios se refiere, es que disfruto tanto con Conrad como con Pérez Reverte.

AVISO: el siguiente vídeo es un spoiler en sí mismo pues se trata del final de "El Maestro de Esgrima" (Pedro Olea, 1992), traslación al celuloide de la novela homónima de Arturo Pérez Reverte.
Si acaso el lector que haya llegado hasta aquí no la ha visto o aún no ha leído el libro, y quizás posea la intención de leer el segundo o tal vez visionar la primera le recomiendo que no pulse el play.



"El Maestro de Esgrima"


... que conste que ya avisé.


Nota: este post es una ampliación del titulado "Aquellos sablistas de antaño".

miércoles, 22 de octubre de 2008

AQUELLOS SABLISTAS DE ANTAÑO

Para los habitantes de un pequeño reino enclavado en el extremo oriental de Centroeuropa, el día no puede ser más grato. Se trata de la víspera de la coronación del príncipe Rudolf como nuevo rey de Ruritania. A Strelsau, la capital, acuden súbditos procedentes de todo el país, deseosos de ser partícipes del magno evento aunque sólo sea como testigos. Entre los muchos que llegan a la engalanada ciudad destaca un extranjero, inglés para más señas, y que responde al nombre de Arthur Rassendyll. Es éste un ex-oficial de la Guardia de Su Graciosa Majestad, licenciado del servicio desde algún tiempo antes tras haber alcanzado el grado de mayor. Sin embargo al contrario que el resto de visitantes su intención última no se haya para nada relacionada con los fastos derivados del ceremonial. Su única pretensión es la de dedicar sus días de estancia en el pequeño estado a dar rienda suelta a una de sus grandes aficiones: la pesca.

Mientras se encuentra practicando su afición a la orilla de un río próximo a la capital es sorprendido por una patrulla de la guardia personal del príncipe. Para mayor sorpresa del caballero inglés sus integrantes se muestran perplejos por su presencia allí, solo y pescando tranquilamente. Semejante reacción no es para menos puesto que Arthur resulta ser la viva imagen del futuro soberano.

Así da comienzo la historia narrada por Anthony Hope (1863-1933) en su libro "El Prisionero de Zenda", publicado allá por el año 1894. Una novela que pronto gozaría del favor del público por lo que el autor terminó por escribir cuatro años después una segunda parte, "Rupert de Hentzau".


Una novela, la primera, que hoy en día sigue gozando de una gran fama; con respecto a la segunda desde que me enteré de su existencia (de eso hace ya unos años) intenté hacerme con un ejemplar, aunque sin éxito. Al parecer no se haya publicada en España porque en el ISBN no consta ninguna entrada.



La industria cinematográfica no fue ajena a la oportunidad de recrear en el celuloide una historia de aventuras como ésta, repleta de complots, amoríos, malvados y traidores, luchas e intriga, por lo que ya en el año 1913 vio la luz una primera versión a la que pronto seguirían dos más, una en 1915 y la otra en 1922. Precisamente fue ésta última versión, todavía muda, la que más éxito cosechó de las tres. No por nada al frente del reparto se encontraba el galán Ramón Novarro, quien tres años después interpretaría a Judá Ben-Hur en la película del mismo título.

Ramón Novarro

Una época ésta en la que hacían furor las películas de aventuras filmadas a mayor gloria de Douglas Fairbanks ("La Marca del Zorro", El Ladrón de Bagdad, Los Tres Mosqueteros, Robin Hood,...).

Sin embargo de todas las realizadas mi preferida sigue siendo la versión del año 1937: Ronald Colman, Madelaine Carroll, Douglas Fairbanks Jr., Raymond Massey, Mary Astor, C. Aubrey Smith, David Niven,... Aunque no negaré que la recreación del villano Rupert de Hentzau a cargo de James Mason también resulta memorable.

Bueno, y si se me permite la debilidad, el episodio-homenaje a cargo de Blake Edwards, un auténtico forofo de esta película, en su filme "La Carrera del Siglo" ("The Great Race", Blake Edwards, 1965).


En primer lugar les ofrezco la versión del año 1937 del duelo final entre Rudolf Rassendyll (Ronald Colman) y Rupert de Hentzau (Douglas Fairbanks Jr.) en "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", John Cromwell, 1937), una producción de David O. Selznick.





En versión original





A continuación la escena del duelo en la versión del año 1952, en la que se enfrentan Stewart Granger y James Mason. "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", Richard Thorpe, 1952). Una producción de la Metro Goldwyn Mayer.





En versión original





Personalmente yo me quedo con la versión del año 1937, ¿y ustedes?

Un último apunte. Fue precisamente la conclusión inesperada de este duelo la que sirvió para terminar mi enconada enemistad con el tratamiento del “malvado" en novelas y películas, un sentimiento madurado durante mi infancia y adolescencia. Sin embargo el tiempo me hizo ver cuán errado estaba. Se explicaba por la intención del autor, Hope, de escribir una segunda parte, “Rupert de Hentzau”.


Ahora bien lo que no se me ha quitado todavía es la afición por el cine de espadachines.

domingo, 19 de octubre de 2008

UNA PEQUEÑA LECCIÓN DE ASTRONOMÍA

George Gamow (Odessa, 1904-Boulder, 1968) fue un eminente físico y cosmólogo estadounidense (aunque nacido en la URSS se nacionalizaría en el año 1940) que gozó de gran reconocimiento como investigador y divulgador (en la línea de Paul Davies, James Trefil, Stephen Hawking o Isaac Asimov).

George Gamow

Sin embargo además de por su calidad como científico destacaba entre sus colegas merced a la reconocida posesión de un gran sentido del humor, cualidad ésta que queda patente en el estilo presente en la redacción de sus artículos y libros. Algunos de estos últimos, “La Creación del Universo” y “Uno, Dos, Tres… Infinito”, fueron publicados en España hace algo más de una década por RBA, en una colección de bolsillo que se vendía con periodicidad semanal.
En el año 1948 envió un artículo a la Revista de Física (The Physical Review) en el cual desarrollaba una teoría sobre la formación de los elementos químicos como consecuencia de una gran explosión inicial, lo que se viene a conocer como Big Bang.
El artículo lo firmaban sus autores y desarrolladores de la teoría: el propio Gamow y su amigo Ralph Alpher. Sin embargo el ánimo juguetón de Gamow le empujó a incluir entre los autores a su colega, y amigo, Hans Bethe (in absentia), ya que de esa forma las iniciales de los apellidos de los firmantes coincidían con las tres primeras letras del alfabeto griego: alfa, beta, gamma.

... y ahora algo completamente diferente.

Hace unas semanas, al término de una copiosa cena que celebramos un grupo de amigos, justo antes de los postres, uno de los participantes recordó (cómo no, he ahí el don de la oportunidad) la hilarante escena del restaurante en "El Sentido de la Vida". Aquel memorable sketch, en parte gracias a su carácter escatológico, en el que un maquilladísimo Terry Jones interpretaba a Mr. Creosote, un genuino hombre-montaña en el sentido menos metafórico del término, que acudía a un restaurante francés a cenar. Más en concreto la parte que rememoramos fue la final. Aquella en la que el maitre, John Cleese, le proporcionaba al ya ahíto cliente una finísima chocolatina de menta con los resultados que cuantos hayamos visionado el filme recordamos perfectamente.
Eso me hizo pensar, al cabo de unos días, en las canciones incluidas en el filme. Entre ellas me gustaría destacar, tras un arduo proceso de selección, aquella en la que un Eric Idle vestido de punta en blanco trataba de convencer de las bondades de la donación de órganos a una mujer (por supuesto interpretada por Terry Jones).


"El Sentido de la Vida" ("The Meaning of Life", Terry Jones, 1983)


Después de haber visionado varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial necesitaba, a modo de mecanismo de compensación, un poco de humor, tal y como ya indiqué en un anterior post.


Monty Phyton´s Fliying Circus

Nota final: se me olvidaba aclarar que en la mencionada cena yo personalmente no pedí postre.

martes, 14 de octubre de 2008

LA YEGUA DE LA NOCHE

Los antiguos sajones poseían una palabra para referirse a las pesadillas, nightmare las llamaban, un término metafórico cuya traducción al español sería “la yegua de la noche”.

La indudable inventiva de Tim Burton para mostrarnos sus peculiares universos, por emplear uno de esos términos tan habituales, unió esta terrible imagen con la recreación de una época del año cuya esencia es diametralmente opuesta, para brindarnos así una fábula plena de humor negro: "Pesadilla antes de Navidad" ("The Nightmare Before Christmas", Tim Burton, 1993).

Época en la que por cierto estamos a punto de irrumpir (¿o es la recíproca?) pues ya falta muy poco para que E.C.I. dé el consabido pistoletazo de salida, como en los años precedentes.




El encargado de ponerle música a las imágenes emanadas de la mente (pesadillesca o soñadora, quizás a partes iguales), tal y como había hecho en otras muchas de sus películas, fue el compositor Danny Elfman.

Y ya sin más les dejo con la posibilidad de escuchar la banda sonora completa en streaming. Figura en el programa radiofónico número 33 de Sonidos... del Mundo de la Música de Carlos Pérez Cruz.


Qué tengan dulces sueños, o no.