
Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.
viernes, 2 de marzo de 2012
domingo, 8 de agosto de 2010
ESCALERAS, ESCALERAS, ESCALERAS (1 DE 2)
Antes de nada permítanme que ponga un poco de música.



- "El acorazado Potemkin" ("Bronenosets Potyomkin", Sergei M. Eisenstein, 1925). Quién no recuerda el carricoche descendiendo por la escalera, escena homenajeada por Brian de Palma en "Los intocables de Elliot Ness" ("The untochables", Brian de Palma, 1987).
- "El prisionero de Zenda" ("The prisoner of Zenda", Rex Ingram, 1922). Ramón Novarro caracterizado como el pérfido Rupert de Hentzau.
- "Drácula" ("Dracula", Tod Browning, 1931). "Pasen sin temor" parece decirnos Bela Lugosi con su peculiar acento ("I am Dracula").
- "Arsénico por compasión" ("Arsenic and old lace", Frank Capra, 1944). Al fondo podemos ver la colina de San Juan por la que asciende a la carrera-carga Teddy Roostvelt; en primer plano Boris Karloff (quiero decir, perdón, Jonathan Brewster-Raymond Massey) acompañado por sus encantadoras tías).
- "Robin de los bosques" ("The adventures of Robin Hood", Michael Curtiz, 1938). Sir Guy of Gisborne-Basil Rathbone y Robin-Errol Flynn dirimen sus discrepancias cruzando sus hierros.
- "Luces de ciudad" ("City lights", Charles Chaplin, 1931). Simplemente Charles Chaplin.
- "Ciudadano Kane" ("Citizen Kane", Orson Welles, 1941). Comienza el descenso de un gran hombre americano.
- "La noche del cazador" ("The night of the hunter", Charles Laughton, 1955). "Tengo dos formas de actuar, con o sin caballo", Robert Mitchum. Sin duda en esta película muestra ambas.
- "Eva al desnudo" ("All about Eve", Joseph Leo Mankiewicz, 1950). Una imagen que ya apareció por este blog hace unos meses.
- "La fiera de mi niña" ("Bringing up baby", Howard Hawks, 1938). Cary Grant cambia su traje habitual por un salto de cama...
- "Que el cielo la juzgue" ("Leave her to heaven", John M. Stahl, 1945). Como rezaba la publicidad de aquel ciclo que TVE dedicó a este director: "el melodrama es John M. Stahl". Cómo una bellísima mujer puede aún atraernos a pesar de la maldad que desprende.
martes, 14 de abril de 2009
ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (VI): DOUGLAS FAIRBANKS JR.
“En cuanto a mí, pensé que, si en algún momento un hombre se halla en la necesidad de convertirse en un villano, es preferible que sea un villano agradable, y Rupert Hentzau me resultaba infinitamente más agradable que sus dos compañeros, con sus caras largas y sus ojos mezquinos. A mi modo de ver, el pecado no es más grave cuando se comete à la mode y con estilo”.
“El Prisionero de Zenda”, Anthony Hope.
jueves, 9 de abril de 2009
CUANDO HOLLYWOOD HABLABA ESPAÑOL
El párrafo anterior me sirve para ponerles en situación. Una vez encaminados ciñámonos ya sin más digresiones al tema central de este artículo. Si recuerdan alguna de esas películas “de indios” (o “de pieles rojas”, como las llamaría Guillermo Brown) tal vez puedan imaginarse la figura de Alan Ladd, o quizás la de James Stewart.
En dichas películas (no teman, no voy a repetir otra vez el soniquete de “películas…”) asistíamos a la comunicación entre ambos grupos, hombres blancos (Alan Ladd y James Stewart, por ejemplo[1]) por una parte e indios por otra, utilizando para ello la lengua propia de los segundos. Y aquí surge una pregunta: ¿y si los actores hubieran hablado en un perfecto español, sin necesidad de acudir al empleo de otro idioma?
La búsqueda de información acerca de Fortunio Bonanova para elaborar un artículo anterior me llevó a plantearme el recabar más información acerca de aquellos que acabaron recalando en la denominada Meca del Cine, en una peregrinación que en no pocos casos acabó por convertirse en definitiva. A este respecto pueden mencionarse los casos pioneros de varios compatriotas que, ya durante la etapa del cine mudo (silent movies), trataron de ganarse el condumio, y labrarse una cierta fama si esto también fuera posible, mediante su trabajo en la industria cinematográfica estadounidense, en algunos casos incluso logrando ambos fines[2].
Tras una larga carrera la irrupción del sonoro, lejos de apartarlo de la actuación ante las cámaras, consolidó más si cabe su posición, mas de forma tan sólo momentánea, pues no tardaría en acabar languideciendo en producciones cada vez menos relevantes.
Así en 1950 nos lo encontramos en una película acompañando a Cary Grant (un actor ya consagrado y que ya hacía mucho que había dejado de ser el nuevo Gary Cooper), José Ferrer, Ramón Novarro[4] (ya maduro, mucho) y Gilbert Roland. Por cierto que los dos últimos eran dos mejicanos de Durango, llegados a Hollywood en la época del cine mudo.
Sin ánimo de ser exhaustivo también cabría citar a Ramón Crespo (1900-1997), aunque en su caso contaba con una consistente formación teatral a sus espaldas, quien llegó a California en 1926.
Lo que vendría a caracterizar a muchos de los actores que decidían hacer las Américas era su participación en películas rodadas en español. La industria cinematográfica, como cualquier negocio, se percató durante la transición del cine mudo al sonoro de que Latinoamérica constituía un gran mercado potencial para las películas estadounidenses (sin olvidarse obviamente de nuestro país), siempre que a modo de paso previo y necesario, se procediera a rodarlas en español. Nacieron de esta forma, por un interés puramente mercantilista, las dobles versiones: española y anglosajona. Para ello la Paramount abrió un centro de producción en unos estudios situados en las cercanías de París, en Joinville-le-Point; mientras que por su parte la Metro optaba por permanecer en casa, en la siempre soleada California.
Pueden recordarse títulos tales como “Evangelina o el Honor de un Brigadier”, en la que participó el propio José Crespo, y que contaba con guión del propio autor, Enrique Jardiel Poncela, quien durante un tiempo bastante corto vivió en Los Ángeles. Su incapacidad para dominar mínimamente el inglés motivó su pronto regreso de su etapa americana. O también el “Drácula” (1931) de Tod Browning, para la que se realizó una versión en español, protagonizada por Carlos Villarías, y que según muchos incluso supera a la original[5].
Al hilo de ese reconocimiento resulta gratificante el hecho de que la adaptación de esa película para su versión adicional en español fuera obra de un llanisco (natural de Llanes, Asturias) donde había nacido un 26 de septiembre del año 1878, siendo bautizado como Baltasar, premonitorio nombre, y con los apellidos Fernández Cue. Un hombre que durante muchos años trabajó allende el Atlántico simultaneando sus ocupaciones como guionista y como periodista. Su muerte, en 1966. se produjo al retornar de su exilio, destino alcanzado tras huir de la prisión en la que había sido confinado por su abierta colaboración con el gobierno republicano.
A continuación, y a pesar de que vuelvo a repetir que no se haya en mi ánimo la exhaustividad, y a modo de apropiado y justo homenaje, reseño una lista con los profesionales que marcharon a Hollywood (los que optaron por Joinville pueden encontrarse en cualquier tratado dedicado al tema): Benito Perojo, Edgar Neville, José López Rubio, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Antonio Vidal, Rafael Ribelles, Conchita Montenegro,…
[1]Ver el final del anterior párrafo.
[2]Edgar Neville llegaría a dirigir una película de escasa repercusión acerca de este tema: “Yo quiero que me lleven a Hollywood” (1931).[3]Bastante famosas por aquella época y a cuya clase pertenecen las denominadas del “rescue in the last minute” (rescate en el último minuto, aplicando la técnica conocida en el argot cinematográfico bajo el nombre de "cross-cutting" o "montaje paralelo", la simultaneidad de dos o más historias, una técnica debida al genio de D. W. Griffith); así llamadas a consecuencia de que poseían la característica común y definitoria de incluir en su parte final el rescate de la protagonista de las garras de una muerte segura, astutamente planeada por parte del malvado, gracias a la salvadora intervención del tópico héroe: tendida sobre las vías del tren, atada de pies y manos, un tren expreso que avanza a todo vapor hacia ella, etc, etc.
Podemos recordar el sentido homenaje a las películas mudas y a las cómicas en concreto (incluidas las sonoras, pues la dedicatoria explícita es para Stan Laurel y Oliver Hardy) que Blake Edwards rodó bajo el nombre de “La Carrera del Siglo” (“The Great Race”, 1965), con Tony Curtis, Jack Lemmon, Natalie Wood y Peter Falk.
Por supuesto también existen ejemplos en la cinematografía española de esta clase de seriales: series de episodios encadenados tomando como ejemplos las obras folletinescas del siglo XIX. El primero lo rodaría Juan María Codina, llevando un título dotado de un nada desdeñable sabor local: “Los Siete Niños de Écija” o “Los Bandidos de Sierra Morena” (1911-1912). A causa del éxito cosechado por el primer episodio se rodaron dos más (¿a alguien le resulta familiar esta fórmula?, episodio piloto, éxito y ¡adelante!). Aún trataría de repetir una vez más la campanada mediante “El Signo de la Tribu” (1915); una vez hallado el filón, ¿por qué no aprovecharlo?
[4]Actor que participó en la primera versión de Ben-Hur, la de Fred Niblo, allá por 1925, pero que también participó en “El Prisionero de Zenda” (1922), bajo el nombre de Ramón Samaniegos, interpretando a ese crótalo barnizado de noble que es Rupert de Hentzau.[5]La dificultosa dicción del húngaro Bela Lugosi es tenida por algunos como un elemento que lastra la película mientras que para otros es precisamente ese defecto aparente el que otorga a su caracterización del noble transilvano de su genuino atractivo.
domingo, 8 de febrero de 2009
¿TARTA? ...VAS (F)HARTATE
En el principio una tarta de crema surcó los aires, sin música de Strauss, aún era la época de las "silent movies", en tiempo real, nada de dieciocho fotogramas por segundo,... Sea la desternillante risa...
Como fuera que la cámara no se había perdido detalle del esponjoso impacto del postre contra la cara de Turpin ni tampoco de la subsiguiente reacción, una mezcla hasta cierto punto lógica de desconcierto, estupor y no escasa turbación ante un ataque tan inesperado, parpadeo incluido, quedaron impresionados en el celuloide los gestos que se dibujaron sobre el rostro del involuntario receptor, bajo los chorretones de merengue que le corrían por ella para acabar cayendo sobre pecho y suelo.
De una forma tan simple cómo la expuesta fue como se descubrió una de las más peculiares formas para provocar la risa incontenible de los espectadores.
Príncipe Hapnick: [tastes pie] Umm... brandy! Throw more brandy, throw
brandy! More brandy! Brandy![Gets hit again with a pie]Príncipe Hapnick: Umm... rum! I never mix my pies!
Ante la posibilidad del todo punto lógica de que tras haber visionado la escena previa hayan sentido cómo en el interior de su cabeza ha empezado a madurar la idea de organizar su propio homenaje cinematográfico a continuación les incluyo una receta culinaria, redactada con la inestimable ayuda de un buen cocinero, y, a qué negarlo, aún mejor amigo.
- 6 huevos (separando yemas y clara),
- 160 gramos de mantequilla,
- 22o gramos de azúcar,
- 1 tableta y media de chocolate derretida,
- 110 gramos de harina,
- 150 gramos de mermelada de albaricoque,
- esencia de vainilla.
Para el glaseado:
- 150 gramos de chocolate,
- 150 gramos de azúcar en polvo,
- 6 cucharadas de agua.
Preparación:
Se elabora una crema utilizando la mantequilla y la mitad del azúcar. Se añade el chocolate derretido, la esencia de vainilla y la yema de huevo, sin dejar de batir en ningún momento.
Se baten las claras a punto de nieve, se añaden a la mezcla anterior muy lentamente y después se vierte la harina.
Se coloca en un molde que a modo de paso previo se habrá untado con mantequilla y espolvoreado con harina y se introduce en el horno durante una hora.
Se extrae del horno y se deja enfriar. Cuando se encuentre frío se corta en sentido transversal y se une con un poco de mermelada. La mermelada que nos reste se calienta a su vez y se extiende sobre la superficie y los bordes del pastel.
En lo que se refiere al glaseado se mezclan chocolate, azúcar y agua. Se calienta todo al baño maría, sin dejar de remover la mezcla hasta que adquiera un aspecto liso y brillante.
Para terminar se recubre toda la superficie con el chocolate, se deja enfriar y ... a emplatar.
Puede servirse acompañado de nata montada, presentada en un recipiente aparte. A este respecto si el uso que se le va a dar es el de ingenio balístico puede decorarse la superficie superior con dicha nata. Hay que recordar que el efecto cómico es directamente proporcional al espesor de dicha capa de nata.
Advertencias finales:
- No desestimen el alto potencial destructivo de algo tan aparentemente inofensivo, por sabroso que pueda parecerles.
- G. K. Dexter (de ahora en adelante el autor) declina cualquier responsabilidad relacionada directa o indirectamente con cuantas demandas civiles puedan interponerles los involuntarios receptores de sus tartas.
- El autor tampoco se responsabiliza de los daños, perjuicios o cualesquiera otras consecuencias que pueda llevar aparejada la puesta en práctica de lo mostrado en este "post", bien sea por omisión, dolosamente o con muy mala (pero que mucho) intención.
- Esto sólo es un divertimento.
- Las Autoridades Gastronómicas de mi país certifican fehacientemente que no se ha empleado alguna clase de aditamento prohibido por la vigente normativa sanitaria, ni tampoco ingredientes bien artificiales o bien artificiosos, tales como nitrógeno u otros similares, durante la totalidad de la redacción de la presente receta.
- Un último consejo: simplemente disfrútenla... ¡Bon appétit!
jueves, 23 de octubre de 2008
APOSTILLAS AL POST ACERCA DE LOS SABLISTAS
"Los Duelistas"
"El Maestro de Esgrima"
miércoles, 22 de octubre de 2008
AQUELLOS SABLISTAS DE ANTAÑO
para más señas, y que responde al nombre de Arthur Rassendyll. Es éste un ex-oficial de la Guardia de Su Graciosa Majestad, licenciado del servicio desde algún tiempo antes tras haber alcanzado el grado de mayor. Sin embargo al contrario que el resto de visitantes su intención última no se haya para nada relacionada con los fastos derivados del ceremonial. Su única pretensión es la de dedicar sus días de estancia en el pequeño estado a dar rienda suelta a una de sus grandes aficiones: la pesca.Mientras se encuentra practicando su afición a la orilla de un río próximo a la capital es sorprendido por una patrulla de la guardia personal del príncipe. Para mayor sorpresa del caballero inglés sus integrantes se muestran perplejos por su presencia allí, solo y pescando tranquilamente. Semejante reacción no es para menos puesto que Arthur resulta ser la viva imagen del futuro soberano.
Así da comienzo la historia narrada por Anthony Hope (1863-1933) en su libro "El Prisionero de Zenda", publicado allá por el año 1894. Una novela que pronto gozaría del favor del público por lo que el autor terminó por escribir cuatro años después una segunda parte, "Rupert de Hentzau".

La industria cinematográfica no fue ajena a la oportunidad de recrear en el celuloide una historia de aventuras como ésta, repleta de complots, amoríos, malvados y traidores, luchas e intriga, por lo que ya en el año 1913 vio la luz una primera versión a la que pronto seguirían dos más, una en 1915 y la otra en 1922. Precisamente fue ésta última versión, todavía muda, la que más éxito cosechó de las tres. No por nada al frente del reparto se encontraba el galán Ramón Novarro, quien tres años después interpretaría a Judá Ben-Hur en la película del mismo título.

Ramón Novarro
Una época ésta en la que hacían furor las películas de aventuras filmadas a mayor gloria de Douglas Fairbanks ("La Marca del Zorro", El Ladrón de Bagdad, Los Tres Mosqueteros, Robin Hood,...).
Sin embargo de todas las realizadas mi preferida sigue siendo la versión del año 1937: Ronald Colman, Madelaine Carroll, Douglas Fairbanks Jr., Raymond Massey, Mary Astor, C. Aubrey Smith, David Niven,... Aunque no negaré que la recreación del villano Rupert de Hentzau a cargo de James Mason también resulta memorable.
Bueno, y si se me permite la debilidad, el episodio-homenaje a cargo de Blake Edwards, un auténtico forofo de esta película, en su filme "La Carrera del Siglo" ("The Great Race", Blake Edwards, 1965).
En primer lugar les ofrezco la versión del año 1937 del duelo final entre Rudolf Rassendyll (Ronald Colman) y Rupert de Hentzau (Douglas Fairbanks Jr.) en "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", John Cromwell, 1937), una producción de David O. Selznick.
En versión original
A continuación la escena del duelo en la versión del año 1952, en la que se enfrentan Stewart Granger y James Mason. "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", Richard Thorpe, 1952). Una producción de la Metro Goldwyn Mayer.
En versión original
Personalmente yo me quedo con la versión del año 1937, ¿y ustedes?
Un último apunte. Fue precisamente la conclusión inesperada de este duelo la que sirvió para terminar mi enconada enemistad con el tratamiento del “malvado" en novelas y películas, un sentimiento madurado durante mi infancia y adolescencia. Sin embargo el tiempo me hizo ver cuán errado estaba. Se explicaba por la intención del autor, Hope, de escribir una segunda parte, “Rupert de Hentzau”.
Ahora bien lo que no se me ha quitado todavía es la afición por el cine de espadachines.
sábado, 21 de junio de 2008
EL VILLANO NUNCA LLORA
[=No me hable de reglas. Esto es una guerra... no un partido de cricket]
El coronel Saito (Sessue Hayakawa) al coronel Nicholson (Alec Guinness), El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, David Lean, 1957).
La carrera del siglo (The great race, Blake Edwards, 1965)
Imaginemos la escena: el Gran Leslie, un héroe níveo y puro donde los haya, vuelve a salir con bien de un abortado atentado maquinado y perpetrado, como la práctica totalidad de los anteriores, por su competidor, el profesor Fate, un malo con negras prendas y por supuesto malvado sin parangón. Llegado a este punto es cuando formulo una pregunta sencilla: ¿por qué? Pero aún añado más: ¿es que siempre el malo ha de acabar siendo sacrificado a la buena conciencia imperante, afectada por una mojigatería declaradamente partidista que sin excepción digna de relevancia o con falta de una larga atención finca sus ojos en el paladín de turno a favor de la bondad? ¿Hasta cuándo se habrá de soportar tamaña injusticia? Considero que no es equitativo, y lo hago con redundancia y hasta un sonoro pataleo. Ni me detiene la presencia almibarada de Tony Curtis ni la declarada visión satírico-paródica desarrollada por Blake Edwards. A mí ambas me resultan totalmente inaceptables e insuficientes.
Ya cuando contaba con menos años mi ardoroso espíritu, hoy meros rescoldos calientes, sufría la imperiosa atracción ejercida por aquel personaje, vilipendiado e insultado a partes iguales, una triste encarnación del lado oscuro del alma humana. Bien fuera por su mayor capacidad de maniobra, liberado como se hayaba de tantos clichés y vestiduras que engalanaban al resplandeciente bueno, tan henchido de bondad él, bien a causa del gusto nada enfermizo por lo prohibido. Sólo precisaría cerrar los ojos para seguir las andanzas literarias (y cinematográficas, me he movido siempre entre estas dos aguas) de múltiples figuras como las aquí reseñadas.
¿Quién osaría anteponer a los tibios mosqueteros a una pérfida Milady de Winter, malvada entre las malvadas, o al astuto cardenal Richelieu? No existía color. Mientras que los primeros reaccionaban los segundos actuaban, mas siempre eran los anteriores quienes imprimían el movimiento al que los otros, limitados personajillos, no les quedaba otra posibilidad más que responder.
¿Y qué decir de Rupert de Hentzau? Apuesto, varonil, buen espadachín, cínico y traicionero como un crótalo. Todavía resuena en mis oídos el entrechocar de sables en singular combate, previo a su huida literaria. Una escapada que me reconcilió con los autores literarios, justo hasta que con desilusión manifiesta averigüé que el fundamento de la misma era el deseo del autor de escribir una segunda parte, como efectivamente así terminaría por hacer al poco. ¿Acaso a alguien no le atraería un ser capaz de arrojar un puñal a traición aprovechándose de una tregua que él mismo había solicitado? Rassendyll ni siquiera podía osar en aproximarse a las suelas de sus botas de jinete.
Abandono el mundo de papel propio de las novelas y folletines, aunque las mencionadas cuentan con sus correspondientes películas, y paso al genuinamente cinematográfico. Desde los deliciosamente perturbados (véanse las distintas versiones de El fantasma de la ópera), a los que, siendo estrictos, no podrían encuadrarse exactamente en esta brillante caterva de desleales y similares, hasta los víctimas de la codicia que corroe vigorosamente sus entrañas. Sin ir más lejos el terceto encantador de El halcón maltés: la mirada ansiosa y avarienta de Cairo, Brigid y Kasper Gutman al desenvolver el paquete con el pesado halcón-joya. Aunque a fuer de sincero debo añadir que el introducido por Bogart, el de Sam Spade, no constituye el paradigma del fruto de un colegio de monjas. Y continuando con esos personajes grises en El sueño eterno incorpora a un detective no muy distinto, aunque salido de diferente pluma, Phillip Marlowe. Pocos rasgos le distinguen del impresionante Canino, como no sea el hecho siempre trascendental de no acabar muerto como él, un tieso fiambre ultimado, con unos modales dignos de la buena sociedad que le ayudan a soportar las largas noches de invierno, cuya falta de escrúpulos le convierten en perfectamente capaz de entregar a la muerte a Eddie Mars: consciente y bondadoso verdugo por inducción.
Para finalizar una llave. Cerremos con ella a cal y canto esta recreación. El mentar tan simple utensilio y rememorar Encadenados todo uno. Obviaré el marcado carácter mefistofélico de Devlin (curiosa similitud con “devil”, ¿no?) y me centraré en Sebastian. Pobre malvado, cornudo y apaleado. Quizás le supere el interpretado por Ivan Triesault, él no más que un simple asistente, quizás; zarandeado por la fuerte personalidad de su madre, zamarreado por su fuerte carácter. Pobre malo. Junto a él ascendemos lentamente las escaleras de su personal tumba-cadalso, pausado el paso, terrible y magistral. Aún vibra el cierre de postrer sepulcro de la puerta principal.
Lástima de malo[1]. Pobre, pobre malo.
[1]A modo de información complementaria para la lectura recomiendo leer los libros:
- Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas.
- El prisionero de Zenda de Anthony Hope.
Y en su defecto, aunque aconsejo simultanear ambas acciones, visionar las películas: - El fantasma de la ópera (The phantom of the opera, Rupert Julian, 1925), con Lon Chaney (el hombre de las mil caras).
- El prisionero de Zenda (The prisoner of Zenda, John Cromwell, 1937).
- El halcón maltés (The maltese falcon, John Huston, 1941).
- El sueño eterno” (The big sleep, Howard Hawks, 1946).
- Encadenados (Notorius, Alfred Hitchcock, 1946).
- La carrera del siglo (The great race, Blake Edwards, 1965).




