Mientras mi "
alter ego" de ficción, el capitán
G. K. Dexter, se oxigenaba mediante la práctica del arte de la esgrima a sable a bordo de la cubierta de "
El Loro Azul", quien esto escribe, individuo más dado al sedentarismo e inclinado a la mera contemplación de los esfuerzos ajenos, disfrutó como "un auténtico, genuino y verdadero enano" (disculpen el exceso de adjetivación, sólo debida a la emoción que me embargó mientras permanecía arrellanado en el sillón) por medio del visionado de las gráciles evoluciones de un socarrón
Douglas Fairbanks encarnando al legendario
Zorro (en español en el original; cómo me gusta esta expresión, aunque no sepa muy bien la razón).
El capitán Don Juan Ramón y el Zorro dirimen educadamente cual dos caballeros unas pequeñas desavenencias
Pues sí, hace nada que acabo de zamparme (el término saborear estaría de más en este contexto, máxime en relación a esta película) "
La Marca del Zorro" ("
The Mark of Zorro",
Fred Niblo, 1920), una versión de la historia de este legendario justiciero rodada "
ad maiorem gloriam Dougie". Si el cine es escapismo y capacidad de convertir en real lo irreal aquí encontrarán no una buena prueba de ello sino muchas.
Ya bien entrado en la treintena Fairbanks nos deleita, entre risotadas mudas y fanfarronerías sin cuento, con un despliegue de acrobacias (rodadas por él mismo, sin precisar la presencia de especialistas) cuya resolución se nos antoja tan sumamente fácil que no pocos trataremos de emularle aprovechando, por tenerlo a mano, el mobiliario de nuestro salón (práctica del todo punto desaconsejable si los elementos son de diseño nórdico al por mayor), aunque sólo para percatarnos (posiblemente de forma asaz dolorosa) de que los años no perdonan a casi nadie (individuos con complejo de Dorian Gray incluidos) y que, además, las reservas de paciencia de las que se encuentran dotados los vecinos no son ni de lejos tan amplias como su flemático comportamiento en el ascensor hacía suponer.
Así que a la espera de encontrar tanto un buen "hierro" con el que practicar las paradas ordinales como un entorno más resistente y amigable les sugiero que se limiten a visionarla plácidamente, y, como mucho, a recordar la época en la que a su término cogerían cualquier antifaz de carnaval, un sombrero de paja y, blandiendo un palo a modo de estoque, se lanzarían a deshacer entuertos por esos mundos de fantasía que pueblan la infancia.
"La Marca del Zorro" ("The Mark of Zorro", Fred Niblo, 1920)