Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.
Esta mañana, sentado a mi mesa habitual, mientras trataba de despertarme gracias a la taza de café que por lo habitual me sirve Sacha, noté un regusto extraño en el brebaje. Al no ser consciente de la existencia de ningún enemigo que desee verme muerto, y al constatar que el sabor no era precisamente el propio a almendras amargas, empecé a valorar otras hipótesis. Quizás recientemente hubieran purgado los circuitos internos de la cafetera, y como consecuencia, al no haber puesto el debido cuidado durante el proceso, podrían quedar aún restos de sales. Sin embargo una rápida ojeada al rostro de Sacha me hizo percatarme de que la solución al enigma planteado resultaba ser mucho más simple.
Contrariedad y enfado, enojo, cabreo monumental, vamos. Esas y otras muchas emociones se mostraban en los ojos encendidos, en el rictus feroz de la boca e incluso en las arrugas que surcaban su frente, justo por encima de un ceño que de tan contraído había provocado que las cejas se unieran formando una única línea, plena de recriminaciones sólo calladas a medias.
Claro. ¿Cómo había podido comportarme con tan poca sensibilidad? El padecer un cierto grado, benigno por supuesto, del Síndrome de Asperger no disculpaba mi poca consideración. Hace muy poco había dedicado un artículo al señor Pond, pero no había hecho lo propio con Sacha. De ahí que su carácter le había empujado a responder de aquella forma tan, digámoslo así, florentina. Al menos no había acudido al empleo de ninguna clase de veneno: sólo un poco de cloruro sódico disuelto en el café.
Es desagradable, sumamente desagradable, mas al menos no resulta mortal.
Por eso ahora mismo enmendo mi error, de ahí que este artículo esté dedicado al jefe de máquinas (o más bien de máquina), que con sumo placer elabora los cafés que disfrutamos tanto los visitantes como yo mismo.
Hace ya unos días el señor Pond, Sacha y uno mismo regresamos de una corta estancia en Madrid. Al menos una vez al año nos gusta poner a secar nuestros huesos, ya un poco cansados de la humedad (ambiente) y de la sequedad (de intereses) reinantes acá arriba. Ni qué decir que el viaje resultó provechoso.
Como ya somos veteranos en lo que a compartir viajes se refiere no bien habíamos dejado nuestras valijas en el hotel ya cada uno se había dispersado por la urbe, de acuerdo con los planes que hubiera trazado de antemano.
Según me cuentan a Sacha le vieron varias veces desayunando en el Café Comercial, aunque este extremo, dado lo poco hablador que es, no podría confirmarlo.
En cuanto al señor Pond me consta que hizo una breve visita a "La Buena Vida", en Vergara, para después establecerse definitivamente en el "Café Via Margutta" en "Ocho y Medio", a la búsqueda de cierto libro sobre Preston Sturges.
A la vista de que aquí cada cual seguía sus propios derroteros me propuse recuperar mi abandonada costumbre de caminar, las más de las veces sin rumbo fijo, al tiempo que comprobaba la resistencia del calzado sometido a un esfuerzo por lo demás bastante desacostumbrado.
Como parte de mis periplos kilométricos de vez en vez me detenía a hacer alguna que otra fotografía (nada del otro mundo, no se vayan a pensar), tratando de atrapar aquello que me llamaba la atención; tomaba alguna que otra cañita (por aquello de no deshidratarme) y bebía abundante agua (para paliar los efectos no ya solo de la deshidratación sino de las cañitas).
Tras varios días de vagabundeo por separado los tres nos reunimos para el viaje de regreso, momento en el que el señor Pond y uno mismo nos dedicamos a intercambiar impresiones. Ya mencioné que Sacha, nuestro barista, no es muy hablador sino más bien un hombre de hechos. Y de hecho, valga la redundancia, desde nuestro regreso prepara unos granizados de café con leche aderezados con Bailey´s...
Entre las fotos que le mostré al señor Pond hubo dos que le llamaron poderosamente la atención.
Calle Conde Romanones Por suerte cuando me lo encontré aún no había abierto
Calle Núñez de Arce
Sábado, a las ocho de la mañana. Primero atrajo mi atención la maleta abandonada, hasta ese momento solo me había cruzado con botellas y vasos de plástico, y después la decoración de la persiana; sería ya de regreso cuando observaría con mayor detalle el nombre del establecimiento
Como les decía, durante nuestro regreso el señor Pond examinó con sumo cuidado estas dos fotografías (cinco horas de viaje dan para mucho, incluso para ponerse al día en el visionado de "blockbusters" por cortesía de la compañía de transportes).
Al arribar a destino me miró durante unos segundos, con esa mirada en la que sus ojos adoptan el aspecto de un estanque (ya les he hablado anteriormente de ella) y pronunció estas tres palabras: "tengo una idea".
Desde entonces nuestra persiana ya no es exactamente de color rojo...
Cuando el señor Pond me preguntó si sabía quién era Annette Warren solo el silencio le respondió. A la vista de mi gesto, que había pasado en cuestión de décimas de segundo de la más absoluta impasibilidad a la impavidez no menos aparente, no se precisaba poseer mucha perspicacia para percatarse de que aquella buena señora resultaba ser una completa desconocida para mí.
El silencio que nos rodeó a ambos, sentados a una mesa ante sendos cafés, fue roto por el súbito carraspeo de Sacha. El bueno del barista (aunque en otros momentos, cosas de la confianza, le calificaba también como "ese ruso loco") se encontraba a mi vera, una presencia que había permanecido inadvertida tanto para mí como para mi interlocutor.
-Permítanme un momento, si no es indiscreción.
Y para mutua sorpresa, tanto del señor Pond como del que suscribe, depositó una fotografía sobre la mesa.
Annette Warren junto a su marido, el pianista Paul Smith
Me considero un buen fisonomista, y me precio de poseer una buena memoria visual, pero ni con esas. Añádase a esto que tampoco conocía a Paul Smith, por lo que, mientras me sumía aún más en mi muy indisimulada circunspección, me limité a escuchar el tema "Fly me to the moon" interpretado por el Paul Smith Trio, melodía que el bueno de Sacha (y van dos veces que le aplico el calificativo) había tenido a bien poner en el equipo estereofónico. Soy un aficionado al jazz, y me encanta Sinatra, así que qué quieren que les diga: también me gustaba el ritmo de aquella versión.
Sin embargo aún aguardaba conocer el motivo de la pregunta inicial de el señor Pond, la que había desencadenado el presente torrente de acontecimientos. No tardaría en surgir la respuesta...
Cual si de un tahur del Mississippi se tratara mi amigo extrajo de la manga no una Derringer, para tranquilidad de mi espíritu y de mi integridad física, aunque la primera se tambaleó durante unos instantes, sino una fotografía.
Ava Gardner
A esa mujer sí que la conocía; ya había escrito que poseo buena memoria para las imágenes. Cómo no reconocer a Ava Gardner, y cómo no hacerlo en su caracterización de Julie LaVerne en "Magnolia" ("Show Boat", George Sidney, 1951). Ahora debo aclarar que mi calma aparente se había transformado levemente, merced a la aparición de una sonrisa en mi cara.
Al fin el misterio estaba a punto de resolverse, o no.
-Sí, la ha reconocido. Se trata de la gran Ava. Ella tiene bastante que ver con Annette, más de lo que usted se imagina.
Mi sonrisa se heló.
-Bien -prosiguió-, Annette Warren fue la encargada de doblar las canciones de Ava Gardner en la película "Magnolia". Ni puede figurarse cuáles fueron el enfado y la contrariedad de la actriz al enterarse de la noticia. Después de todos los esfuerzos, ensayos y nervios. He ahí la razón de mi primera pregunta.
Caviloso y sorprendido uno se limitaba a mirar ora a una fotografía ora a la otra.
Bocas. Literalmente bocas.
A continuación les incluyo la canción "Bill", procedente de esa película. Primero en la versión "doblada" por Annette Warren y después con la voz de Ava. Juzguen ustedes mismos cuál les gusta más, si la voz de soprano de Annette o la "de tenor con whisky" de la Gardner (y que conste que esa descripción entrecomillada se la debemos a la propia actriz).
"- ¿El nombre de Usher no significa nada para usted? - Nada. - Bueno, ¿y este nombre: Edgar Allan Poe? El señor Bigelow meneó la cabeza. - Por supuesto - gruñó delicadamente el señor Stendahl, con desaliento y desprecio a la vez -. ¿Cómo pude pensar que conoce al bendito señor Poe? Murió hace mucho tiempo, antes que Lincoln. Quemaron todos sus libros en la Gran Hoguera. Hace ya treinta años... - Ali - dijo juiciosamente el señor Bigelow -. ¡Uno de aquellos! - Sí, Bigelow, uno de aquellos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos. - Ya. - Tenían miedo de la palabra «política», que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el «entretenimiento» era extremista, se lo aseguro! - ¿De veras? - Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca... Oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que «fueron eternamente felices», pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el «había una vez» se convirtió en «no hay más». Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopio y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando «más curioso y más curioso» y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra. El señor Stendahl apretó los puños, jadeante, el rostro enrojecido. ¡Oh Dios, no había pasado tanto tiempo!".
Fragmento de "Usher II", "Crónicas Marcianas" de Ray Bradbury.
Al menos me queda el inmensísimo gustazo de deleitarme escuchando el maravilloso tema que encabezaba mi ... fenecida ... lista aquí mismo...
La contribución del señor Pond
La de Sacha, la de Sacha mejor me la ahorro...; debido al ruido procedente de la cafetera sus gruñidos y farfulleos me resultaron ininteligibles, coloristas mas por completo ininteligibles.
Y mañana, mañana hablaremos de los sábados musicales...
Esta mañana el señor Pond se levantó con una ligera tendencia a la dipsomanía, enfundada en un terno gris marengo, camisa blanca, corbata negra con minúsculos lunares blancos y pañuelo a juego en el bolsillo superior de la chaqueta.
Como consecuencia no solicitó al bueno de Sacha su consabida taza de desayuno de café con leche (corto de leche, largo de café, un solo sobre de azúcar) acompañada por un cruasán partido a la mitad, untado con crema de queso a las finas hierbas, y vaso old fashioned de zumo de naranja recién exprimido. No, esta mañana solo pronunció dos palabras: "dry martini, gracias". Justo después de dar los buenos días, como persona educada que es.
De inmediato, Sacha, mientras desplegaba copa, vaso mezclador, botellas de Martini Extra Dry y ginebra Seagram´s cambió el CD en el equipo reproductor.
"Creole love call", Duke Ellington Orchestra
Entre tanto en la calle el servicio municipal de limpieza baldeaba la calle con el motocarro-bomba..., mientras que en el interior del local empezaba a formarse una invisible nube acre...
Cuando el cóctel estuvo preparado, el señor Pond se lo bebió de dos sorbos, no sin antes emitir un juramento: "¡Al carajo la Volstead Act!".
Una vez cumplido con su ritual, rito o cómo quiera que lo denominemos, califiquemos o etiquetemos dirigió hacia mí su mirada, quien sorprendido por su actitud solo había acertado a remover una vez tras otra mi café cortado de la mañana.
Aunque sus ojos me decían "tenía sed" no fueron estas las palabras que pronunció, sino otras muy diferentes: "voy a contarle un relatito". Un relatito que transcurre en un bar, el Gino´s, y cuyo narrador, originalmente, es un gato que pasa su existencia entre los taburetes y las mesas, o al pie de la barra, según sus apetencias de cada momento...
Se comprenderá que dejara de remover (que no agitar) mi café, amén de que finalmente me lo acabé tomando frío, muy frío.
"Nunca debí cambiar el whisky por los martinis”.
Supuestamente se las tiene por las últimas palabras que pronunció aún en vida Humphrey Bogart (Bogie).
"Uno abre un bar y, a resultas de una acción tan banal como esa, ¿cuál es el efecto inmediato que se obtiene? No puede ser menos simple: en el local aparecen clientes. Sé que la presente no deja de ser una evidente perogrullada, que no se precisan unos amplios conocimientos sobre economía para razonarla. A ver cómo se las iban a ingeniar Norberto [dueño del Gino´s, bar donde transcurre la historia] y sus colegas de gremio para llegar a fin de mes si no fuera gracias a esta decisión adoptada por un buen número de gente, sin que quepa hablar en ningún momento de motivos altruistas, por ninguna de ambas partes.
A menos, se entiende, que entre tanto alguna mente lúcida discurra otro método más efectivo para obtener alimento a partir del aire. Como por ahora no parece que las grandes corporaciones se hallen muy interesadas en dedicar sus fondos a financiar una línea de investigación como la descrita quien abre las puertas de su establecimiento debe no sólo conformarse con los que entran sino ir aún más allá, debiendo incluso elevar su agradecimiento más sincero al que sea su dios personal por el hecho de que la gente siga haciéndolo, ya se asume por descontado que a su presencia la acompañen con el consabido consumo.
Gracias les sean dadas a ese dios desconocido porque sean personajes como "Dragó" [el apodo de uno de los clientes] los que menos brillen merced a su abundancia; como gato que soy comprenderéis que emplee esta referencia clásica para autoexcluirme de esas vuestras disquisiciones teológicas. Porque se debe reconocer que son los casos relevantes como el suyo los que se empeñan en derribar con porfía el aserto económico cuyo enunciado señala que el ingreso marginal ha de igualar al coste marginal; lo demás ya no es negocio sino genuina ruina. En su caso cabe calificar al primero como nulo y en cuanto al segundo, con respecto al segundo, y por tratarse de una apreciación subjetiva de aquél que sufre su sibilino ataque, ya resulta algo más dificultosa su cuantificación exacta. A pesar de que presente algunas variaciones según los días y su estado de humor podría señalarse sin titubeos, acogiéndonos al empleo de una expresión matemática, que sin duda tiende a infinito.
Sin embargo no toda la gente que accede al local da muestras de un comportamiento ni tan siquiera lindante al que despliegan los de su especie. Hay que mencionar que, si bien muy raramente, es justo afirmarlo, se deja caer junto a la barra alguien que merced a su mera aparición compensa con creces un larguísimo año trufado con las parrafadas a cargo del ingenio, se sobrentiende que uso este término con abundante ironía, que dispersan tanto los "Dragó" como quienes conforman su camarilla de prosélitos.
Precisamente constituye el ejemplo de una de esas raras excepciones aquél individuo que un buen día apareció por la acera arrastrando una maleta rígida de mediano tamaño, cuyo desplazamiento era facilitado gracias al par de ruedas de las que disponía. Al pasar por delante del Gino´s, fuera por la sed o bien por regalarse un descanso después de tanto esfuerzo, tomó la decisión de internarse en su interior para refrescarse la garganta, bastante reseca a causa de su batallar arrastrando el equipaje.
Si durante su vida les ha tocado viajar y por ende recorrer los interminables pasillos con los que los arquitectos se empeñan en llenar aeropuertos y estaciones de autobús y ferrocarril reconocerán al punto la modalidad de equipaje a la que me refiero. Una patente muestra de la democratización adquirida por el rumbeo, tan lejana, ¡ay!, a la mucho más selecta de antaño. Qué quieren, el que ha percibido aunque sólo sea durante una única ocasión en su vida el aroma añoso que se desprende del equipaje manufacturado por los artesanos de Louis Vuitton no logrará olvidarlo fácilmente durante el resto de sus días.
Tratábase de un hombre que ya había traspasado las lindes de la última edad, a la vista de su aspecto frisaría la setentena, pero que a pesar de su imagen avejentada todavía se manejaba con soltura y lozanía, hasta tal punto que a cada paso demostraba el no carecer de las fuerzas intrínsecas a alguien más joven. Esto lo deduje al observar el remolque de la pesada maleta puesto que en todo momento desplegó unos andares ágiles y cadenciosos.
De estatura por encima de la media, sin que a raíz de esta apreciación hayan de inferir que fuera muy alto, se enfundaba en un elegante terno color gris marengo confeccionado con lana fría. Ya no resulta muy habitual contemplar a un hombre vistiendo al tiempo chaqueta, pantalón y chaleco a juego: la tríada distintiva del caballero. Por el Gino´s sólo Federico Briones mantenía la ocurrencia de conducirse con esa indumentaria y aquel individuo la portaba con una elegancia y una distinción que en nada desmerecían a las maneras propias del argentino. No se escaparía a un ojo atento su búsqueda de una apariencia juvenil, una imagen que le procuraba el tono levemente rosáceo de la camisa, a juego con el rojo burdeos de la corbata, cuya superficie la pespunteaban unos dibujitos en tono gris perla para nada alambicados. Otro distintivo de su cuidado eran los dos centímetros que asomaban los puños de la camisa por debajo de la manga de la chaqueta, lo justo como para mostrar unos gemelos decorados con un esmalte grana. Tampoco el calzado desentonaba con los otros componentes de su vestimenta pues al andar las luces arrancaban brillos bajo los dobladillos a unos lustrados zapatos picados con cordones, manufacturados en un cuero de un delicioso marrón claro que para nada desmerecerían a los que enfundaban en su época a los pies del duque de Windsor.
Quiso la casualidad, madre de las mayores ocurrencias del destino, que su aproximarse a la barra se hallara remarcado por los sones a cargo de Lee Morgan. El trompetista de hard bop estaba interpretando con su reconocida maestría su clásico tema "The Gigolo". ¿Vestiría aquel extraño de Armani? No me atrevería a negarlo.
-Buenos días. Espléndido álbum éste -le dijo el desconocido a Norberto cuando el barman se aproximó para preguntarle lo que deseaba beber-, y se reconoce que Shorter le arropa inconmensurable con su saxo, ¿acaso no está usted de acuerdo?
Como norma de la casa Norberto mantenía por costumbre el no hacer distingos entre sus clientes. Para él en los casos de Federico Briones, el psiquiatra, y Genaro, el panadero, por referirse a dos ejemplos cualesquiera entresacados del grupo de habituales, ante todo primaba la condición común de tratarse de clientes, además de gozar ambos de la condición de compartir su amistad, sin que cupiera diferenciarlos a la hora del trato porque el psiquiatra siempre luciera traje y corbata y el panadero acostumbrara en cambio a acercarse por allí vistiendo su ropa de trabajo, moteada por alguna que otra mancha de harina. Ahora bien, cuando una persona como la descrita aparecía por el bar y para romper el hielo identificaba en voz alta exactamente un tema de jazz Norberto flexibilizaba un tanto esa norma.
-Buenos días. Sí, un buen tema -contestó un tanto lacónico-. ¿Qué desea tomar el señor?
Si el recién llegado apreció un tizne de sequedad en las palabras de Norberto se guardó muy mucho de manifestar su impresión al respecto, se limitó a solicitar con un habla pausada y suave la consumición que deseaba.
-Agua con gas. Con una rodajita de limón, si me hace el favor.
Mientras el barman se dirigía hacia uno de los refrigeradores en busca de la bebida solicitada se permitió echar un largo vistazo en torno suyo. No dejó de reparar en el cuadro de gran formato que representaba a don Damián en la cumbre de su carrera teatral, portando los ropajes propios del rey Ricardo III, ni tampoco en las miradas que los habituales le dirigían: el averiguar la procedencia y ocupación de tan distinguido caballero disculparía que se estuvieran devanando los sesos.
Al oír expresiones del tipo “los cubro” y “siete a uno” el desconocido permitió que se arqueara su ceja derecha con levedad, mas de inmediato se encaró de nuevo con la barra para observar la diligencia con la que Norberto escanciaba con un cascabeleo el contenido de la botella de agua en una copa ancha, para concluir la maniobra dejando caer a modo de flotador una rodajita de limón verde que previamente por medio de unas pinzas había recogido con sumo cuidado. Al igual que había ocurrido cuando percibió las lacónicas frases carentes de mucho sentido se disparó otra vez el arqueo de su ceja derecha, mas como entonces tampoco esta vez efectuó comentario alguno.
Ya atendido el cliente Norberto se alejó para continuar secando los vasos que había extraído del lavavajillas, labor en la que se encontraba enredado cuando había hecho su entrada. Sin embargo como conocedor de cuanto se cocía por su bar él sí que se quedó mirando de hito en hito al grupito que no apartaba la atención del cliente, estado que sólo alteraban para centrarse en el intercambio de cuchicheos que en resumen no dejaban de ser similares a los antes oídos.
Los del Club de Ludópatas Judas Iscariote no desechaban ninguna oportunidad, por nimia que pareciera a ojos de los profanos, para dar rienda suelta al que no dejaba de ser su vicio privado: la formulación de apuestas.
Ustedes conocen a Norberto y saben que de por sí no suele ser tan digámoslo así cortante, y que ni muchísimo menos adopta una actitud semejante con los que constituyen perfectos desconocidos. Mas también habrán de reconocer que ni de lejos soportaba a los que se las daban de grandes entendidos. Quizás no cupiera calificar como un fatuo al individuo que le había solicitado el botellín de agua mas durante su contacto inicial se había propuesto no otorgarle de primeras unas excesivas confianzas. Su instinto profesional le susurraba que no se hallaba ante un cliente corriente y por tanto deseaba antes aguardar un poco hasta ver los derroteros que tomaban los acontecimientos.
A todas éstas el objeto de tanta atención, dado su ensimismamiento se le podía suponer ajeno por completo a la expectación causada, se limitaba a solazarse con su agua carbonatada al aroma de limón y a hojear un ejemplar de “El País” que se había encontrado sobre la barra.
Al mencionar la presencia del periódico me doy cuenta que no les he explicado una singularidad más del Gino´s. Cada día de la media docena que componían la semana comercial el repartidor de la prensa dejaba a primera hora de la mañana un fardo que contenía sendos ejemplares de dos periódicos: uno, el más manoseado con luenga diferencia y que versaba sobre temas deportivos, otro ya más centrado en el ámbito regional, muy leído por los asistentes aunque no tanto como su compañero, e indefectiblemente añadía a los anteriores ya no uno si no dos de “El País”.
¿Por qué precisamente dos de este último? La pregunta lejos de ser retórica surge de inmediato a causa de lo inusitado del hecho y es por ello por lo que creo preciso incluir aquí mismo una aclaración. Ese comportamiento había venido obligado por las circunstancias concurrentes. Porque daba la casualidad que en cuanto Águeda entraba en el establecimiento monopolizaba por entero ese diario. La mujer podía pasarse horas y horas leyéndolo, y casi se diría que hasta estudiándolo, pues tal era el detenimiento con el que se aplicaba a su lectura que a nadie le extrañaría si se hubiera justificado, si es que hubiera considerado conveniente dar una justificación, explicándoles que se encontraba preparando unas oposiciones a funcionaria autonómica. Mas en aquel momento al no encontrarse la mujer sentada a su mesa, bebiendo su acostumbrada copita de licor de avellanas, el compañero permanecía disponible y reposaba a la espera de algún lector que lo sacara de su momentáneo letargo, doblado con cuidado en el expositor.
Aclarado este punto prosigo.
Una vez concluido el álbum que tan acertadamente había identificado el desconocido Norberto, que aquella mañana parecía sentirse nostálgico de carácter, puso en el reproductor otro disco del mismo palo y una vez realizado este proceso retomó a la labor de secar los vasos.
No bien empezaron a sonar las notas de un piano desgranando “In a sentimental mood” cuando el cliente levantó la cabeza, una vez más la ceja derecha arqueada, y sin bajarla siquiera clavó sus ojos en el barman.
-Disculpe -le dijo-. No es mi intención interrumpirle en el cometido que realiza -una pausa-, pero, ¿no es por un casual Petrucciani el que toca ese piano?
Otra pausa, la ceja ya vuelta a su sitio, los ojos a medio cerrar para tratar de rebuscar un dato en el fondo de la mente.
-¿Montreux?
Una nueva pausa.
-... y el año, el año...
-Mil novecientos ochenta y seis, en el vigésimo Festival Internacional de Jazz de Montreux -replicó Norberto de carrerilla.
Al final se había decidido a darle la punta del pie a modo de mínima concesión.
-Cierto, cierto -contestó el otro, sonriendo-. Esta cabeza mía empieza a olvidarse de este tipo de datos. Cómo no, Petrucciani, Jim Hall y..., ¿cómo se llamaba el tercero que los acompañaba sobre el escenario? ¡Ah!, podrá creerse que lo tengo en la mismísima punta de la lengua...
-Ya lo había reconocido usted en la otra canción: Wayne Shorter.
-Por supuesto, por supuesto. ¡Qué apuro! Menos mal que su memoria supera con mucho a la mía. ¡Ah!, esto de la edad...
-Bueno -le respondió Norberto con amabilidad, ahora en su cara lucía una sonrisa franca-. No me ha resultado muy difícil. Lo ponía en la portada del cedé.
Pero la mirada brillante del trajeado cliente mostraba a las claras que ni por un solo instante se había creído la declaración de modestia formulada por el barman. Éste a su vez no dejó de percatarse de lo ineficaz que había sido su educado intento. Los dos hombres comprendían a las claras que compartían el título que tanto utilizáis vosotros los humanos: ambos eran un par de perros viejos.
A partir de ese momento el hielo entre los dos se rompió por completo.
-Mi nombre es Dionisio Verdejo.
El cliente se presentó sin más preámbulos al tiempo que le tendía la mano como ofrecimiento de su saludo.
-Norberto -repuso y le devolvió el saludo estrechándosela a su vez.
-Permítame que le formule una pregunta, si no es que considera que sea mucha indiscreción por mi parte.
Arqueó la ceja derecha antes de proseguir con la misma dicción, lentamente
-Aun cuando acostumbra a decirse que sólo cabe calificar como indiscretas a las respuestas que se dan, no a las preguntas que se hacen.
Norberto no contestó con palabras, se limitó al lenguaje no verbal, a hacerle un gesto con la mano animándole a proseguri. Ahora mismo su instinto le susurraba que aquel Dionisio era alguien digno de confianza. A buen seguro que no habría por qué temer nada de su pregunta.
-Le observé cuando me sirvió la consumición. Usted muestra maneras que..., ¿cómo expresarlo sin que pueda resultarle descortés...?, unas maneras más propias de un establecimiento de una categoría un tanto diferente a la propia de éste.
Según concluyó con su inquisición la ceja volvió a arquearse, parecía comportarse como si gozara de vida propia. Claramente utilizaba ese tic como una forma de resaltar sus pensamientos dejando en sus manos que transmitiese lo que su lengua no verbalizaba.
-No me ofende en absoluto. Si es que percibió tal cosa en mí se debe a que dispuse de un buen maestro.
Se detuvo al punto, no sin sentir cierto grado de emoción a causa del recuerdo de la figura imponente del difunto don Celso, quien armado con un amplio surtido de paciencia y merced a la disposición de varios años de enseñanzas continuas había ido perfilando la forma en la que su ayudante se desenvolvía tras la barra.
-Le comprendo, yo también disfruté de la dicha de conocer a un gran maestro. Él acostumbraba a decir que lo fundamental para ser un barman es la posesión de un talante franco y simpático, acompañado por la cualidad de poder mantener con los clientes una conversación acerca de cualquier tema que versara sobre la actualidad. Aún añadía para que su opinión no diera lugar a equívocos que según su opinión resultaba más secundario lo de saber un número amplio de combinaciones de bebidas.
-¿Usted es barman? -balbuceó Norberto, a quien sin duda las palabras de Dionisio le habían causado una honda impresión.
-Pues verá usted, con mi apellido familiar y el añadido del nombre que mis padres me otorgaron al pie de la pila bautismal ya no me restaban muchas razones para no serlo, ¿no le parece?
Ciertamente en aquel momento un ateo confeso como Norberto dio gracias en su interior a alguna identidad inaprensible y superior por la suerte con la que había sido distinguido al poseer un instinto como el suyo.
-¿Y quién fue su maestro? Si me permite la pregunta...
-Yo soy donostiarra, aunque a partir de mi apellido no se lo haya imaginado, pero durante la mayor parte de mi vida he residido en Madrid.
Con esa frase se notaba que además de barman gustaba al tiempo por las buenas historias y que tampoco desdeñaba las oportunidades que se le ofrecían para mantener un aire de suspense.
-Precisamente allá en la capital me pasé unos cuantos años trabajando bajo las órdenes de don Pedro en su establecimiento. Sin duda usted habrá oído hablar del Chicote.
-¡Perico Chicote!
Sin darse siquiera cuenta el barman del Gino´s había elevado un tanto el tono de su voz, habrá que disculparle la ligereza al suponerle presa de una lógica excitación por causa de la admiración. Como consecuencia se produjeron unos ligeros movimientos en el alejado conciliábulo de curiosos; se percibía cómo algunos billetes arrugados empezaban a cambiar de manos con gran celeridad entre gestos de fastidio mostrados por los que se desprendían de ellos y por contra de otros mucho más festivos por parte de los receptores del papel moneda.
-Sí, aunque para nosotros, los que trabajábamos bajos sus órdenes como sus empleados, siempre fue don Pedro, y con ese tratamiento nos dirigíamos hacia él; unos muy buenos años aquellos, créame, muy buenos.
No parecía haber percibido la sutil agitación pecuniaria que el comentario en voz alta de su compañero de conversación había traído consigo. Su ceja, en contraste con las anteriores ocasiones, se mantenía relajada. Tal vez estuviera reconcentrado en sus recuerdos o más bien me atrevo a presumir que le importaba un ardite cualquier otro suceso ajeno a la conversación que mantenía.
-¿Y ha trabajado en más sitios? -preguntó Norberto, ávido por saber más detalles acerca de su vida laboral.
-En unos cuantos. Durante algún tiempo también estuve atendiendo la barra del Balmoral, luego en el bar Las Bridas del Casino de Madrid, donde por extraño que le parezca no me aficioné al juego, más tarde en el Gimlet de Barcelona y finalmente también ejercí durante una breve temporadita mi profesión en el Chesterton de San Sebastián. Pero de todo cuanto le refiero ya ha transcurrido mucho tiempo. A partir de mi aspecto habrá juzgado que me encuentro jubilado desde hace ya varios años.
-Se diría que era usted un barman peripatético, siempre de local en local.
-No sabe usted en qué manera, no lo sabe usted bien, créame.
Un pequeño silencio.
-¿Sabe?, no sé si a usted, Norberto, le pasará otro tanto, pero a menudo yo siento que los tiempos han cambiado en gran medida. Cierto que cada época posee sus propias costumbres pero en aquel entonces todo era muy diferente...
-Eso más que a un tema jazzístico me recuerda a los sones de La Vieja Trova.
-¿Se da usted cuenta? No deja de constituir una prueba palpable de que me estoy haciendo viejo.
-¡Oh, vamos! Los tiempos cambian para todos, pero alguien con su experiencia, una persona que goza de su sabiduría, y junto con las amistades que imagino que a buen seguro habrá ido formando durante los años no le supondrá mucho trabajo amoldarse a los vaivenes del cambio.
-Cierto, muy cierto. Pero tampoco puedo permitirme el caer en la estupidez de afirmar que me siento igual que antaño, ni desde luego impedir el sentir una cierta añoranza por esa época pasada.
Quien aún ejercía como barman miró con atención a quien a todos los efectos ya había pasado a la reserva. En alguna medida le recordaba al don Celso de la última época, después de haber realizado la entrega formal de las llaves del Gino´s. Con sumo tacto decidió desviar la conversación hacia otros derroteros menos tristes.
-Sin embargo todavía me estoy preguntando cómo es que sabe usted tanto acerca del jazz. A juzgar por su detallismo diría que es un melómano.
Sólo un movimiento de la ceja derecha, apenas esbozado, y quedó patente a pesar de esa levedad que Dionisio Verdejo apreciaba el sutil giro impreso al contenido de la charla, y también, por qué no, que se sentía reconocido a Norberto por ajustarse perfectamente al aserto de Pedro Chicote.
-Desde muy joven fui un gran aficionado a ese tipo de música, y aún se acrecentó más si cabe mi afición durante el ejercicio de mis labores como barman en el Chesterton.
-Buen lugar San Sebastián, me han hablado mucho de esa ciudad, aunque nunca he estado allí.
-Lo era, lo era. No resultaba raro que durante las veladas se dejaran caer por el local los habituales grupos formados por escritores, músicos e incluso actores, muy en especial mientras se celebraban los festivales de jazz y de cine. Como usted ha dicho por aquel entonces tuve ocasión de codearme con mucha gente, y al tiempo sí que me enorgullezco de gozar de la amistad de muchos de ellos, o al menos de los que todavía sobreviven.
Los dos se quedaron callados, el uno recordando cómo era el Madrid de los sesenta y setenta, o aspirando quizás el aroma a sal que el viento arrastraba morosamente desde la playa de la Concha hasta las cercanías del arbolado Bulevar, y el otro también abstraído, sumido en la emoción que le provocaba el disponer de la oportunidad para hablar con alguien que había trabajado en bares tan legendarios como los detallados, amén de a las órdenes de uno de los barman más legendarios junto con Miguel Boadas y su Boadas Cocktail Bar en la ciudad condal.
Yo personalmente nunca he puesto las patas en Chicote, y por razones de edad tampoco conocí al famoso Perico, quien ya llevaba años deleitando con sus combinaciones a los ocupantes del otro mundo cuando yo nací. Mas sí que me fue dado escuchar la forma en que hablaban de él los amigos de mi dama que habían visitado su local y gozado de su trato, siempre empleando para ello un tono no exento de la nostalgia que provocan la ausencia de cuantos ya nos han dejado.
De él se referían anécdotas que no parecían siquiera ciertas, y que sólo se sustentaban por la probada solvencia moral de los que las narraban. A modo de ejemplo durante el transcurso de la Guerra de África, siendo Chicote nada más que un soldado de ingenieros, se ocupaba de atender las demandas de los oficiales en su bar de campaña. Cuán relajante debería ser allí en pleno desierto hacer un alto en los combates para encorajinarse con un cóctel preparado por una mano diestra, y después de casi transcurrido medio siglo cuán diferente a él resultaría en el interior más olvidado del Sahara español el galpón atendido por Norberto durante su servicio militar y la clientela que lo frecuentaba.
Dionisio pareció emerger a la superficie de sus especulaciones y lo hizo para echar una ojeada a su Girard-Perregaux.
-Se me está avalanzando encima el tiempo, como de costumbre -dijo, y tras apartar la atención del reloj que probaba el inexorable paso de los minutos la dirigió hacia Norberto-. ¿Me podría conceder un favor? No le pesará, se lo aseguro.
-Si está en mi mano...
-Ea, bébase una copa conmigo.
Esta vez fue el barman quien elevó sus cejas, las dos al unísono, ante una oferta tan tentadora, más que nada porque su formulación le había descolocado un tanto al hacérsela ante la botella de agua mineral que le había solicitado al llegar. No es que Norberto reprobara el consumo de agua, él se limitaba a servir lo que le pedían, pero entre colegas de profesión hablar de una copa significa algo muy diferente, de ahí su turbación. El señor Verdejo no dejó de percibirla por lo que se apresuró a agregar:
-Pero, por favor, permítame que ésta la prepare yo.
Antes de que Norberto tuviera siquiera tiempo para emitir réplica alguna Dionisio se volvió con agilidad y tras descorrer la cremallera de la maleta que había arrastrado consigo se puso a extraer algunos objetos del interior.
Una vez afirmé que Norberto se ufanaba de haberlo visto todo, o prácticamente casi todo, pero desde luego nada de cuanto hubiera contemplado le había preparado para el muestrario que el otro acabó desplegando ante sí sobre la barra. Allí, sin que nada hiciera sospechar de su recóndita presencia dentro de aquella voluminosa maleta formaban en rígido estado de revista un vaso mezclador, un colador, sendas copas de cóctel, una botella de ginebra Giró, mediada, y otra del vermut marsellés Noilly Prat, la cual, seré sincero, tampoco es que le fuera a la zaga a su compañera en cuanto a contenido se refiere.
-Estooo, ¿tendría usted por un casual otra copa más escondida por ahí?
El que así había roto el encanto de aquella maniobra no era otro que Pepe “el curda”. No se sabe muy bien cómo pero de alguna forma se las había ingeniado para percibir desde la distancia la presencia de aquellas bebidas.
La fama que se le adjudicaba de poseer dotes de adivino se contrastaba una vez más con lo que no dejaba de constituir una extraña modalidad de inteligencia instintiva, muy similar a la que capacita a un perro para descubrir el camino de vuelta a su hogar aun cuando se interpongan unos cientos de kilómetros de distancia. El hecho es que acababa de entrar en el Gino´s cuando ante la visión de unas botellas y el resto de utensilios colocados con desvelo por Dionisio se sintió transportado a otro mundo cual si no fuera más que un bíblico Moisés colocado ante la presencia de Jehová quien habría tenido a bien manifestarse ante sus criaturas bajo la forma de una zarza ardiente.
Antes de que al señor Verdejo le fuera posible efectuar comentarios sobre la interrupción, y la ceja a punto de dispararse mostraba que no era muy otra su intención, ya Norberto se estaba ocupando de presentar en debida manera al recién llegado.
-Se trata de mi amigo Pepe -si omitió el apodo bajo el que mejor se le conocía fue por deferencia, para evitar ideas preconcebidas, y aún se permitió aclarar-. Un aficionado a la coctelería.
Con estas palabras consideraba que no faltaba para nada a la verdad, aunque ya el resaltar de la nariz de Pepe, surcada por una intrincada red de venillas rojizas que conformaban un caudaloso delta, le había bastado al barman jubilado para formarse cabal idea acerca de la intensidad exacta del grado de la afición que mostraba el convidado inesperado hacia tal arte.
-Cómo no, no encuentro problema alguno para ello, lo cierto es que siempre porto tres copas de cóctel conmigo... en previsión de eventualidades como la presente.
Una vez estrechada la mano de Pepe, denotó con ello una vez más lo educados que eran sus modales, procedió sin más a extraer una tercera copa tras rebuscar en aquella maleta que se revelaba poco menos que como mágica.
-Aunque convendrán conmigo que hubiera sido muy preferible que quien se nos uniera fuera una mujer hermosa -dijo no sin un deje de ironía-. Como dejó escrito quien fuera barman en el Hotel Palace, mi amigo Pedro Talavera, en su libro “Cock-Tails”, y cito de memoria sus palabras por lo que espero sean indulgentes si cometo algún error al referírselas: “un consejo: el que quiera beber bien ha de venir al bar con una mujer hermosa. O con dos. No es que el que venga solo beba mal; pero el que viene acompañado bebe mejor, porque el barman, cuando ve mujeres guapas, yo no sé por qué, agita más fuerte y más rápidamente la coctelera”.
Los tres rieron de buena gana la ocurrencia.
-Me temo que no porto conmigo ni aceitunas ni hielo pero confío en que de ambos adminículos usted, Norberto, se encontrará bien surtido.
Ni que decir tiene que en un abrir de ojos ya contaba a su disposición con ambos elementos por lo que sin mayores retrasos se puso manos a la obra. Al tiempo que maniobraba elaborando con suma destreza el mítico combinado Dionisio no cejaba de hacer comentarios.
-Lo voy a preparar al gusto de don Luis Buñuel, si no muestran inconveniente.
Ni el uno ni el otro se opusieron a la elección de la receta.
-Él siempre lo bebía utilizando para su elaboración ginebra Giró, y por supuesto que no faltara el Noilly Prat. Le gustaba lo muy francés y no habrá necesidad de que les explique que además éste vermut liga muy bien puesto que es extremadamente seco.
Echó un vistazo al cuenco con hielo y sonrió.
-En el Chicote nos ocupábamos de que se encontrara bien frío, justo a cero grados centígrados, para que de esa forma no se derritiera al entrar en contacto con el vaso mezclador. Me temo que el inesperado derretido del hielo ha aguado más de un cóctel y de una reputación. Sin ir más lejos el propio don Luis, quien era un asiduo visitante del local, aunque lo hiciera más bien en la hora previa al almuerzo, en cierta ocasión se marchó de él sin saludar siquiera. Mucho nos temimos entonces que algo en la elaboración no había estado a la altura de su estricto gusto.
Remojó levemente los hielos con el vermut en el vaso mezclador y escurrió por completo el líquido. Sólo guardarían el aroma a Noilly Prat, aunque a Pepe a juzgar por su cara de desagrado no le parecía muy canónico semejante desperdicio se abstuvo de emitir protesta alguna en tal sentido. Después Dionisio vertió un chorro de la ginebra catalana.
-En cuanto a las proporciones esto es algo que depende del gusto personal del cliente. Don Luis aceptaba que se utilizara el vermut únicamente para aromatizar el hielo.
»Otro gran aficionado a este cóctel, Winston Churchill, iba un paso más lejos y sólo permitía que el vermut, muy seco por supuesto, entrara en contacto con la ginebra de una forma un tanto peculiar: por medio de los rayos de sol que incidían sobre el vaso mezclador una vez que hubieran atravesado la botella de vermut.
»En cambio Hemingway hizo que el protagonista de uno de sus relatos bebiera en el Harry´s Bar veneciano un dry martini preparado acorde con lo que él daba en denominar “el estilo Monty”: una parte de vermut y quince de ginebra. Ese apelativo, según explicaba este escritor, provenía del propio mariscal inglés Montgomery, “Monty”, de quien se contaba que jamás entraba en combate a no ser que sus fuerzas estuvieran en relación de quince a uno con las de su enemigo, y mire usted él derrotó en El Alamein al invencible Afrika Korps, con el general Rommel a su frente.
»Nadie se atreverá a considerar a Ernest como un mero aficionado pues por todos es sabida la anécdota lindante con la leyenda acerca de la forma en que liberó el bar del Hotel Ritz de París, subfusil Sten en mano. Lo que sí resulta más creíble es el hecho de que para celebrarlo ordenara que se prepararan setenta y tres dry martinis, de los cuales dieron buena cuenta tanto él como los partisanos que le acompañaban. Aunque dudo de que el reparto de los combinados fuera en exceso equitativo dada su probada fama de gran bebedor.
Qué estremecimiento recorrió mi lomo al oír de nuevo aquel nombre: mi dama de compañía, el barman Pierre, el conserje Jean Paul, las veladas en el Bar Hemingway y aquel olor del Habana Club reserva...
Dionisio no había dejado de trabajar mientras hablaba, al tiempo inmerso en la liturgia de la elaboración del cóctel. A las claras se percibía su gran experiencia y profesionalidad, máxime por los toques que dio por medio de la cucharilla para agitar, nada de remover, la mezcla.
-Agitado, no removido -no pudo evitar comentar Pepe por lo bajo.
-Exactamente caballero, “shaked, not stirred”. Ian Fleming sabía muy bien cómo preparar un buen dry martini. Lo que ya resulta mucho más dificultoso es saber el número exacto de toques: tres, cuatro, cinco,..., es cosa de pura intuición.
Cuando se sintió satisfecho del resultado obtenido fue vertiendo el contenido en las copas con sumo cuidado, el colador colocado en la boca del vaso mezclador detenía el deseo del hielo de acompañar en su caída al maravilloso néctar. Resultaba imponente el asistir a la exquisitez con la que procedía, con la prestancia que le daba su traje, la mano izquierda a la espalda y la ligereza con la que inclinaba el vaso mezclador para verter la parte justa en cada una de las copas, sin que durante el trasvase se derramara ni una sola gota.
-Y ahora las aceitunas -dijo mientras se ocupaba de depositar una aceituna clavada en un mondadientes en cada una de las copas-. Existe gente que también pone trocitos de corteza de limón o que en su defecto añade un poquito de zumo pero como se cuenta que una vez replicó indignado un cliente a un barman que le había propuesto amablemente agregar una simple gota de limón: “¡Oiga!, no le he pedido una limonada”.
Las copas y su casi transparente contenido brillaban bajo los halógenos.
-Bueno caballeros, ahí los tienen ante ustedes -dijo para dar por concluida su labor, al tiempo que cogía delicadamente por su pie una de las copas, acción en la que no tardaron en acompañarle los demás.
-Salud, amigos.
-¡Salud! -replicaron los otros a coro.
Ignoro si alguna vez Pepe o Norberto habían bebido un dry martini como aquél pero según traslucía la brillantez de sus semblantes satisfechos deduzco que desde luego no habían probado uno mejor en todas sus vidas.
Y ahora será mejor dejarles que disfruten del cóctel y de la mutua compañía. Pues aunque este combinado debe tomarse a tragos cortos y seguidos lo que sin duda se aprecia cuando se bebe un dry martini es la conversación durante y después. Aunque yo sea un gato muy curioso no han de dudar de que sé cuándo es preciso mantener una cierta discreción.
Sin más dejemos que corra el telón".
Cuando hubo terminado volvió a fijar su mirada en mi persona y, sin casi despegar los labios pronunció muy quedo: "¿sabes? Aún tengo algo de sed...".
Notas:
El relato es "El barman peripatético" de Jaime Bosco, incluido en el libro "Por favor, no disparen sobre el cronista", no publicado en Ediciones Unicronia (Strelsau, Ruritania).
Durante la redacción de esta entrada quien escribe no ha probado ni una sola gota de alcohol.
Me consta, por otro lado, que el señor Pond no manejó ningún auto ni antes ni después de haber bebido los dry martini (siempre uno de cada vez), más que nada debido a que carece de automóvil propio.
Un domingo por la mañana. Un domingo por la mañana con lluvia. Un domingo por la mañana con lluvia nos proporciona la mejor oportunidad para guarecerse tras la cristalera de nuestro local. Pertrechado contra las inclemencias con una taza de café, largo de café y corto de leche, con un solo sobre de azúcar (como bien sabe Sacha, nada de dos sobrecitos) y un buen libro al alcance de la mano. No sé si se puede equiparar a lo que algunos llaman el Paraíso mas por sus descripciones a mí me parece que se le aproxima bastante.
Los pocos clientes que se han dejado caer por aquí, metafóricamente hablando, se encuentran enfrascados en sus propias ocupaciones, según los gustos y apetencias de cada cual. Bien mordisqueando un "croissant", un bollo suizo o cualquier otra muestra de la repostería ofrecida en los expositores de la barra; bien hojeando el periódico, o bien consultando su personal instrumento de alta tecnología: sea un "smartphone", una "tablet", un "ultrabook" o, los menos, los posos del café.
Los sones de Charlie Parker que emanan de los altavoces son pespunteados por los martillazos que Sacha propina con una energía que no conjuga demasiado con la temprana hora a una alcayata. Parece ser que ha decidido decorar un poco más las abigarradas paredes. El que no me haya consultado antes de tomar su decisión dice más acerca de su peculiar carácter que de mi condición de "supuesto" propietario que no regente de este cafetín.
Al menos posee su gracia, si me permiten la reiteración.
Al tiempo que doy buena cuenta de mi café releo el libro, siempre procurando no remover sus hojas con la cucharilla. No sería la primera vez que en un despiste acabo por endulzar la lectura con el azúcar. Un hecho que bien puede procurarme un aire excéntrico nada desdeñable aunque lamentablemente, y como consecuencia de este fortuito gesto, la lectura se haga más pegajosa.
No una ni dos sino varias más mi atención se desvía del volumen, atraído por las voces de los viandantes que pasan ante el local. Son los restos de las huestes que regresan a sus hogares tras el sábado de Halloween. Acerca de este punto no guardo la más mínima duda. Ya es buena prueba de mi afirmación la abundancia de brujas, vampiros, psicópatas amantes de la sangre falsa y el látex a partes iguales y algún que otro Joker cuyos chorretones de maquillaje prueban que por improbable que esto parezca gozaron hace horas de mejores tiempos.
Al fin un impermeable con una palabra serigrafiada en grandes letras blancas (Arial, creo) a la espalda, "Enjoy", me devuelve a la lectura. Bendita publicidad.
Por las páginas un joven Evelyn Waugh nos narra su viaje por África, en cierta ocasión en que acudió a Etiopía como corresponsal del periódico The Times para asistir a la coronación de Tafari Makonnen (Ras Tafari) como emperador bajo el nombre de Haile Selassie I. Todo un acontecimiento de ámbito mundial que se produjo el 2 de noviembre de 1930, bastando para darnos cuenta de su entidad la presencia entre los asistentes de representantes de doce países extranjeros, entre ellos S.A.R. el príncipe Enrique, duque de Gloucester (tercer hijo de Su Majestad Jorge V, por la gracia de Dios, de Gran Bretaña, Irlanda y los Dominios Británicos más allá de los mares, rey, defensor de la fe, emperador de la India; que ya son títulos, afirmo) como representante de la Casa de Windsor.
Si no bastara con la narración de la organización de los fastos [1], que en algunos momentos adquieren tintes de puro surrealismo, el autor incluye el resto de su viaje por África Central. Lo que no era más que una labor como corresponsal se convirtió en un periplo que se extendió hasta marzo de 1931. A algo como ésto sí que se le puede denominar "extender una visita".
Lo referido con anterioridad está recogido por Waugh en su libro "Gente remota" (1931), que, tal y como les contaba, durante esta mañana lluviosa de domingo había escapado del peligro de acabar espolvoreada con azúcar.
"El sábado por la tarde el viajante de cigarrillos y yo fuimos a un cinematógrafo indio. Vimos una película antigua de Charlie Chaplin, rodada antes de que alcanzara la fama, pero plagada de todos los trucos que son ahora famosos en el mundo entero; incluso tenía un final triste: renunciaba al amor en favor del guapo sinvergüenza. También tenía una escena que era claramente la primera versión de aquel exquisito pasaje de La Fiebre del Oro en el que come una bota vieja, está sentado bajo un árbol, a punto de almorzar, cuando un vagabundo le roba la comida; Charlie se encoge de hombros, arranca un puñado de hierba, lo sazona con sal y pimienta, y se lo come con delicadeza; luego sirve agua en una lata, se aclara las puntas de los dedos como si se tratara de un lavamanos, y se las seca con un trapo, todo ello representado con una arrogancia contenida".
Cerré el libro y abrí los ojos, regresando de la penumbra de un sala de cinematógrafo que solo existía en mi mente.
Mientras terminaba mi café, y al pensar en mi pronto enfrentamiento con la húmeda acera, fuera porque portaba conmigo un paraguas o fuera quizás por la escena descrita, me vinieron a la cabeza las palabras que, en otro libro de Waugh titulado "Un puñado de polvo", pronunciaba el doctor Messinger: "la situación es grave, pero no desesperada".
____________ (1)"Quizá nadie acumuló más méritos para merecer su Estrella de Etiopía que el comandante Sinclair. Evitando el oropel y la dignidad del campamento de la Legación, permaneció lealmente junto a sus hombres en la ciudad, y pasó días de ansiedad arreglando citas que nunca tenían lugar; su diario, que unos pocos tuvimos de ver, era una crónica descarnada de las decepciones sucesivas que soportó con paciencia: "Cita 9:30, secretarios personales del Emperador para hacer los preparativos necesarios para el banquete de esta tarde; no han venido. 11. Fui, como habíamos acordado, a ver al Maestro de Música del Rey; no estaba allí. 12. Fui a ver a Mr. Hall para obtener la partitura del himno nacional de Etiopía; no se pudo conseguir. 2:30. Debería haber llegado el automóvil para llevar a los hombres al aeródromo; no ha llegado...", y así sucesivamente. Pero, a pesar de cada impedimento, la banda siempre aparecía a tiempo, vestida irreprochablemente, y con la música adecuada".
Creo llegado el momento de hablarles acerca del señor Pond. Cuantos visitan este café cinéfilo habrán tenido cuantiosas oportunidades de leer algunas de sus aportaciones. No hará falta explicar, por tanto, que se trata del responsable máximo del Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.), el mismo que en este adhocrático establecimiento se ocupa, su nombre proporciona una pista segura acerca de su cometido, de indagar, auscultar y, en suma, de buscar cuanta documentación sea precisa para apuntalar los artículos que de cuando en cuando van apareciendo.
Cierta tarde, y de eso ya hace unos cuantos meses, se personó por el Loro Azul un desconocido que bien pronto dejó de ser tal para formar parte de la plantilla de los habituales. Aparte de quien esto escribe, y permítanme que me mencione en primer lugar, tenemos también a Sacha, ese loco ruso, el único que parece conocer a la perfección cuáles son los estados de ánimo de la cafetera, así como las manías que sus circuitos de agua caliente parecen provocar un día sí y otro también.
Nunca me han dado buena espina quienes portan bastones y huelen a perfume de gardenias. En su presencia siento de inmediato un temor irracional a que se encuentren prestos a desenfundar un revólver de pequeño calibre cuanto menos te lo esperas; el veintidós es un bonito número mas en determinados contextos pierde fatalmente mucho de su encanto.
Como fuera que aquel desconocido no desprendía aroma floral alguno, y además no se distinguía el más mínimo rastro de muletas o bastones decidí darle un voto de confianza. En pago a mi actitud benevolente me respondió con un gesto silencioso mientras me tendía una cartulina confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje. Si hubiera puesto encima de la mesa, me encontraba tomando uno de los cafés especiales de Sacha (“el café debe ser caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor”, la frase no es suya sino de Talleyrand), un oscar en un homenaje velado a Gregg Toland (v. “RKO 281”) no me hubiera mostrado menos sorprendido. Sin embargo mientras paseaba los ojos por el texto impreso una vocecita interior me dijo que aquel hombre hablaba mucho más de lo que callaba.
Como resultara que su predecesor en su futuro puesto, el de documentalista-jefe, me había abandonado poco antes opté por contratarle, decisión a la que ayudó sus pretensión de ejercer como tal a título gratuito. No hará falta que les explique que luego de unos minutos, durante los que aguardó pacientemente a que yo terminara de leer el texto, sí que pronunció algunas frases.
Por supuesto yo acepté sus condiciones sin entrar en molestas negociaciones y regateos. Llevado por un talante diplomático para nada pretendí ofenderle contrariando sus deseos.
La causa fundamental de la marcha del anterior responsable había sido la presencia de unas discrepancias económicas que se mostraron como insalvables y que se basaban en la naturaleza y cuantía de los emolumentos percibidos. Yo consideraba que se encontraba más que bien pagado mientras que él discrepaba acerca de este parecer. Mantenía tozudo que una palmadita en la espalda de tanto en tanto no constituía suficiente contraprestación para sus desvelos. No negaré que su pretensión de alimentarse a diario así como la de costearse tanto vestimenta como otros gastos personales a costa de mis ya de por sí menguados capitales me hacían inclinarme a pensar que, debido a una mala interpretación de nuestra relación contractual, había acabado por tomarme por un filántropo.
Fue en esta forma como el viento fresco, y junto a él el propio señor Pond, arribaron a este establecimiento.
En sucesivas charlas mantenidas en sucesivas jornadas, mil y una tazas de café de por medio, fui poco a poco descubriendo los hitos de su carrera que él, parco en elogiarse a sí mismo, tuvo a bien mencionar dosificándolos con cuentagotas.
En cierta ocasión había colaborado junto a la señorita Bunny y el no menos prestigioso ingeniero Richard Summer en la modernización del departamento de documentación de un canal de noticias.
"Su Otra Esposa" ("Desk Set", Walter Lang, 1957)
Empujado por su carácter de hombre emprendedor decidió, valga la redundancia, emprender una nueva carrera y terminó recalando en uno de los departamentos de la acrisolada Crimson Permanent Assurance.
Quizás cansado de las aventuras a las que los nuevos vientos empujaron a la plantilla no tardó en abandonar también este barco.
Lo último que me confesó es que había ocupado un puesto de funcionario en el Ministerio de Información, mas esta vez las labores a desempeñar se revelaron tan sumamente burocráticas que no tardaron en chocar con su forma de ser.
"Brazil" (Terry Gilliam, 1985)
Ante la disyuntiva de seguir nuevos derroteros o convertirse en un Bartleby decidió optar por la primera opción. Así fue como acabó por atravesar el umbral de "El Loro Azul"...
Para terminar sólo me resta incluir a continuación el texto que figuraba impreso en aquella cartulina, confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje.
Hela aquí.
"A poco que se reflexionara sobre ello, Mr. Pond se asemejaba curiosamente al estanque del jardín. Durante la mayor parte del tiempo era igual de sereno, igual de límpido y claro, valga la expresión, en sus habituales reflejos de la tierra y el cielo y la hermosa luz del día. Y sin embargo yo sabía que en el estanque del jardín había algunas cosas raras. Una de cada cien veces, uno o dos días en todo el año, el estanque parecía enigmáticamente distinto; o su lisa tranquilidad era interrumpida por una sombra fugaz o un relámpago; y un pez o un sapo o alguna criatura más grotesca se mostraba al cielo. Y yo sabía también que en Mr. Pond había monstruos: monstruos mentales que emergían sólo un instante a la superficie y luego retornaban a las profundidades. Se mostraban en forma de comentarios monstruosos en medio de su charla razonable e inofensiva. Algunos pensaban que a la mitad de una conversación harto juiciosa se volvía loco de improviso. Pero asimismo no tenían más remedio que admitir que de inmediato regresaba a la cordura".
"Las Paradojas de Mr. Pond", Gilbert Keith Chesterton.
Esta misma mañana hemos acudido tanto Sacha como uno mismo al aeropuerto provincial, a recoger al señor Pond. Nuestro amigo regresaba de unas bien merecidas vacaciones en Centroeuropa, dedicado al parecer a la pesca de la trucha; o al menos esa excusa nos había dado antes de su partida.
El señor Pond dedicado, paradójicamente y contra su costumbre, al descanso más absoluto
Sin embargo, según nos acaba de confesar, lo cierto es su pretensión última pasaba por tomarse unos días de relax, dedicado en exclusiva al "dolce far niente". En ningún momento pretendía dedicar esfuerzo alguno a luchar a caña partida contra cualquier miembro de la familia de los salmónidos, subfamilia de los salmoninae. Entre otras razones porque ni un solo integrante de dicha familia se había mostrado hostil con su persona, según creía recordar, razón por la cual encontraba del todo punto maleducado, cuando no poco delicado, entablar combate alguno contra alguno de ellos.
Aparte de preparar las maletas con lo necesario para su estancia, dedicó unas semanas a dejarse bigote, como parte de la indumentaria para sus vacaciones "piscícolas" (sic). Desconozco la relación entre ambas, al bigote y a las actividades ribereñas me refiero, por lo que no abundaré en mayores explicaciones acerca de sus motivaciones.
Tras un brindis para celebrar el nuevo año partió en un vuelo con destino a Strelsau, siendo Elphberg su destino final. Trátase de un pequeño pueblecito cercano a la capital, Strelsau, última parada de su periplo, no sin antes permanecer unos días en la capital, alojado en el Hotel Excelsior ("no se parece en nada al Hilton", afirmó). Y eso fue lo último que supimos de él hasta hace un par de días, cuando la embajada española en Ruritania se puso en contacto con nosotros por medio de una llamada telefónica.
Hombre parco en palabras, cuando tal es su deseo, ninguna explicación nos dio al respecto de su repentina desaparición y aún más repentina reaparición. Solo una media sonrisa, unas enigmáticas palabras que a buen seguro tendrán algún significado mas solo para él ("escogí un mal día para dejarme de nuevo bigote") y un puñado de fotografías con un comentario al pie.
Dado nuestro respeto por las actividades de nuestro amigo y compañero nos hemos limitado, después de solicitarle el oportuno permiso, a incluir a continuación el álbum fotográfico de sus "accidentadas" y no menos misteriosas vacaciones.
Ni que decir que la fiesta en el Departamento de Búsquedas Infructuosas, con motivo del regreso de su máximo responsable, duró hasta bien entrada la madrugada (para desgracia de los vecinos que vieron interrumpido su solaz y descanso nocturno).
Parajes como éste atraen cada año a miles de turistas aficionados a la pesca
Vista de Strelsau, al fondo la catedral, construida en el siglo XIII, reinando Clodobaldo VIII "el rijoso", y finalizada por su hijo Clodobaldo IX "el supérstite"
El señor Pond, sumamente integrado, disfrutando de la gastronomía y las bebidas locales, más de las segundas que de la primera [Fotografía tomada en el restaurante Glücklich Magen del chef Evaristo Zoriona]
Integrantes del eficiente servicio de habitaciones del Hotel Excelsior de Strelsau: "si golpean a la puerta de tu habitación a las seis de la madrugada puedes permanecer tranquilo puesto que posees la plena seguridad de que no se trata del lechero"
Fiesta de disfraces: el señor Pond, acompañado de otros invitados, ataviados para la ocasión
En Ruritania existen muchos enclaves pintorescos y edificios históricos de obligada visita
A pesar de que su pretensión era descansar no quiso desaprovechar la ocasión de recibir unas clases de esgrima de un maestro de la prestigiosa Escuela Húngara de Strelsau
Suponemos que la misteriosa dama de la derecha, a la que conoció al parecer en la fiesta de disfraces, guarda la respuesta de la extraña desaparición temporal de el señor Pond
Ahora bien, lo que seguimos preguntándonos Sacha y yo es qué tiene que ver la renacida abundancia pilosa sobre el labio superior de nuestro amigo con cuanto les hemos revelado... Un misterio más.