Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!

domingo, 12 de octubre de 2008

EN OCASIONES VEO CLIENTES

Dedicado a dos buenas amigas.


Spot de la tarjeta American Express
con M. Night Shyamalan ("My Life, My Card")

AUT CAESAR AUT NIHIL

Después de haber visionado un par de maravillosas películas en mi cine particular sentí que el dramatismo implícito en ambas me hacía añorar un poco de comedia, a modo de paliativo.
Primero había sido la crónica de un atraco brillantemente ejecutado, "Rififí" ("Du Rififí Chez les Hommes", Jules Dassin, 1955), que me hizo pensar que sería mejor demorar un poco el revisionado de "Atraco Perfecto" ("The Killing", Stanley Kubrick, 1956).
Después, para rematar, una recreación de los últimos días de Hitler, encerrado en su búnker-mausoleo, no ya en "El Hundimiento" ("Der Untergang", Oliver Hirschbiegel, 2004) sino en la un poco más edulcorada serie para televisión "El Bunker" ("The Bunker", George Schaefer, 1981). Por mucho que me guste la forma de actuar de Anthony Hopkins, su recreación se encuentra a años luz de la que nos ofreció Bruno Ganz. Sin embargo los hechos evocados, ya ampliamente conocidos para todos, poseen tal fuerza que a su término uno se queda con ese mal sabor de boca propio de cuando se ha sido testigo de una muestra de los más bajos instintos del ser humano.
En pocas palabras, se imponía un cambio.



Tras leer un post en el blog de Sergio Arán me reafirmé en mi pasada decisión. Las súbitas carcajadas que me arrancó el visionado de los vídeos posteados me convencieron de la perentoria necesidad que tenía de disfrutar de un poco de humor.

La primera opción fue acudir a los sketches de "Monty Phyton´s Flying Circus" o a cualquiera de sus películas.


Sin embargo una súbita visita a E.C.I. me hizo cambiar de opinión. En uno de los estantes me encontré con una comedia clásica inglesa y, como consecuencia adquirí el DVD "Ocho Sentencias de Muerte" ("Kind Hearts and Coronets", Robert Hammer, 1949), esa joyita de la Ealing en la que con mucho humor negro, por momentos recuerda al mejor De Quincey, se nos muestra el método seguido por el hijo repudiado de una noble familia para recuperar su derecho a ser nombrado duque, aunque para ello antes deban desaparecer los ocho anteriores pretendientes en la línea de sucesión. Una película en la que a modo de curiosidad Alec Guinness, como haría años después Peter Sellers en varias de las suyas, p.e. "Teléfono Rojo Volamos hacia Moscú" ("Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb", Stanley Kubrick, 1964), interpretaba varios papeles (hasta un total de ocho).




Y entonces sonreí, reí y, finalmente, las carcajadas volvieron a llenar el salón-cine privado.





Como ayer sábado no posteé mi habitual recuerdo musical a continuación subsano esa falta incluyendo un vídeo en el que se muestra a Alfredo Kraus (uno de mis favoritos) cantando "Il mio tesoro intanto" de la ópera "Don Giovanni" de Mozart.



Esta aria, en versión instrumental e interpretada por la Philarmonia Orchestra de Londres, acompaña a las imágenes de esta deliciosa película.

sábado, 4 de octubre de 2008

LAS CIEN PELÍCULAS "IMPRESCINDIBLES"

Una vez más los miembros del Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.) de “El Loro Azul”, sumidos bajo los efectos de su particular “spleen” vital, según su inveterada costumbre, me proporcionan una muestra de aquello que consume sus vidas: el rastreo incesante por la red en busca de curiosidades sin cuento.


Como ejemplo de sus hallazgos a continuación les incluyo un vídeo realizado por AlonzoMosleyFBI con un “particular” homenaje a esa costumbre tan anglosajona (y muy en especial estadounidense) de conformar largas listas de películas “imprescindibles”.





Pueden tomarse como un juego el identificar las escenas. La solución nos la proporciona el usuario que subió el vídeo en su blog.

viernes, 3 de octubre de 2008

EVOLUCIÓN


"La Fiera de mi Niña" ("Bringing Up Baby", Howard Hawks, 1938)



-O está muerto o mi reloj está parado.

Dr. Ergenhofer (Groucho Marx), Un día en las carreras” (“A day in the races”, Sam Wood, 1937).




El que los Estados Unidos de Norteamérica constituyen en sí una tierra de promisión es algo que a estas alturas ya nadie pone en duda. Lo de que han recogido a gentes venidas de todos los parajes del globo terráqueo además de ser redundante, máxime tras la frase con la que daba inicio a esta narración, suena a algo tan obvio que no merece una mayor atención. En cuanto a que merced a semejante mezcolanza de gentes y caracteres una de las características más relevantes de su sociedad sea su tendencia al asociacionismo no extraña a casi nadie. Ya en el antepasado siglo hacía referencia a ella el novelista francés Julio Verne, más en concreto en su libro “De la Tierra a la Luna”. En una página dada refería que en cuanto dos americanos se conocían formaban un club, uno ocupando el cargo de presidente y el otro como secretario; si por un casual se les unía un tercero al punto era nombrado tesorero.
Juntemos las anteriores evidencias que de tan claras ni merecen ser contrastadas y comprenderemos que gracias a su audaz espíritu hayan dado un paso más allá. Como resultado han acabado instaurando premios de variado tipo y calidad. Precisamente de uno de estos galardones quiero hablar a continuación. A mis oídos llegó por los ojos, extraño procedimiento éste se dirán sin duda para sus adentros, mas no piensen en ningún momento en malformaciones, ni mucho menos en enfermedades congénitas a modo de explicación para semejante fenómeno. Lo que quiero expresar metafóricamente es que lo leí, y que como no me lo acababa de creer acabé repitiéndomelo en voz alta.
Han transcurrido varios años desde aquel entonces, unos seis o siete mal contados, tampoco es que lo recuerde muy bien. El caso es que por aquella época el escritor catalán Quim Monzó ignoraba que se encargaba de amenizarme los domingos desde una página publicada en el suplemento de un diario de tirada regional. Cierta mañana dominical atrajo mi interés con unos comentarios a tres columnas, y dibujito alusivo en el centro, relativas a cierto galardón concedido anualmente por un grupo de científicos norteamericanos: los Premios Darwin.
Se trata de un particular homenaje al padre de la teoría de la evolución, aquel investigador que se enroló como naturalista para disfrutar de un crucero alrededor del mundo. No sé si gozó con la travesía pero sí recuerdo que a bordo de aquel buque, por nombre Beagle, obtuvo las pruebas y los conocimientos precisos para acabar formulando su famosa teoría. Precisamente la que hizo que le acabaran caricaturizando en la prensa seria con cuerpo de simio y cabeza calva y poblada barba blanca, entrado en la venerable vejez. Sin duda sus enfrentamientos con el comandante del barco, un creacionista convencido que creía a pies juntillas, y así lo mantenía, que el mundo había sido creado un domingo veintitrés de octubre, y que desde entonces sólo habían transcurrido unos cinco mil años largos, le hubieran debido servir como advertencia. Mas no se arredró, y ahí lo tienen: yo sólo recuerdo su nombre, el del capitán, muy famoso por aquel entonces en la Marina de Su Majestad, se ha perdido por entre los pliegues de mi memoria.
Ese grupo de científicos pretende honrar con el eminente nombre, ya he explicado su origen, a todo aquel que se haya quitado de en medio, de manera definitiva se entiende, y por supuesto involuntaria, en aras del progreso de la especie. O sea, que se haya sacrificado sin ser siquiera consciente de ello para contribuir a que sus genes no se propaguen más allá de su persona, evitando así el peligro que tal hecho podría suponer para la evolución de la raza humana.
En el artículo Monzó menciona unos cuantos ejemplos acerca de los galardonados en años anteriores, todos fallecidos: dadas las cualidades valoradas por el jurado para ser acreedor a la distinción la concesión se caracteriza por ser siempre a título póstumo. Quizás se lo pudiera considerar como un homenaje a los quince minutos de fama preconizados por Warhol, aunque al no ser consciente de ello el occiso no se encuentra en condiciones de disfrutar en su plenitud de los frutos de dicha fama.
Uno de los casos descritos es el de un abogado canadiense, por nombre Garry Hoy, ganador de la edición del año mil novecientos noventa y seis. Su mérito fue precipitarse al vacío en una forma revestida con unos tintes un tanto peculiares, por no decir rematadamente tonta, desde el piso veinticuatro de un rascacielos de Toronto. Al parecer el hombre pretendía demostrar de una manera contundentemente práctica la resistencia del ventanal de su despacho. El que lo hiciera como lo hizo lo explica a partes iguales su profesión y que los que conformaban el auditorio que asistía a la prueba fueran un grupo de estudiantes de Derecho. En fin, no se le ocurrió nada mejor para alabar la obra del arquitecto que coger carrerilla para con el impulso tomado golpear el cristal con el hombro.
Prosigue Monzó su artículo relatando unos cuantos más, a cual más peculiar; lo suficientemente interesantes como para que yo acabara guardando la hoja en una de mis múltiples carpetas repletas hasta el borde del atracón con recortes de variado tipo.
El caso es que he mencionado todo lo anterior porque, navegando por la telaraña mundial, me he encontrado con un comentario acerca de la celebración de la última edición de estos premios. No sólo resulta característico de este mundo que poblamos que aún se sigan concediendo sino que hay que anotar además que el número de candidatos una vez más haya sido bastante nutrido. Cabe hablar de un ganador, fallecido al igual que la práctica totalidad de sus ilustres predecesores. Permítanme que les robe un poco más de tiempo y emplee éste y un poco de su paciencia para narrarles su caso.


El señor Bernard Hemmings era, pretérito, un actor inglés bien parecido cuya carrera había transcurrido fundamentalmente en el ámbito teatral, concretando más, y desde un punto de vista geográfico, en Inglaterra y alrededores (ese compendio que se acostumbra a denominar más resumidamente como Reino Unido, o, en aquellos momentos especiales en los que la ocasión así lo exige, con el más largo y no menos pomposo de Reino Unido de la Gran Bretaña, Irlanda del Norte e Islas del Canal). Por una casualidad genética fue escogido para participar en una producción televisiva al otro lado del charco. Un hoyuelo perfectamente alargado combinado con un extraordinario parecido con Cary Grant movieron a los productores americanos a escogerle entre cientos de candidatos. Además su extraña manera de destrozar el inglés, habilidad alcanzada con la práctica representando a Shakespeare, les acabó convenciendo de que su elección era la más adecuada. Hay que explicar que la serie pretendía mostrar en cuatro capítulos la vida del genial actor inglés, la de Cary Grant se entiende, del tal Bernard Hemmings y su Ricardo III no habían oído hablar por aquellos pagos, para ellos se encontraba tan hundido en el abismo junto con las penas que pesaban sobre la casa de York como el Titanic.
Pues el tal Bernard a mitad de rodaje se debió enfrentar con unas escenas en las que se pretendía rememorar el rodaje de “La fiera de mi niña”. El director quería recrear su famosa secuencia final en la que el amor triunfaba sobre la ciencia, materializado en el derrumbamiento del esqueleto del brontosaurio. Como actor Bernard era un puntilloso profesional, y deseoso de meterse en el papel no dudó en ensayar en la soledad del estudio, tratando de empaparse con la esencia del personaje. Para sentirlo mejor, tras embutirse en una bata blanca se encaramó en lo alto de la osamenta. Desdeñó el andamiaje por considerar que el contacto directo con el armazón del animal sería más fructífero. Allá arriba esperaba recibir la inspiración suficiente como para revalidar sus triunfos teatrales en las Islas.
Se encontraba revolviendo por allá arriba, a varios metros del suelo, pensando en clavículas intercostales, cuando vio merodear por el plató a un fox terrier. Que un perro de cualquier raza correteara por un plató vacío resultaría desacostumbrado, aún tratándose de los Estados Unidos. Pero en esta ocasión en cambio el que lo hiciera un fox terrier no lo era tanto. Era el can que interpretaba el papel de aquel otro que unos sesenta años antes había traído de cabeza tanto al personaje de Cary como al interpretado por Katherine.
No sabremos nunca con exactitud lo que pasó por la cabeza de este actor, tan lejos de su patria y de sus costumbres ancestrales. Sólo podemos atisbar, o más bien imaginar, lo que motivó su comportamiento. El caso es que imbuido en el espíritu de la genial comedia no se le ocurrió nada mejor que arrojarle un hueso del esqueleto de atrezzo al perrito. Un simple juego que traería aparejadas unas consecuencias inesperadas, o al menos muy distintas a las supuestas por el actor. El bueno de Bernard aferró un pequeño hueso de mentira que sobresalía del terrible espinazo con tan mala suerte que resultó ser el mecanismo disimulado que los encargados de los efectos especiales habían habilitado para provocar el desmoronamiento del conjunto.
Décimas de segundo después, tras una lluvia de huesos rodeando al cuerpo del desgraciado Bernard, los primeros de mentira, y los de Bernard estos sí desgraciadamente verdaderos, acabaron reunidos en desorden sobre el duro suelo varios metros por debajo de su punto de origen. Cuando le hallaron los del equipo de producción una clavícula intercostal del brontosaurio reposaba sobre su pecho mientras el perrito permanecía a su lado meneando el rabo.
Como dijo uno de los miembros del jurado, no sin parafrasear con cierta ironía a Luis XV, el mejor epitafio para alguien así sería: “después de mí, el progreso”.

jueves, 2 de octubre de 2008

CONDENADOS A REPETIR LOS MISMOS ERRORES

Lo impensable se ha vuelto inevitable”.
Paul Krugman, economista.




"Wall Street" (Oliver Stone, 1987)


Una vibrante muestra de la selva financiera en que se había convertido Wall Street durante la década de los ochenta del pasado siglo, donde campaban a sus anchas tiburones, emisores y negociadores de junk bonds como Michael Milken,...; el reino de los artífices de la ingeniería financiero-contable, los salvadores de empresas bajo el ataque de las OPAs hostiles: los llamados caballeros blancos;...


La película “Wall Street”, de Oliver Stone, proporcionaba una estampa cruda y visceral de los procedimientos seguidos por los grandes financieros y agentes de mercado durante la exuberante penúltima década del siglo XX. Unos métodos que recordaban vivamente a los practicados por filántropos y financieros como John Pierpont Morgan (“el Pirata”) casi un siglo antes.


La prueba de que pronto algún director volverá a retomar el tema (si es que consigue financiación, a partir de los petrodólares o de los fondos chinos del euromercado, claro) la tenemos en el siguiente vídeo cuya existencia conocí a partir de la columna de Enric González publicada en El País.


Aquí se echa de menos la escena de "La Hoguera de las Vanidades" en la que la mujer del "master del Universo", Sherman McCoy, le explica a su hija cuál es en esencia la labor que realiza su padre en el mercado de bonos. Muy gráfica su comparación con las miguitas de la tarta.

sábado, 27 de septiembre de 2008

FUNDIDO EN NEGRO

Este es uno de esos posts cuya redacción uno siempre se obstina en postergar, en la medida en que el cumplimiento de semejante deseo resulte factible. Esa clase de escrito que jamás deseas llegar a escribir, aunque al final por supuesto termina por resultar inevitable.
Por una de esas casualidades a las que nos tiene acostumbrados el comportamiento del Destino sigue a otro recién “subido”, éste dedicado a una película que forma parte del conjunto de mis preferidas, y que contiene, entre otros, un vídeo donde puede visionarse su escena final: el mutis por el foro del coreógrafo protagonista, entre amigos y enemigos, familiares y seres queridos, bajo los ritmos de un memorable tema musical. Talmente como si la noticia que me iban a comunicar tan sólo unas horas después hubiera pretendido adornarse, sin yo saberlo, mediante una banda sonora introductoria.

En momentos así siento cómo una corriente fría me recorre el espinazo.





"La Leyenda del Indomable" ("Cool hand luke", Stuart Rosenberg, 1967)



Nueva casualidad: al entrar en mi blog el tema que me dio la bienvenida fue precisamente el que Henry Mancini compuso para "Éxodo" ("Exodus", Otto Preminger, 1960). Diríase que el destino sigue trabajando en la moviola.




“Paul es un hombre tímido. Y un actor maravilloso. Y piloto de coches de carreras. Y un tío fenomenal”.


Sidney Lumet en su libro “Así se hacen las películas”.


IT´S SHOW TIME, FOLKS

Joe Gideon (Roy Scheider) se levanta de la cama un buen día. Acude al baño, abre el armario, ingiere algunas pastillas que coge de uno de los estantes. Se propina unos cachetes en las mejillas, sonríe y murmura: “comienza el espectáculo”.
Y así es, en efecto.




Negación. Irritación. Pacto. Depresión ... Aceptación. "Bye, bye, life. I think I´m gonna die".




"Comienza el espectáculo" ("All That Jazz", Bob Fosse, 1979)



Una buena oportunidad de revisitar este musical y, si resulta posible, incluso releer el artículo incluido en el número 25 de la ya desaparecida revista Nickelodeon, en el que se analiza la trayectoria artística de su director: Bob Fosse.

jueves, 25 de septiembre de 2008

TRAGAPALABRAS

La historia del séptimo arte se encuentra salpicada aquí y allá por una serie de frases y opiniones que a buen seguro sus protagonistas, y me refiero a aquellos en concreto que tuvieron la feliz idea de pronunciarlas, desearían que hubieran terminado sepultadas en el olvido, cuando no, si es que semejante posibilidad fuera factible, que incluso se borraran por completo de la memoria colectiva, sin dejar el más mínimo rastro tras de sí, como si nunca nadie las hubiera formulado jamás.



El "desconocido" Billy Wilder.

Al final de su vida, tras una carrera cinematográfica cuya brillantez nadie pondría en duda, a riesgo de cometer a ojos de algunos (unos más fanáticos que otros) un terrible sacrilegio, el director y guionista Billy Wilder (Dios para Trueba, un cineasta genial para buena parte del resto de los mortales), protagonizó lo que en su momento pasó por ser una divertida anécdota. Además su inclusión me sirve a modo de primer exponente de la idea que trataba de transmitir por medio del párrafo anterior.


Un viejecito encantador: Mr. Wilder

Lo que ocurrió fue algo así como lo que sigue. Parece ser que un buen día, mientras vegetaba aburrido en su despacho, al igual que el resto de los días durante sus últimos años, se le propuso un proyecto cinematográfico. Sí, a él, a un cineasta que ya no se ponía tras las cámaras desde hacía ya ... demasiados años; no ya porque no lo deseara, siempre y cuando la idea fuera lo suficientemente interesante él se encontraba dispuesto, sino porque los estudios no se atrevían a asumir las elevadas primas de seguro a las que deberían hacer frente. Dada su avanzada edad existía un riesgo muy grande de que no pudiera hacer frente al esfuerzo inherente a un rodaje, y lo que era aún peor, que por la presencia de cualquier hecho fortuito acabara por dejar la película inconclusa; léase una enfermedad o algo aún peor. Por las cabezas de los productores rondaba el temor cierto a que decidiera hacer mutis por el foro en pleno rodaje, lo cual lejos de que fuera considerado un homenaje postrero a Chaplin y su película "Candilejas" constituía una enojosa posibilidad que les provocaba sudores fríos. Ya se sabe que los productores de Hollywood, por deformación profesional, se encuentran mucho más capacitados para la ingeniería financiera de alto standing (petrodólares y hedge funds en paraísos fiscales) que para apreciar un guiño cinéfilo como ese (a no ser, por supuesto, que se trate de una película paródica que atraiga a las salas a masas hambrientas de palomitas).

En suma que nuestro amado Billy se aburría en su despacho, gozando como única compañía de la silla vacía que en vida ocupara su inseparable amigo I. A. L. Diamond, y lo que aún era peor, sin una mala película entre manos.

Mas hete aquí que un buen día repararon en él. Alguien se acordó de que tenían allí a este hombre, mano sobre mano, y decidieron aprovecharlo. Naturalmente antes de que la idea empezara a cobrar cuerpo se convocó una reunión de trabajo durante cuyo transcurso se pretendía sentar las bases y estructurar los objetivos y procedimientos. Una reunión a la que entre otros acudieron el propio Billy y un joven ejecutivo de la productora. Lo de la juventud del ejecutivo deben tomarla en un sentido muy pero que muy relativo, siempre en comparación con la edad del veterano director.
Por alguna razón, aquel ejecutivo, deseoso de romper un poco el hielo durante ese primer encuentro, no tuvo mejor idea que emplear una maza y así, casi a bocajarro, le dirigió a Wilder una pregunta acerca de cuáles habían sido concretamente sus anteriores proyectos cinematográficos. El director de “El Apartamento”, “El Crepúsculo de los Dioses”, “El Gran Carnaval” o “Un, Dos, Tres” (por citar de memoria sólo algunas de entre las que componen la amplia lista de su filmografía), muy conocido en el mundillo del cine por poseer una lengua afilada amén de bastante acerada, le dirigió al neófito (siempre en términos relativos) una mirada socarrona al tiempo que su interlocutor, sin percatarse en ningún momento de lo improcedente de su casual pregunta, aguardaba tranquilamente sentado la oportuna contestación. Talmente se diría que creyera encontrarse en realidad ante un advenedizo recién llegado a la meca del cine. Sin embargo por alguna razón extraña que no se alcanza a explicar Billy se lo tomó con buen humor y su respuesta, bastante lacónica por otro lado, fue un simple y escueto “usted primero”.
No sé cómo se tomó el ejecutivo su falta de tacto mas, conociendo el genio que se gastaba el director a buen seguro que salió bien librado.

Fotograma de una película jocosa de Billy Wilder: "Irma la Dulce" ("Irma la Douce", 1963)


La carencia de perspectiva por parte de alguien que sólo es capaz de analizar una película en función de su cuenta de resultados, cuando no de la posibilidad de que las pérdidas acarreadas por un proyecto fallido sean cubiertas por las ganancias de otro (cuestión de medias aritméticas) no resulta privativa de la época actual. Hasta alguien como Selznick, cuyo olfato comercial nadie pondría en duda, protagonizó otra de esas memorables meteduras de pata. Aunque fuera de un signo un tanto diferente sirve para demostrar que puestos a hacer comentarios erróneos nadie está exento de caer en el error.




Una opinión, por David O. Selznick.

En el año 1937 escribía:


"No veo justificación alguna en hacer una historia simplemente porque le gusta a un hombre que, lo admito, es uno de los mejores directores del mundo pero bastante poco comercial".


Ese director al que desde luego no le negaba sus grandes capacidades no era otro que John Ford, quien la primavera de aquel mismo año le había propuesto un proyecto que tenía en mente. Respecto a la película a la que se refería en unos términos bastante duros, para la cual auguraba una escasa salida comercial no era otra que "La Diligencia".




"La Diligencia" ("Stagecoach", John Ford, 1939)


Por supuesto Ford se marchó del estudio y acabó rodando su película tras llegar a un acuerdo con el productor independiente Walter Wanger, menos reacio a rodar un western que su colega.

Al parecer las reticencias de Selznick se debían más bien a que no estaba de acuerdo con la presencia de un casi desconocido John Wayne en el reparto, el chico que había empezado su carrera en el mundo del cine agitando su corpachón de seis pies de altura al ritmo impreso a una escoba por los sets de rodaje (aunque el propio Ford había comenzado desempeñando, entre otras muchas, labores como encargado de atrezzo para el director Alan Dwan). En lugar de a Duke el productor prefería más que el rol del evadido lo interpretara alguien como Gary Cooper, quien por aquella época ya gozaba del estatus de una estrella ya consolidada, quedando muy atrás sus inicios como caballista. O lo que es lo mismo el especialista que se arriesga a romperse los morros cayéndose del caballo en lugar del protagonista.
Aunque finalmente lo único que consiguió Selznick fue quedarse compuesto y sin Ford, amén de no gozar del éxito aparejado a esta película.

(Nota adicional: al respecto de la predilección de Selznick por Cooper merece la pena leerse este post del blog Viento Escarlata, a modo de mera curiosidad).



El bailarín que bailaba un poco: Fred Astaire.

Por Hollywood corre una anécdota según la cual en una ocasión en la que le hicieron una prueba a Fred Astaire (no estoy seguro de si fue en la RKO o en la Paramount, la información al respecto es contradictoria: enlace 1 dice que RKO, enlace 2 dice que Paramount) el encargado de la misma le despachó en los siguientes términos: "No sabe cantar. No sabe actuar. Con entradas. Puede bailar un poco" ("Can't sing. Can't act. Slightly bald. Can dance a little").
Como prueba de que este individuo, sea quien fuera, estaba cargado de razón a continuación les dejo una prueba:



"La Alegre Divorciada" ("The Gay Divorcee", Mark Sandrich, 1934)


Estremecedora, ¿no les parece?

domingo, 21 de septiembre de 2008

VICKY CRISTINA BARCELONA ... ¿OVIEDO?


Arranque de “Manhattan” (“Manhattan”, Woody Allen, 1979)

Por fin se estrena en España la última película de Woody Allen, el director norteamericano que con puntualidad británica nos viene administrando año tras año una dosis de su particular cine, según una costumbre ya reiterada, y que por una parte se ha convertido en una cita ineludible aunque por otra, en algunas ocasiones, sería el caso de “Scoop”, por ejemplo, demuestra cuán dificultoso resulta mantener el nivel con semejante frecuencia creativa, y muy especialmente tras la brillante "Match Point".
Para este su último filme, hasta la fecha, Allen decidió sustituir las localizaciones en Gran Bretaña de sus anteriores trabajos por otras un tanto más meridionales. Finalmente tanto él como su equipo acabaron por recalar en España: para ser exactos en las ciudades de Barcelona, Oviedo y Avilés.
"Pensaba que serían unas ciudades bonitas y nada más, pero son increíbles. España es un mercado muy importante para mis películas. En Europa me suele ir bastante bien. En Estados Unidos, como ya se sabe, ni siquiera el hecho de contar con el apoyo de la crítica se traduce en un éxito de taquilla".
"Conversaciones con Woody Allen", de Eric Lax.

Más información acerca de este libro, aún no publicado en España, en el blog de Alejandro Herrero.


Como motivos para dicho cambio el director se ha referido entre otros al clima que disfrutamos acá, mucho más benevolente que el inglés, según sus palabras. Pero por supuesto no es ajena a tal decisión el que se dé la casualidad de que la productora del filme sea española (la catalana Mediapro), por lo que el reciente anuncio de que esta misma empresa se va a ocupar de la producción de las tres siguientes películas de Allen auguran que la recién nacida vinculación con nuestro país va para largo.
A este respecto resulta curioso el que Allen decidiera rodar en el Reino Unido pues es sabido que los productores de la saga de 007 acordaron llevarse el rodaje de "Licencia para Matar" ("Licence to Kill", John Glen, 1989) a Méjico, sustituyendo los estudios Pinewood por los Churubusco, debido a los altos costes que suponía el rodaje en Londres. Aunque en posteriores producciones regresarían debido al tratamiento favorable que recibieron por parte de las autoridades, temerosas de la pérdida de beneficios que semejante decisión podría traer consigo de convertirse en definitiva.


Amén de las localizaciones en la ciudad condal los espectadores podrán gozar con los paisajes asturianos; no por nada, una parte de la película se ha rodado en Oviedo, Avilés y otros parajes próximos. Su inclusión se explica por la estrecha relación que el director neoyorkino parece haber establecido durante los últimos años con Asturias, y más en concreto con su capital, Oviedo, desde que le fuera concedido en el año 2002 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. En aquella ocasión Allen pronunció sus famosas declaraciones con Oviedo como objeto, en lo que algunos más susceptibles creyeron ver más bien una broma (¿ironía?) del cineasta, del tipo de la formulada por Danny de Vito, durante una visita a un Madrid sumido en el caos de las obras en el año 2001, acerca de la supuesta búsqueda del tesoro que parecía haberse organizado por todo el casco urbano.

El que no se lo tomó a broma fue el consistorio pues enseguida acordó erigirle una estatua en pleno centro, más en concreto en la calle Milicias Nacionales, perpendicular a nuestro particular Central Park: el Parque San Francisco. Dicha estatua, una obra en bronce a cargo del artista asturiano Vicente Santarua, se inauguró el 1 de mayo de 2003, y al pie de la misma se colocó una placa en la que figuraban cinceladas las elogiosas palabras del director pronunciadas el 29 de octubre de 2002.


"Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera... Oviedo es como un cuento de hadas".


Estatua dedicada a Woody Allen


Desde el preciso momento en el que fue colocada en su actual ubicación no ha dejado de atraer la expectación de cuantos visitan la ciudad, no siendo pocos los que se detienen a su vera para sacarse una foto mientras, quizás, alguno más atrevido le solicita una intermediación para obtener un papelito en alguno de sus próximos proyectos. El fervor llega hasta tal punto que los operarios dedicados a su mantenimiento se ven obligados a colocarle unas gafas nuevas cada cierto tiempo. No ya porque la escultura esté perdiendo dioptrías sino más bien porque algún admirador, confundiéndolo con Virgil Starkwell, acaba robándoselas en lo que sin lugar a dudas constituye un velado homenaje a su primera época como cineasta.



Posteriormente a la entrega del galardón, en el mes de mayo de 2005, el director de cine volvió a recalar en Oviedo con motivo de la celebración del XXV Aniversario de los Premios Príncipe de Asturias, y, por supuesto, volvió a revalidar su pasada opinión

"Oviedo es como salir de la vida real y meterse en una atmósfera muy protegida; las calles son bonitas... todo es muy bonito".

Y por supuesto se hizo algunas fotos junto a su sosias inanimado, elogiando la labor del escultor por haber sabido mostrar en el rostro de la escultura su ansiedad característica.

Incluso antes de comenzar el rodaje de esta su última película todavía seguía haciendo declaraciones al respecto (octubre 2006).

"El mundo debería ver una ciudad así, aunque no quiero sacarla demasiado bonita, que lo vean en todas partes y que se estropee llenándose de turistas".

Finalmente Woody Allen terminó recalando en la región en el verano del 2007, acontecimiento que fue seguido con gran interés por la prensa regional. Ante los objetivos de sus cámaras pasaron establecimientos emblemáticos de la capital tales como la pastelería Camilo de Blas, el entorno del Naranco (no confundir con el Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu, que ésta no es una película de Stallone), prerrománico incluido (S. Julián de los Prados en concreto; por cierto que el año anterior el cineasta Gonzalo Suárez había estado rodando en Oviedo su película "Oviedo Express"; en su caso escogió la iglesia prerrománica de San Julián de los Prados), el Hotel Reconquista (donde se hospedaba Allen), el restaurante oventese La Corrada del Obispo, Tiñana (un pueblo a unos doce kilómetros de Oviedo, donde se rodaron las escenas de la casa del padre de Bardem) y diversas localizaciones en Avilés (parque de la Ferrera con espectáculo flamenco (!) incluido).
Hasta aquí los datos puramente anecdóticos (y bonitos).

Ahora algunas reacciones:

  • El ayuntamiento de Oviedo está encantado con la publicidad. No por nada se ha decidido añadir una nueva placa en la calle Milicias Nacionales con las últimas declaraciones de Woody Allen pronunciadas durante la rueda de prensa, en el estreno de la película en el Festival de Cine de San Sebastián: "Oviedo es un paraíso, un refugio para cuando el mundo se pone peligroso" (19 de septiembre de 2008).
  • Avilés aparece en la película debido a la relación de Woody Allen con la recién fundada Fundación Niemeyer cuya sede se establecerá en la ría avilesina. Cuestión que no quita que, en lo que no deja de ser un procedimiento habitual durante el rodaje de las películas, se hayan catalanizado ciertos parajes de la ciudad. A este respecto basta con pensar en la vibrante persecución en "El Mañana Nunca Muere": aparentemente transcurre en el parking del hotel de Hamburgo en el que se hospeda Bond, pero en realidad se rodó en el Brent Cross Shopping Centre (Londres) y sólo la parte final, en la que el BMW 750 i L se precipita a la calle tras atravesar el pretil, corresponde a Hamburgo (la Mönckebergstrasse). A pesar de todo las reacciones no se han dejado esperar.


A la espera de ver yo mismo la película, y formarme mi propia opinión al respecto, les dejo con dos enlaces a sendas críticas:


NOTA ACLARATORIA [23 de septiembre de 2008]: debo rectificar la información acerca de la publicación del libro sobre Woody Allen, pues tal y como me aclara Sergio Arán ya se encuentra publicado en España (Editorial Lumen).

miércoles, 17 de septiembre de 2008

ESCOGÍ UN MAL MOMENTO PARA NO DEJAR DE VER LA TELEVISIÓN

Por diversas razones que ahora mismo no vienen al caso en el piso que comparto no disponemos de televisión. El hueco del mueble donde debería ubicarse ese electrodoméstico se encuentra en cambio ocupado por un elemento mucho más simple, la blanca pared, sin que por el momento ninguno de los inquilinos hayamos pensado en rellenarlo. Porque, ¿para qué íbamos a hacer tal cosa si disponemos de un proyector de vídeo que mediante un simple cable puede conectarse al ordenador portátil? La consecuencia inmediata de lo que podría parecer mera desidia es que así disponemos de una fantástica pantalla sobre la que proyectar nuestra cada vez más nutrida colección de DVDs (un ritmo de crecimiento que mucho me temo sea inversamente proporcional a los fondos disponibles para mantenerlo).

Sin embargo a la hora de la comida, un refrigerio rápido que debe solventarse mediante el menú del día (cuestiones del apretado horario laboral de un pluriempleado), de vez en cuando me dejo atraer por la cantinela procedente del televisor que preside el establecimiento. Fue así como me di de bruces con el spot en el que una compañía de telefonía móvil emplea una escena de "El Jovencito Frankenstein" ("Young Frankenstein", Mel Brooks, 1974), en la que el Dr. Frankenstein y su criatura interpretan el clásico "Puttin´ on the Ritz".
Ahí dieron comienzo los problemas.
Al punto vinieron a mi cabeza unas danzantes imágenes en blanco y negro, al tiempo que una característica musiquilla de violín resonaba en mis oídos. Ahí estaba, el recuerdo había regresado.



Esa melodía característica


Porque cómo podría haberme olvidado de aquellos momentos hilarantes que me procuraron Gene Wilder (el Dr. Frankenstein), Martin Boyle (caracterizado como aquel monstruo tierno y encantador, con permiso de Boris Karloff), Marty Feldman (el inigualable Igor, con su mirada saltarina), o Cloris Leachman y Teri Garr en sus papeles de pareja del monstruo y del doctor, respectivamente; y todos ellos bajo la batuta del prolífico Mel Brooks.
Tras una experiencia así uno hasta llega a perdonarle a este hombre el que no hubiera respetado la memoria de Lubitsch.

A la salida del local sentí que era un poco más pobre, no por el desembolso de dinero como pago del menú sino porque era consciente de algo mucho más importante: debería ahorrar para comprarme ese DVD como forma de poder gozar de la película en el humilde cine-salón.



"El Jovencito Frankenstein" ("Young Frankenstein", Mel Brooks, 1974)