Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
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miércoles, 22 de octubre de 2008

AQUELLOS SABLISTAS DE ANTAÑO

Para los habitantes de un pequeño reino enclavado en el extremo oriental de Centroeuropa, el día no puede ser más grato. Se trata de la víspera de la coronación del príncipe Rudolf como nuevo rey de Ruritania. A Strelsau, la capital, acuden súbditos procedentes de todo el país, deseosos de ser partícipes del magno evento aunque sólo sea como testigos. Entre los muchos que llegan a la engalanada ciudad destaca un extranjero, inglés para más señas, y que responde al nombre de Arthur Rassendyll. Es éste un ex-oficial de la Guardia de Su Graciosa Majestad, licenciado del servicio desde algún tiempo antes tras haber alcanzado el grado de mayor. Sin embargo al contrario que el resto de visitantes su intención última no se haya para nada relacionada con los fastos derivados del ceremonial. Su única pretensión es la de dedicar sus días de estancia en el pequeño estado a dar rienda suelta a una de sus grandes aficiones: la pesca.

Mientras se encuentra practicando su afición a la orilla de un río próximo a la capital es sorprendido por una patrulla de la guardia personal del príncipe. Para mayor sorpresa del caballero inglés sus integrantes se muestran perplejos por su presencia allí, solo y pescando tranquilamente. Semejante reacción no es para menos puesto que Arthur resulta ser la viva imagen del futuro soberano.

Así da comienzo la historia narrada por Anthony Hope (1863-1933) en su libro "El Prisionero de Zenda", publicado allá por el año 1894. Una novela que pronto gozaría del favor del público por lo que el autor terminó por escribir cuatro años después una segunda parte, "Rupert de Hentzau".


Una novela, la primera, que hoy en día sigue gozando de una gran fama; con respecto a la segunda desde que me enteré de su existencia (de eso hace ya unos años) intenté hacerme con un ejemplar, aunque sin éxito. Al parecer no se haya publicada en España porque en el ISBN no consta ninguna entrada.



La industria cinematográfica no fue ajena a la oportunidad de recrear en el celuloide una historia de aventuras como ésta, repleta de complots, amoríos, malvados y traidores, luchas e intriga, por lo que ya en el año 1913 vio la luz una primera versión a la que pronto seguirían dos más, una en 1915 y la otra en 1922. Precisamente fue ésta última versión, todavía muda, la que más éxito cosechó de las tres. No por nada al frente del reparto se encontraba el galán Ramón Novarro, quien tres años después interpretaría a Judá Ben-Hur en la película del mismo título.

Ramón Novarro

Una época ésta en la que hacían furor las películas de aventuras filmadas a mayor gloria de Douglas Fairbanks ("La Marca del Zorro", El Ladrón de Bagdad, Los Tres Mosqueteros, Robin Hood,...).

Sin embargo de todas las realizadas mi preferida sigue siendo la versión del año 1937: Ronald Colman, Madelaine Carroll, Douglas Fairbanks Jr., Raymond Massey, Mary Astor, C. Aubrey Smith, David Niven,... Aunque no negaré que la recreación del villano Rupert de Hentzau a cargo de James Mason también resulta memorable.

Bueno, y si se me permite la debilidad, el episodio-homenaje a cargo de Blake Edwards, un auténtico forofo de esta película, en su filme "La Carrera del Siglo" ("The Great Race", Blake Edwards, 1965).


En primer lugar les ofrezco la versión del año 1937 del duelo final entre Rudolf Rassendyll (Ronald Colman) y Rupert de Hentzau (Douglas Fairbanks Jr.) en "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", John Cromwell, 1937), una producción de David O. Selznick.





En versión original





A continuación la escena del duelo en la versión del año 1952, en la que se enfrentan Stewart Granger y James Mason. "El Prisionero de Zenda" ("The Prisoner of Zenda", Richard Thorpe, 1952). Una producción de la Metro Goldwyn Mayer.





En versión original





Personalmente yo me quedo con la versión del año 1937, ¿y ustedes?

Un último apunte. Fue precisamente la conclusión inesperada de este duelo la que sirvió para terminar mi enconada enemistad con el tratamiento del “malvado" en novelas y películas, un sentimiento madurado durante mi infancia y adolescencia. Sin embargo el tiempo me hizo ver cuán errado estaba. Se explicaba por la intención del autor, Hope, de escribir una segunda parte, “Rupert de Hentzau”.


Ahora bien lo que no se me ha quitado todavía es la afición por el cine de espadachines.

sábado, 21 de junio de 2008

EL VILLANO NUNCA LLORA

-Don´t speak to me of rules. This is a war... not a game of cricket.
[=No me hable de reglas. Esto es una guerra... no un partido de cricket]

El coronel Saito (Sessue Hayakawa) al coronel Nicholson (Alec Guinness), El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, David Lean, 1957).


La carrera del siglo (The great race, Blake Edwards, 1965)

Imaginemos la escena: el Gran Leslie, un héroe níveo y puro donde los haya, vuelve a salir con bien de un abortado atentado maquinado y perpetrado, como la práctica totalidad de los anteriores, por su competidor, el profesor Fate, un malo con negras prendas y por supuesto malvado sin parangón. Llegado a este punto es cuando formulo una pregunta sencilla: ¿por qué? Pero aún añado más: ¿es que siempre el malo ha de acabar siendo sacrificado a la buena conciencia imperante, afectada por una mojigatería declaradamente partidista que sin excepción digna de relevancia o con falta de una larga atención finca sus ojos en el paladín de turno a favor de la bondad? ¿Hasta cuándo se habrá de soportar tamaña injusticia? Considero que no es equitativo, y lo hago con redundancia y hasta un sonoro pataleo. Ni me detiene la presencia almibarada de Tony Curtis ni la declarada visión satírico-paródica desarrollada por Blake Edwards. A mí ambas me resultan totalmente inaceptables e insuficientes.

Ya cuando contaba con menos años mi ardoroso espíritu, hoy meros rescoldos calientes, sufría la imperiosa atracción ejercida por aquel personaje, vilipendiado e insultado a partes iguales, una triste encarnación del lado oscuro del alma humana. Bien fuera por su mayor capacidad de maniobra, liberado como se hayaba de tantos clichés y vestiduras que engalanaban al resplandeciente bueno, tan henchido de bondad él, bien a causa del gusto nada enfermizo por lo prohibido. Sólo precisaría cerrar los ojos para seguir las andanzas literarias (y cinematográficas, me he movido siempre entre estas dos aguas) de múltiples figuras como las aquí reseñadas.

¿Quién osaría anteponer a los tibios mosqueteros a una pérfida Milady de Winter, malvada entre las malvadas, o al astuto cardenal Richelieu? No existía color. Mientras que los primeros reaccionaban los segundos actuaban, mas siempre eran los anteriores quienes imprimían el movimiento al que los otros, limitados personajillos, no les quedaba otra posibilidad más que responder.

¿Y qué decir de Rupert de Hentzau? Apuesto, varonil, buen espadachín, cínico y traicionero como un crótalo. Todavía resuena en mis oídos el entrechocar de sables en singular combate, previo a su huida literaria. Una escapada que me reconcilió con los autores literarios, justo hasta que con desilusión manifiesta averigüé que el fundamento de la misma era el deseo del autor de escribir una segunda parte, como efectivamente así terminaría por hacer al poco. ¿Acaso a alguien no le atraería un ser capaz de arrojar un puñal a traición aprovechándose de una tregua que él mismo había solicitado? Rassendyll ni siquiera podía osar en aproximarse a las suelas de sus botas de jinete.

Abandono el mundo de papel propio de las novelas y folletines, aunque las mencionadas cuentan con sus correspondientes películas, y paso al genuinamente cinematográfico. Desde los deliciosamente perturbados (véanse las distintas versiones de El fantasma de la ópera), a los que, siendo estrictos, no podrían encuadrarse exactamente en esta brillante caterva de desleales y similares, hasta los víctimas de la codicia que corroe vigorosamente sus entrañas. Sin ir más lejos el terceto encantador de El halcón maltés: la mirada ansiosa y avarienta de Cairo, Brigid y Kasper Gutman al desenvolver el paquete con el pesado halcón-joya. Aunque a fuer de sincero debo añadir que el introducido por Bogart, el de Sam Spade, no constituye el paradigma del fruto de un colegio de monjas. Y continuando con esos personajes grises en El sueño eterno incorpora a un detective no muy distinto, aunque salido de diferente pluma, Phillip Marlowe. Pocos rasgos le distinguen del impresionante Canino, como no sea el hecho siempre trascendental de no acabar muerto como él, un tieso fiambre ultimado, con unos modales dignos de la buena sociedad que le ayudan a soportar las largas noches de invierno, cuya falta de escrúpulos le convierten en perfectamente capaz de entregar a la muerte a Eddie Mars: consciente y bondadoso verdugo por inducción.

Para finalizar una llave. Cerremos con ella a cal y canto esta recreación. El mentar tan simple utensilio y rememorar Encadenados todo uno. Obviaré el marcado carácter mefistofélico de Devlin (curiosa similitud con “devil”, ¿no?) y me centraré en Sebastian. Pobre malvado, cornudo y apaleado. Quizás le supere el interpretado por Ivan Triesault, él no más que un simple asistente, quizás; zarandeado por la fuerte personalidad de su madre, zamarreado por su fuerte carácter. Pobre malo. Junto a él ascendemos lentamente las escaleras de su personal tumba-cadalso, pausado el paso, terrible y magistral. Aún vibra el cierre de postrer sepulcro de la puerta principal.

Lástima de malo[1]. Pobre, pobre malo.



[1]A modo de información complementaria para la lectura recomiendo leer los libros:

  • Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas.

  • El prisionero de Zenda de Anthony Hope.
    Y en su defecto, aunque aconsejo simultanear ambas acciones, visionar las películas:

  • El fantasma de la ópera (The phantom of the opera, Rupert Julian, 1925), con Lon Chaney (el hombre de las mil caras).

  • El prisionero de Zenda (The prisoner of Zenda, John Cromwell, 1937).

  • El halcón maltés (The maltese falcon, John Huston, 1941).

  • El sueño eterno” (The big sleep, Howard Hawks, 1946).

  • Encadenados (Notorius, Alfred Hitchcock, 1946).

  • La carrera del siglo (The great race, Blake Edwards, 1965).


domingo, 8 de agosto de 2010

ESCALERAS, ESCALERAS, ESCALERAS (1 DE 2)


Agosto constituye un buen momento para retomar los proyectos que uno va acumulando en las carpetas. Mientras rebuscaba por ellas me encontré con esta idea, una respuesta a una propuesta hecha tiempo atrás por Hombre Perplejo: las escaleras en el cine.
Oportunamente proporcionadas por el D.B.I. dejo a continuación la primera parte de las dos que componen esta selección de imágenes de películas, una recopilación en la que las escaleras cobran también protagonismo.


Antes de nada permítanme que ponga un poco de música.






Las imágenes anteriores pertenecen a:
  • "El acorazado Potemkin" ("Bronenosets Potyomkin", Sergei M. Eisenstein, 1925). Quién no recuerda el carricoche descendiendo por la escalera, escena homenajeada por Brian de Palma en "Los intocables de Elliot Ness" ("The untochables", Brian de Palma, 1987).
  • "El prisionero de Zenda" ("The prisoner of Zenda", Rex Ingram, 1922). Ramón Novarro caracterizado como el pérfido Rupert de Hentzau.
  • "Drácula" ("Dracula", Tod Browning, 1931). "Pasen sin temor" parece decirnos Bela Lugosi con su peculiar acento ("I am Dracula").
  • "Arsénico por compasión" ("Arsenic and old lace", Frank Capra, 1944). Al fondo podemos ver la colina de San Juan por la que asciende a la carrera-carga Teddy Roostvelt; en primer plano Boris Karloff (quiero decir, perdón, Jonathan Brewster-Raymond Massey) acompañado por sus encantadoras tías).
  • "Robin de los bosques" ("The adventures of Robin Hood", Michael Curtiz, 1938). Sir Guy of Gisborne-Basil Rathbone y Robin-Errol Flynn dirimen sus discrepancias cruzando sus hierros.
  • "Luces de ciudad" ("City lights", Charles Chaplin, 1931). Simplemente Charles Chaplin.
  • "Ciudadano Kane" ("Citizen Kane", Orson Welles, 1941). Comienza el descenso de un gran hombre americano.
  • "La noche del cazador" ("The night of the hunter", Charles Laughton, 1955). "Tengo dos formas de actuar, con o sin caballo", Robert Mitchum. Sin duda en esta película muestra ambas.
  • "Eva al desnudo" ("All about Eve", Joseph Leo Mankiewicz, 1950). Una imagen que ya apareció por este blog hace unos meses.
  • "La fiera de mi niña" ("Bringing up baby", Howard Hawks, 1938). Cary Grant cambia su traje habitual por un salto de cama...
  • "Que el cielo la juzgue" ("Leave her to heaven", John M. Stahl, 1945). Como rezaba la publicidad de aquel ciclo que TVE dedicó a este director: "el melodrama es John M. Stahl". Cómo una bellísima mujer puede aún atraernos a pesar de la maldad que desprende.


domingo, 8 de febrero de 2009

¿TARTA? ...VAS (F)HARTATE


En el principio una tarta de crema surcó los aires, sin música de Strauss, aún era la época de las "silent movies", en tiempo real, nada de dieciocho fotogramas por segundo,... Sea la desternillante risa...
Y la risa y las carcajadas cobraron forma.


En cierta ocasión, allá por el año 1913, tal y como contaba el director de cine mudo Mack Sennett, Mabel Norman permanecía sentada en el set, aguardando para hacer su entrada en escena en tanto que su compañero Ben Turpin se ocupaba de rodar su parte. Al mismo tiempo, subidos a un andamio situado a algunos metros por encima de la actriz, unos carpinteros se encontraban inmersos en la labor de reponer fuerzas, comiendo algunas viandas que portaban consigo.
Quiso la ocurrente casualidad que en estas a uno de los operarios se le precipitara al vacío la tarta de crema de la que se disponía a dar buena cuenta, con tan buena suerte para él que Mabel se percató del descuido y con suma destreza la recogió al vuelo en plena caída.

Durante unos instantes la mujer la sostuvo en sus manos, como sopesándola, para devolvérsela acto seguido al carpintero de la forma que consideró más práctica: lanzándosela hacia las alturas. Nada de especial hubiera revestido a ese gesto si no fuera porque en su ejecución no le asistió la fortuna. Contra todo lo que hubiera previsto su puntería no resultó ser todo lo precisa que cabría esperar así que la caprichosa tarta, lejos de trazar lo que pasaría por ser una limpia trayectoria vertical, de vuelta a las manos del técnico, que desde luego era el efecto que pretendía imprimirle cuando se la arrojó, se desvió un tanto caprichosamente para terminar por trazar una parábola que en primer lugar la hizo irrumpir en la zona de rodaje para culminar, acto seguido, su sorprendente paseo aéreo estampándose de lleno sobre la cara del no menos sorprendido Ben Turpin.
Como fuera que la cámara no se había perdido detalle del esponjoso impacto del postre contra la cara de Turpin ni tampoco de la subsiguiente reacción, una mezcla hasta cierto punto lógica de desconcierto, estupor y no escasa turbación ante un ataque tan inesperado, parpadeo incluido, quedaron impresionados en el celuloide los gestos que se dibujaron sobre el rostro del involuntario receptor, bajo los chorretones de merengue que le corrían por ella para acabar cayendo sobre pecho y suelo.

No hará falta agregar que en cuanto en el laboratorio revelaron la película tan oportuna como casualmente filmada también se reveló el indiscutible efecto cómico que la situación llevaba aparejada.

De una forma tan simple cómo la expuesta fue como se descubrió una de las más peculiares formas para provocar la risa incontenible de los espectadores.



"
In the Sweet Pie and Pie" (Jules White, 1941)


Una de las batallas de tartas que más me gustan es la que Blake Edwards incluyó en su particular homenaje, confeso, a las películas de el Gordo y el Flaco, Stan Laurel y Oliver Hardy, una recreación de las características más sobresalientes del “slapstick”: "La Carrera del Siglo" ("The Great Race", 1965).
La razón por la que he escogido esta escena es doble. Además de la comicidad implícita no deja de ser un tierno homenaje a “El Prisionero de Zenda”, una de las películas preferidas del director (opinión que humildemente comparto).
Sin olvidar, por supuesto, otra grandísima escena: la memorable pelea en el "saloon" ("¡dejadme sitio para luchar!").


Príncipe Hapnick: [tastes pie] Umm... brandy! Throw more brandy, throw
brandy! More brandy! Brandy!
[Gets hit again with a pie]
Príncipe Hapnick: Umm... rum! I never mix my pies!


Ante la posibilidad del todo punto lógica de que tras haber visionado la escena previa hayan sentido cómo en el interior de su cabeza ha empezado a madurar la idea de organizar su propio homenaje cinematográfico a continuación les incluyo una receta culinaria, redactada con la inestimable ayuda de un buen cocinero, y, a qué negarlo, aún mejor amigo.





Ingredientes.

(Para ocho raciones, en el caso de se le dé un destino alimenticio; por pura lógica si se empleara a modo de proyectil lamentándolo mucho debo decir que sólo tendría un único uso).
  • 6 huevos (separando yemas y clara),
  • 160 gramos de mantequilla,
  • 22o gramos de azúcar,
  • 1 tableta y media de chocolate derretida,
  • 110 gramos de harina,
  • 150 gramos de mermelada de albaricoque,
  • esencia de vainilla.

Para el glaseado:

  • 150 gramos de chocolate,
  • 150 gramos de azúcar en polvo,
  • 6 cucharadas de agua.

Preparación:


Se elabora una crema utilizando la mantequilla y la mitad del azúcar. Se añade el chocolate derretido, la esencia de vainilla y la yema de huevo, sin dejar de batir en ningún momento.


Se baten las claras a punto de nieve, se añaden a la mezcla anterior muy lentamente y después se vierte la harina.


Se coloca en un molde que a modo de paso previo se habrá untado con mantequilla y espolvoreado con harina y se introduce en el horno durante una hora.


Se extrae del horno y se deja enfriar. Cuando se encuentre frío se corta en sentido transversal y se une con un poco de mermelada. La mermelada que nos reste se calienta a su vez y se extiende sobre la superficie y los bordes del pastel.


En lo que se refiere al glaseado se mezclan chocolate, azúcar y agua. Se calienta todo al baño maría, sin dejar de remover la mezcla hasta que adquiera un aspecto liso y brillante.

Para terminar se recubre toda la superficie con el chocolate, se deja enfriar y ... a emplatar.

Puede servirse acompañado de nata montada, presentada en un recipiente aparte. A este respecto si el uso que se le va a dar es el de ingenio balístico puede decorarse la superficie superior con dicha nata. Hay que recordar que el efecto cómico es directamente proporcional al espesor de dicha capa de nata.





Advertencias finales:

  1. No desestimen el alto potencial destructivo de algo tan aparentemente inofensivo, por sabroso que pueda parecerles.
  2. G. K. Dexter (de ahora en adelante el autor) declina cualquier responsabilidad relacionada directa o indirectamente con cuantas demandas civiles puedan interponerles los involuntarios receptores de sus tartas.
  3. El autor tampoco se responsabiliza de los daños, perjuicios o cualesquiera otras consecuencias que pueda llevar aparejada la puesta en práctica de lo mostrado en este "post", bien sea por omisión, dolosamente o con muy mala (pero que mucho) intención.
  4. Esto sólo es un divertimento.
  5. Las Autoridades Gastronómicas de mi país certifican fehacientemente que no se ha empleado alguna clase de aditamento prohibido por la vigente normativa sanitaria, ni tampoco ingredientes bien artificiales o bien artificiosos, tales como nitrógeno u otros similares, durante la totalidad de la redacción de la presente receta.
  6. Un último consejo: simplemente disfrútenla... ¡Bon appétit!


martes, 14 de abril de 2009

ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (VI): DOUGLAS FAIRBANKS JR.







“En cuanto a mí, pensé que, si en algún momento un hombre se halla en la necesidad de convertirse en un villano, es preferible que sea un villano agradable, y Rupert Hentzau me resultaba infinitamente más agradable que sus dos compañeros, con sus caras largas y sus ojos mezquinos. A mi modo de ver, el pecado no es más grave cuando se comete à la mode y con estilo”.


“El Prisionero de Zenda”, Anthony Hope.

jueves, 23 de octubre de 2008

APOSTILLAS AL POST ACERCA DE LOS SABLISTAS



"Scaramouche" (George Sidney, 1952)


En su libro "Blandir la Espada" Richard Cohen, el autor, dedica un capítulo completo, para ser más concreto el décimo, que lleva por título evocador “Espadachines de cine”, a detallar el tratamiento que el arte del esgrima ha recibido por parte del mundillo del séptimo arte.

A lo largo de sus páginas nos encontramos con anécdotas protagonizadas por actores como Douglas Fairbanks, Basil Rathbone, Grace Kelly, Stewart Granger o Gene Kelly; así como información acerca de la filmación de las luchas a espada en películas tales como “Los Tres Mosqueteros" ("The Three Musketeers", George Sidney, 1948), "Scaramouche" (George Sidney, 1952), las diferentes versiones de "El Prisionero de Zenda" o "Los Duelistas" ("The Duellists", Ridley Scott, 1977), esta última basada en la novela del mismo título de Joseph Conrad.


"Los Duelistas"

Además, una vez que contemplas en persona (p.e. en la sala de armas del Museo del Ejército de Madrid) la angustiosa longitud de los sables que portaban los húsares así como los esmirriados (dicho en términos muy relativos y sin ánimo de ofender) que debían ser algunos de sus portadores a juzgar por los uniformes que vestían empiezas a pensarte dos veces si en el harto improbable caso de ser retado a duelo (el Código de Cabriñana no se haya muy vigente hoy en día) no valdría más alegar un fuerte constipado o, quizás más productivo, una alergia galopante, e incurable, a la mera visión de la efusión de sangre, en especial si se trata de la propia.

La prueba de que en el fondo soy un ecléctico incorregible, en lo que a gustos literarios se refiere, es que disfruto tanto con Conrad como con Pérez Reverte.

AVISO: el siguiente vídeo es un spoiler en sí mismo pues se trata del final de "El Maestro de Esgrima" (Pedro Olea, 1992), traslación al celuloide de la novela homónima de Arturo Pérez Reverte.
Si acaso el lector que haya llegado hasta aquí no la ha visto o aún no ha leído el libro, y quizás posea la intención de leer el segundo o tal vez visionar la primera le recomiendo que no pulse el play.



"El Maestro de Esgrima"


... que conste que ya avisé.


Nota: este post es una ampliación del titulado "Aquellos sablistas de antaño".

jueves, 9 de abril de 2009

CUANDO HOLLYWOOD HABLABA ESPAÑOL


Cuando era niño adoraba los westerns, una herencia de los gustos propios de mi padre, ayudado por la circunstancia de que los primeros actores a los que puse nombre, gracias a mi madre, fueron precisamente John Wayne y Robert Mitchum. Por aquellos días yo había establecido una clara distinción entre los que para mí eran los dos grupos en los que podían dividirse las películas de ese género.

Por una parte las películas de vaqueros propiamente dichas. Aquellas en las que el argumento se desarrollaba a partir del enfrentamiento del protagonista (el bueno) contra la caterva de los malvados de rigor, capitaneados por algún líder poco dado al enfrentamiento directo, pues ya disponía de la ayuda del Malo, con mayúsculas, aquel cuya cara mostraba su condición de consumidor compulsivo de pastillas para combatir la que parecía ser una permanente acidez estomacal, vestido siempre de negro negrísimo, desde los pies hasta la cabeza, y con dos pistoleras en las que reposaban sendos Colts. Ese era una de los grupos.

Del segundo formaban parte aquellos títulos en los que se narraban las luchas entre los “hombres blancos” (casacas azules o, en su defecto, alguna columna de colonos que disfrutaban de la inmensa suerte de disponer de la ayuda del protagonista, el bueno; en determinados casos incluso aparecían ambos) y los indios. Aunque a veces se narraran incluyendo unas pizcas de humor.


El párrafo anterior me sirve para ponerles en situación. Una vez encaminados ciñámonos ya sin más digresiones al tema central de este artículo. Si recuerdan alguna de esas películas “de indios” (o “de pieles rojas”, como las llamaría Guillermo Brown) tal vez puedan imaginarse la figura de Alan Ladd, o quizás la de James Stewart.

Que nadie busque tres pies al gato; mediante la inclusión de ambos en una misma frase no pretendo dar lugar a comparaciones odiosas, sus respectivas estaturas como centro y pretexto. Bien, hablaba de las “películas de indios”, y ponía como ejemplo a dos actores, sólo por citar alguno, y ahí me quedé. Por lo tanto prosigo en el siguiente párrafo, punto y aparte mediante.


En dichas películas (no teman, no voy a repetir otra vez el soniquete de “películas…”) asistíamos a la comunicación entre ambos grupos, hombres blancos (Alan Ladd y James Stewart, por ejemplo[1]) por una parte e indios por otra, utilizando para ello la lengua propia de los segundos. Y aquí surge una pregunta: ¿y si los actores hubieran hablado en un perfecto español, sin necesidad de acudir al empleo de otro idioma?

Esa fue la piedra que lancé al estanque, lo que sigue son las ondas que deformaron su superficie, antes plácida y serena.



La búsqueda de información acerca de Fortunio Bonanova para elaborar un artículo anterior me llevó a plantearme el recabar más información acerca de aquellos que acabaron recalando en la denominada Meca del Cine, en una peregrinación que en no pocos casos acabó por convertirse en definitiva. A este respecto pueden mencionarse los casos pioneros de varios compatriotas que, ya durante la etapa del cine mudo (silent movies), trataron de ganarse el condumio, y labrarse una cierta fama si esto también fuera posible, mediante su trabajo en la industria cinematográfica estadounidense, en algunos casos incluso logrando ambos fines[2].

Antonio Moreno (1888-1967), madrileño de nacimiento, quien acabó emigrando a los Estados Unidos en el año 1902, y que al cabo de múltiples peripecias terminaría por ser contratado por la Universal en 1912, aunque sólo para participar en una película de episodios[3].
Tras una larga carrera la irrupción del sonoro, lejos de apartarlo de la actuación ante las cámaras, consolidó más si cabe su posición, mas de forma tan sólo momentánea, pues no tardaría en acabar languideciendo en producciones cada vez menos relevantes.
Así en 1950 nos lo encontramos en una película acompañando a Cary Grant (un actor ya consagrado y que ya hacía mucho que había dejado de ser el nuevo Gary Cooper), José Ferrer, Ramón Novarro[4] (ya maduro, mucho) y Gilbert Roland. Por cierto que los dos últimos eran dos mejicanos de Durango, llegados a Hollywood en la época del cine mudo.


Sin ánimo de ser exhaustivo también cabría citar a Ramón Crespo (1900-1997), aunque en su caso contaba con una consistente formación teatral a sus espaldas, quien llegó a California en 1926.
Y a otros muchos…



Lo que vendría a caracterizar a muchos de los actores que decidían hacer las Américas era su participación en películas rodadas en español. La industria cinematográfica, como cualquier negocio, se percató durante la transición del cine mudo al sonoro de que Latinoamérica constituía un gran mercado potencial para las películas estadounidenses (sin olvidarse obviamente de nuestro país), siempre que a modo de paso previo y necesario, se procediera a rodarlas en español. Nacieron de esta forma, por un interés puramente mercantilista, las dobles versiones: española y anglosajona. Para ello la Paramount abrió un centro de producción en unos estudios situados en las cercanías de París, en Joinville-le-Point; mientras que por su parte la Metro optaba por permanecer en casa, en la siempre soleada California.


Pueden recordarse títulos tales como “Evangelina o el Honor de un Brigadier”, en la que participó el propio José Crespo, y que contaba con guión del propio autor, Enrique Jardiel Poncela, quien durante un tiempo bastante corto vivió en Los Ángeles. Su incapacidad para dominar mínimamente el inglés motivó su pronto regreso de su etapa americana. O también el “Drácula” (1931) de Tod Browning, para la que se realizó una versión en español, protagonizada por Carlos Villarías, y que según muchos incluso supera a la original[5].


Al hilo de ese reconocimiento resulta gratificante el hecho de que la adaptación de esa película para su versión adicional en español fuera obra de un llanisco (natural de Llanes, Asturias) donde había nacido un 26 de septiembre del año 1878, siendo bautizado como Baltasar, premonitorio nombre, y con los apellidos Fernández Cue. Un hombre que durante muchos años trabajó allende el Atlántico simultaneando sus ocupaciones como guionista y como periodista. Su muerte, en 1966. se produjo al retornar de su exilio, destino alcanzado tras huir de la prisión en la que había sido confinado por su abierta colaboración con el gobierno republicano.


A continuación, y a pesar de que vuelvo a repetir que no se haya en mi ánimo la exhaustividad, y a modo de apropiado y justo homenaje, reseño una lista con los profesionales que marcharon a Hollywood (los que optaron por Joinville pueden encontrarse en cualquier tratado dedicado al tema): Benito Perojo, Edgar Neville, José López Rubio, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Antonio Vidal, Rafael Ribelles, Conchita Montenegro,…


"El Viaje a Ninguna Parte" (Fernando Fernán Gómez, 1986)


Como estudiante cuya buena parte de su vida lectiva discurrió durante la etapa pre-LOGSE, a lo largo del artículo he empleado el sustantivo español para hacer mención a nuestra lengua común, por referirme a ella en relación al inglés, entendiendo que el acudir al uso del término castellano sólo tiene su razón de ser cuando se la relaciona con el resto de lenguas y dialectos hablados en nuestros hogares. G. K. Dexter.



[1]Ver el final del anterior párrafo.
[2]Edgar Neville llegaría a dirigir una película de escasa repercusión acerca de este tema: “Yo quiero que me lleven a Hollywood” (1931).[3]Bastante famosas por aquella época y a cuya clase pertenecen las denominadas del “rescue in the last minute” (rescate en el último minuto, aplicando la técnica conocida en el argot cinematográfico bajo el nombre de "cross-cutting" o "montaje paralelo", la simultaneidad de dos o más historias, una técnica debida al genio de D. W. Griffith); así llamadas a consecuencia de que poseían la característica común y definitoria de incluir en su parte final el rescate de la protagonista de las garras de una muerte segura, astutamente planeada por parte del malvado, gracias a la salvadora intervención del tópico héroe: tendida sobre las vías del tren, atada de pies y manos, un tren expreso que avanza a todo vapor hacia ella, etc, etc.
Podemos recordar el sentido
homenaje a las películas mudas y a las cómicas en concreto (incluidas las sonoras, pues la dedicatoria explícita es para Stan Laurel y Oliver Hardy) que Blake Edwards rodó bajo el nombre de “La Carrera del Siglo” (“The Great Race”, 1965), con Tony Curtis, Jack Lemmon, Natalie Wood y Peter Falk.
Por supuesto también existen ejemplos en la cinematografía española de esta clase de seriales: series de episodios encadenados tomando como ejemplos las obras folletinescas del siglo XIX. El primero lo rodaría Juan María Codina, llevando un título dotado de un nada desdeñable sabor local: “Los Siete Niños de Écija” o “Los Bandidos de Sierra Morena” (1911-1912). A causa del éxito cosechado por el primer episodio se rodaron dos más (¿a alguien le resulta familiar esta fórmula?, episodio piloto, éxito y ¡adelante!). Aún trataría de repetir una vez más la campanada mediante “El Signo de la Tribu” (1915); una vez hallado el filón, ¿por qué no aprovecharlo?
Sin embargo, a pesar de los ejemplos citados, será preciso esperar hasta la traslación al celuloide de las aventuras de Diego Rocafort para encontrarnos con una obra que verdaderamente crea un género. Se trata de “Los Misterios de Barcelona” (¿una traslación espacial pre-Woody del folletín literario de Sue, “Los Misterios de París”?). A lo largo de los años 1915 y 1916 se rodarían un total de ocho episodios protagonizados por este personaje, heredero directo del conde de Montecristo de Alejandro Dumas padre.
Al frente del proyecto se encontraba Alberto Marro, junto al ubicuo Codina.
[4]Actor que participó en la primera versión de Ben-Hur, la de Fred Niblo, allá por 1925, pero que también participó en “El Prisionero de Zenda” (1922), bajo el nombre de Ramón Samaniegos, interpretando a ese crótalo barnizado de noble que es Rupert de Hentzau.[5]La dificultosa dicción del húngaro Bela Lugosi es tenida por algunos como un elemento que lastra la película mientras que para otros es precisamente ese defecto aparente el que otorga a su caracterización del noble transilvano de su genuino atractivo.