"Gene Tierney: A Shattered Portrait"
Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.
martes, 23 de agosto de 2011
GENE ELIZA TIERNEY (1920 - 1991), SU BIOGRAFÍA
"Gene Tierney: A Shattered Portrait"
sábado, 27 de diciembre de 2008
INCUESTIONABLEMENTE LA MUJER MÁS BELLA DE LA HISTORIA DEL CINE
La anterior frase no es mía aunque a qué negar que la suscribo en su totalidad. La pronunció hace ya varias décadas Darryl F. Zanuck, el fundador de la Twentieth Century Fox. El hombre al que cierto día, un hastiado Fritz Lang le soltó a la cara, mientras abandonaba el estudio tras su accidentada etapa americana, confinado en la producción de películas de serie B, antes de su regreso a Europa, su agradecimiento por dejarle participar en la Nineteenth Century Fox.
Su historia es similar a la de otras muchas actrices del Hollywood clásico. Tras una carrera como modelo publicitario acabaría por ser contratada por la Fox, productora para la que rodaría una serie de películas en las que su exótica belleza dejaron una marca indeleble en la retina de los espectadores.

“Pero soy real. Estoy aquí porque usted quiere creerlo así. Siga creyendo en mí, y seguiré siendo una realidad”.
El fantasma del capitán Gregg (Rex Harrison) a Lucy Muir (Gene Tierney). “El fantasma y la señora Muir” (“The ghost and Mrs. Muir”, Joseph Leo Mankiewicz, 1947).
Mas han de disculpar esta involuntaria digresión, cualquier pensamiento me distrae del motivo que me ha conducido hasta aquí. El mío pasa por la forma de una palpitante molestia en la boca, casi torturante, posiblemente exasperante, seguro que acongojante. Quizá una muela cariada ansiosa por mostrar de esta forma su disposición a trocar su pacífica existencia de trituradora silenciosa por una fama que su pequeñez no justifica en absoluto. Creo no pecar de presunción si me atrevo a invocar su solidaria compasión, como pasados o futuros afectados por un anhelo de reconocimiento molar del todo punto irrazonable. No por lo de ese tipo de revistas a las que todos nosotros negamos prestar atención, sino por mi forzosa visita al experto odontólogo.
Cada vez me resulta más difícil acudir; porque si se tratara de un profesional mal encarado, con su genio propio de un nostálgico de antiguos regímenes, y con modales de sargento chusquero, poseería excusas suficientes para no acudir; mas me ha tocado en suerte un hombre encantador de mediana edad, con modales exquisitos y de conversación tan amena que casi no te enteras del exacto momento en que finaliza su labor. Pero es un dentista, y, todo hay que decirlo, dichos rasgos no harían cambiar la sensación aprensiva que nos invadiría si nos encontráramos ante un enterrador; aunque en su caso sus clientes no se percaten de nada, los pobrecillos. Pero como ya he dicho hay que hacerlo, aunque tal obligación no atenúe mi aprensión.
En cuanto a las publicaciones, ya que están ahí dispuestas, no hará ningún mal el coger una. Al fin y al cabo he llegado con bastante antelación a mi cita concertada; hecho que claramente se ha reflejado en el rostro de la solícita enfermera, justo por debajo de la profesional sonrisa, fruto arduamente madurado tras años de práctica. Si ella supiera que mi pronta venida sólo la causa el íntimo temor que siento a acabar decidiendo no acudir, seguro que la disimulada sorpresa no sería menos genuina, aunque sin dejar de señalarme la sala de espera con gentil gesto mecánico.
Así que a mirar la letra impresa, distrayendo la atención que vaga por la estancia en busca de los gritos del actual paciente, perversión como cualquier otra que de ningún modo me avergüenza. Como pronto observo con desaliento sin resultado alguno, el aislamiento acústico es perfecto. Más vale internarse en las estampas y textos; a veces a mi imaginación no se la refrena ni con un apretado bocado, consecuencia de mis tempranas lecturas de Poe y otros clásicos.
Paso hoja tras hoja de lo que constituye un cúmulo de consejos culinarios, moda, cartas a la redacción, la siempre presente astrología en la que nadie cree, incluso los que la siguen con deleite que roza la compulsión; recetas de belleza infalibles y regímenes para adelgazar, comentarios acerca de famosos televisivos y similar parafernalia surtida. En fin, todo aquello que una mujer de nuestro tiempo precisa para desenvolverse en la vida, desarrollándose adecuadamente, y por tan sólo veinte duros. Me pregunto qué sesudos genios del marketing habrán llegado a semejante conclusión, y por qué oscuros vericuetos, ajenos al resto de mortales, habrá transitado su inspiración.
En el desparramado montón que cubre la mesa, entre un colmado cenicero y un florero con plásticos vegetales, aún quedan otros números de la misma publicación. Mi ordenada forma de ser me impele a hacerlos de lado momentáneamente; como un meticuloso buscador husmeo en busca de tesoros ignotos. Parece que mi interés recibirá justa recompensa, positiva correlación de por sí bastante rara. Tal vez deba la casualidad a que la anécdota narrada se haya impregnada de un cierto barniz realista (trataría de ser real en lugar de serlo per se). Aunque no puedo afirmar que el cambio sea notable, no más que otra cabecera con similar contenido, circunstancia que no me impide abrirla. Y ahí, en la tercera página, junto a un índice con vocación de cicerone, en fuerte negrita de destacable tamaño, una frase: “la vida es simplemente un mal cuarto de hora formado por momentos exquisitos” (Oscar Wilde). Por un momento pienso en la demoledora frase con cierta pizca de personal ironía; se diría que Wilde hubiera ido a menudo al dentista.
Con rictus sarcástico recibo a una sorprendida paciente; demasiado tarde para borrarlo de la cara (ya eliminado el pensamiento acerca de mi admirado Oscar) y excesivamente abochornado para contestar a su apenas musitado buenos días. En tales circunstancias acostumbro a parapetarme tras la lectura, concretamente tras las hojas, son más densas, con reconcentrado aspecto intimidador. Por suerte la recién llegada comprende perfectamente el lenguaje social imperante y hace otro tanto. Nada de conversación.
Transcurren los minutos y las páginas de olorosa tinta minuciosamente recortadas. Invisibles manos precedentes han saqueado recetas y artículos enteros, patrones de moda y consejos de jardinería, en un afán depredador sin explicación racional alguna; incluso algún descontrolado fetichista se ha apoderado de algunos anuncios de colonia. Y continúo moviendo la vista, arrastrándola por las impresas líneas con el secreto afán de que así el tiempo se ralentice, adquiera mayor lentitud: un humano anhelo sin consecución factible salvo en una única y paradójicamente indeseada ocasión.
Entonces precisamente lo capto, como un hecho rimado con la coletilla de la reflexión precedente. Me levanto levemente del sillón para releer lo que mi mente niega en un principio. Sin embargo lo inevitable acaba sucediendo tarde o temprano, aunque con infantil confianza miremos en otra dirección. Como constatación el titular no ha desaparecido cuando vuelvo a posar sobre él mis pupilas, un pequeño titular con un corto artículo adjunto, en el ángulo inferior de la página; sacrilegio en otro tiempo, simple práctica ahora:
El pasado jueves 7 falleció en Houston la actriz del Hollywood dorado, a la edad de setenta años...
Imposible seguir leyendo, sería como abrir una carta no dirigida a nosotros; se ha producido lo que no por esperado resulta más comprensible. Ella ha muerto.
Durante la juventud y primera madurez había mantenido un idilio con aquella mujer, aunque nunca tuvo noticias de mi pasión. Una platónica relación unilateral fundada en una triste sala de barrio, fortalecida con los pases de sus películas por televisión.
Cómo no enamorarse de la mujer que había sobresaltado enloquecedoramente a Clifton Webb y roto la firme careta de duro portada por el glacial Dana Andrews en “Laura”; la que permanecería en el pensamiento de Don Ameche mientras le refería su vida al Demonio en “El diablo dijo no”; la que cautivaba a Tyrone Power y a Vincent Price en “El filo de la navaja”;... Para qué seguir enumerando películas: “El fantasma y la señora Muir”, “El castillo de Dragonwyck”, “Que el cielo la juzgue”,...
Siento que en mi alma de cinéfilo algo se ha roto; una sensación que desde luego no puedo compartir con mi vecina de sala. Lo que bulle en mi interior es demasiado serio para no lamentarlo en solitario.
Se ha muerto.
Recuerdo la primera vez que la vi, bien entrada la película, no a causa de mi retraso, crimen imperdonable, sino porque durante parte de la misma su presencia elíptica se basaba en un cuadro (una imagen de una imagen). Cómo comprendí el afecto que le cobraba Waldo, a duras penas oculto tras su narración de los hechos. Y qué calambrazo sacudió la sala cuando hizo su aparición: sobre unos marcados pómulos aquellos ojos verdes cuyo color el blanco y negro del celuloide apenas lograba enmascarar; una cautivadora sonrisa coronando unos distinguidos movimientos, y una voz que a pesar de su falsedad me hacía soñar con ella. ¡Ah!, los deseos y amoríos de la juventud no necesariamente se dirigen a seres de probada realidad, lo que los hace asemejarse a los sueños, cuya textura, al fin y al cabo, comparten.
Con los años madura el sentimiento, naciendo el aprecio; aunque no mutuo pues la relación adolece de los inconvenientes de todas las de su naturaleza. Vas olvidando las palpitaciones que te envolvían, el sumirse embelesado en la butaca, sin oír los ruidos de las parejas cercanas. Creces y te enamoras de mujeres de carne y hueso; las cenizas de la pasada relación ocultas en un secreto relicario. Naturalmente mantienes el contacto, educado y formal; demasiado mayor para idealizaciones. Pero basta un hecho tan irresistible como el presente para retrotraerte a otro mundo, uno que creías superado, y perdido. Gene ha fallecido.
Entonces me llama la enfermera, ha llegado mi turno. Tras acceder a la habitación donde aguarda el dentista me siento directamente en el sillón de operaciones, una rutina archisabida. Cogido el instrumental preciso se me acerca y me mira por un momento, fijamente.
Lo sé; pero cómo decirle que el daño ya me lo han causado hace muchos años; cómo explicarle que la lágrima que torpemente me brota no es más que un sentido fundido en negro.
un siete de noviembre del año mil novecientos noventa y uno.
"Desearía que se fuera... y volviera hace diez años".
Altar Keane (Marlene Dietrich) a Vern Haskell (Arthur Kennedy), “Encubridora” (“Rancho Notorius”, Fritz Lang, 1952).
martes, 1 de julio de 2008
MÁS ESTRELLAS QUE EN EL CIELO
Porque uno, aunque cinéfilo, también posee su corazoncito. Y a qué negarlo, también sus preferencias...
Laura (Laura, Otto Preminger, 1944)
sábado, 15 de diciembre de 2012
LIBROS, LIBROS, LIBROS
-¿Qué leéis, mi señor?
-Palabras, palabras, palabras.
Diálogo entre Polonio y Hamlet. "Hamlet" de William Shakespeare, Acto II, Escena VII.
"Cada cual imagina a su modo el Paraíso; yo, desde la niñez, lo he concebido como una biblioteca. No como una biblioteca infinita, porque hay algo de incómodo y enigmático en todo lo infinito, sino como una biblioteca hecha a la medida del hombre. Una biblioteca en la que siempre quedarán libros (y tal vez anaqueles) por descubrir, pero no demasiados. En suma, una biblioteca que permitirá el placer de la relectura, el sereno y fiel placer de lo clásico, y las agradables alarmas del hallazgo y de lo imprevisto".
Jorge Luis Borges, fragmento de su prólogo al "Catálogo de la Exposición de Libros Españoles", Buenos Aires, octubre de 1962.
sábado, 17 de enero de 2009
MÁS ESTRELLAS QUE EN EL CIELO (II)
En uno de mis primeros posts mostré algunos de los rostros que forman parte de mi firmamento cinematográfico, el mío, personal y subjetivo. Algún tiempo después confesé mi rendida admiración por Gene Tierney. Hoy, tras un post triste incluyo una pequeña referencia a otra de esas estrellas que alumbraron mis primeros paseos por las películas del Hollywood clásico: Margaret Sullavan.

Una mujer de belleza serena, la propia de aquellas mujeres a las que nos solemos referir como las vecinas de al lado, dada su aparente cercanía.
"El Bazar de las Sorpresas" ("The Shop Around the Corner", Ernst Lubitsch, 1940)
Lo siento por los fans de Meg Ryan.
"Tres Camaradas" ("Three Comrades", Frank Borzage, 1938)
“Es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz, y ese enamoramiento suele ser definitorio y también formativo. Una actriz de cine no es exactamente una mujer; más bien es una imagen. Y a esa edad uno tiende, como primera tentativa, a enamorarse de imágenes de mujer antes que de mujeres de carne y hueso”.
Mario Benedetti, "Los viudos de Margaret Sullavan" (del libro "Con y sin nostalgia").
viernes, 3 de junio de 2011
UNA PAUSA PARA UN CAFELITO CINÉFILO
Al Pacino y Robert de Niro en "Heat" (Michael Mann, 2005); Robert de Niro; Bill Murray en "Coffee and cigarettes" (Jim Jarmusch, 2003); Veronica Lake, Joel McCrea y Preston Sturges en el set de "Los viajes de Sullivan" ("Sullivan's Travels", Preston Sturges, 1941); Joel McCrea y Claudette Colbert en "The Palm Beach Story" (Preston Sturges, 1942); Rita Hayworth, Orson Welles y Marlene Dietrich; Audrey Hepburn y George Peppard en una fotografía promocional de "Desayuno con diamantes" ("Breakfast at Tiffany´s", Blake Edwards, 1961); Audrey Hepburn en el rodaje de "Desayuno con diamantes" ("Breakfast at Tiffany´s", Blake Edwards, 1961); Mel Ferrer; Ava Gardner; Marlon Brando en "Salvaje" ("The wild one", Laszlo Benedek, 1953); Marlon Brando junto a Salvador Dalí; Carol Lombard; Cary Grant; Katherine Hepburn; Clark Gable y Claudette Colbert en "Sucedió una noche" ("It happened one night", Frank Capra, 1934); Claude Binyon, Wesley Ruggles, Claudette Colbert, Robert Young y Melvyn Douglas; Spencer Tracy y Katherine Hepburn en "La costilla de Adán" (Adam´s rib", George Cukor, 1949); Rita Hayworth; Glenn Ford; James Caan, Arthur Hunnicutt y John Wayne en "Eldorado" (Howard Hawks, 1966); John Wayne; Alan Ladd y Barry Fitzgerald; Elissa Landi; Boris Karloff; Gary Cooper; Gene Tierney; Faye Dunaway; Ingmar Bergman; Ingrid Bergman; Lauren Bacall; Humphrey Bogart; James Dean; Vincente Minnelli y su hija Liza; Leo McCarey, Charles Boyer e Irene Dunne; Douglas Sirk; Lewis Milestone, Kirk Douglas, Van Heflin y Barbara Stanwyck; Marilyn Monroe y Montgomery Clift; Natalie Wood; Norma Shearer, Louella Parsons y Melvyn Douglas; Cyd Charisse; Rita Hayworth y Orson Welles; Cary Grant; Iggy Pop y Tom Waits en "Coffee and cigarettes" (Jim Jarmusch, 2003); Tony Curtis, Janet Leigh y Orson Welles; James Dean; Steve McQueen; Steve McQueen en el rodaje de Papillon (Franklin J. Schaffner, 1973), fotografía de Ron Galella; Tyrone Power; Tyrone Power y W. S. Van Dyke; Veronica Lake; Victor Mature; Vincent Price; Orson Welles en “Sed de mal” (“Touch of evil”, Orson Welles, 1958); Kyle MacLachlan en la serie de TV "Twin Peaks" (David Lynch, 1990-1991).
Música: "Grand Choral" de la película "La noche americana" ("La nuit américaine", François Truffaut, 1973), compuesta por George Delerue.
lunes, 9 de marzo de 2009
JAVIER MARÍAS Y PÉREZ REVERTE ESCOGEN SUS PELÍCULAS
El pasado mes de febrero, en el número del domingo 22 de febrero de 2009, Marías mencionaba una cena a la que también habían acudido dos buenos amigos suyos: Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez Reverte. Con la presencia de semejante compañía bien se comprenderá que la temática de esa columna en concreto versara sobre el cine, más en concreto acerca del desconocimiento que muchos tienen de aquellas películas a las que podríamos denominar clásicas.
Desde luego no seré yo quien ahora se ocupe de escribir acerca de esta cuestión. Existe un tiempo para todo, y los intereses personales de cada cual van variando a medida que se va adquiriendo experiencia. Mediante el paso de los años uno va cambiando, y durante ese proceso puede sentirse atraído, o no (opción tan respetable como cualquier otra), por determinados temas.
Yo, por mi parte, siempre guardaré muy adentro el recuerdo de mi madre, cuando aún era un niño, contándome el final de la película emitida la noche anterior por televisión. Como bien comprenderán en mi casa, algo habitual por aquella época, existía el toque de queda: una hora muy concreta para irse a la cama. De nada servían ruegos, pataletas o triquiñuelas (“hasta el próximo descanso, por favor” funcionaba, ¡ay!, muy poquitas veces). La orden no admitía réplica alguna, si acaso una pequeña demora, cuando había suerte.
Los lectores de Guillermo Brown entenderán mi decepción infantil al no poder asistir al desenlace de aquella mítica película en la que un hombre que se empequeñecía por momentos debía enfrentarse a peligros sin cuento. Ahora bien, a la mañana siguiente mi madre se ocupaba de rellenar las lagunas finales. Como por ejemplo la lucha desigual mantenida contra una feroz araña, armado el pobre con un simple alfiler no menos gigantesco que el arácnido, siempre en comparación con su menguante tamaño.
Por aquella época, creo recordar, programaron por televisión un ciclo dedicado al director Joseph Leo Mankiewicz (en uno de los dos canales, mi memoria no da para más). Una buena amiga y yo nos dedicamos a comentar al día siguiente, entre risas, una de aquellas películas, tampoco recuerdo con exactitud cuál era en concreto.
Quién nos diría a ambos que al cabo del tiempo, no muchos años después, nos pasaríamos horas y horas charlando sobre cine clásico en una terraza de verano. Por aquella mesa desfilaron Mankiewicz, Cukor, Ford, Hawks, Sturges, Stahl, Wilder, Ophuls, Lang y tantos otros; por no mencionar a las estrellas que conformaban el firmamento cinematográfico, allí congregadas al reclamo de nuestras remembranzas...
A pesar de que según una primera impresión se diría que me he ido por las ramas puesto que al escribir mi post no pretendía traer a colación estas “batallitas”, lo anterior posee cierta relación con el contenido. Así que sin más permítanme que dé media vuelta y avance aún más rápido si cabe (avanzar siempre, retirarse nunca).
Durante dicha cena (retomo), el director de cine, el académico y el rey de Redonda, hablaron, como ya les adelanté, acerca del cine clásico. En un momento dado el segundo de los mencionados sacó a colación la circunstancia de que muchos lectores les solicitaban que expusieran en sus respectivas columnas algunos títulos concretos, aquellos que consideraban que merecían la pena.
Pues bien, a continuación les incluyo los enlaces a las respectivas columnas de Pérez Reverte y Javier Marías, precisamente dedicadas a hablar de sus películas favoritas, en el caso del primero centradas en el género así llamado bélico. A mí personalmente me entra un escalofrío de felicidad cuando leo los títulos desgranados, unos por conocidos, y otros, los más, porque su lectura supone un súbito descubrimiento.
* Columna de Pérez Reverte.
Nota adicional: sé que no tiene que ver pero como seguidor de las “ghost stories” británicas, amén de devorador de cuantos relatos han sido publicados por Siruela, Valdemar e Isla de Redonda, no puedo resistirme a recomendarles la lectura del libro “Cuentos Únicos“, mencionado muy oportunamente por el propio Marías en su columna. Contiene uno de los relatos que más me ha impresionado: “Mirad allí arriba”, de H. Russel Wakefield.
domingo, 10 de mayo de 2009
SECUNDARIOS DE HOLLYWOOD: FELIX BRESSART

¿Y qué me dicen de su caracterización de Buljanoff, el otro miembro de la comisión tripartita enviada por el comisario Razinin (Bela Lugosi) a París para recuperar las joyas de la Gran Duquesa Swana (Ina Claire). Buljanoff, Iranoff y Kopalski, tres buenos rusos (la prueba la constituye el hecho de que aún siguen vivos, a pesar de las continuas purgas acerca de las cuales les habla la enviada especial, en la estación de ferocarril a su llegada a París), que, ¡ay!, caen presa de los encantos de la ciudad luz y olvidan, cómo no, el motivo principal de su misión.

Pirovitch (Felix Bressart) y Alfred Kralik (James Stewart)
[1] Monólogo del judío Shylock, "El Mercader de Venecia" de William Shakespeare, Acto Tercero, Escena Primera.
























